El rebelde de Marino. Cien años de Hans Werner Henze
El rebelde de Marino. Cien años de Hans Werner Henze

Hans Werner Henze
La noche del 9 de diciembre de 1968, la Musikhalle de Hamburgo ardía antes de que sonara una sola nota. Alguien había plantado una bandera roja en el escenario para el estreno de Das Floß der Medusa, el réquiem que Henze había compuesto en memoria del Che Guevara. Los músicos se negaron a tocar. El público se partió en dos. Hubo arrestos, empujones, el concierto nunca llegó a celebrarse. Henze contempló el naufragio desde el podio con esa expresión que solo tiene quien lleva años siendo demasiado lírico para los revolucionarios y demasiado subversivo para los conservadores. Era, en pocas palabras, su retrato más fiel.
Gütersloh, 1 de julio de 1926. El niño que nacía ese día en Westfalia heredaría una contradicción feroz: padre simpatizante del nazismo, hijo antifascista declarado desde que tuvo edad para serlo. Estudió el currículo oficial por las mañanas y tocó música de cámara en casas de familias judías por las tardes. El padre murió en el frente oriental. El hijo fue movilizado a la fuerza en 1944 y acabó prisionero de los británicos con dieciocho años.
Tras la guerra llegó Heidelberg, Wolfgang Fortner como maestro, y el inevitable peregrinaje a Darmstadt, donde la vanguardia de posguerra imponía sus dogmas con una seriedad casi funcionarial. Boulez y Stockhausen presidían aquel tribunal estético y veían en la música de Henze -demasiado teatral, demasiado sensual, demasiado humana- una herejía sin redención posible. Henze les devolvió el desprecio con intereses y se marchó. No a otro festival, sino a otro país.
Italia fue la decisión que lo cambió todo. Primero Ischia, después Marino, en el Lazio, donde viviría el resto de su vida con su compañero Fausto Moroni. El Mediterráneo le entregó lo que Alemania le había negado: color, libertad, una tradición popular que respiraba sin aspavientos bajo siglos de historia.
La producción que siguió a ese exilio voluntario es uno de los catálogos más asombrosos de la segunda mitad del siglo XX. Con Boulevard Solitude inició la serie, mezclando jazz y melodrama urbano, para en König Hirsch desplegar una opulencia sonora que desconcertó tanto como maravilló.
Luego, con Ingeborg Bachmann -una de las grandes colaboraciones de toda la posguerra europea- escribió Der Prinz von Homburg y Der junge Lord, obras en las que el refinamiento y la ironía se trenzan con una eficacia dramática que sigue siendo difícil de igualar. The Bassarids, con libreto de Auden y Kallman sobre Las Bacantes de Eurípides, es sencillamente una de las óperas más importantes del siglo pasado, injustamente marginada de los grandes repertorios. Y el ballet Ondine, creado en 1957 para Margot Fonteyn y el Royal Ballet de Covent Garden, demostró que la suntuosidad no está reñida con el rigor cuando quien escribe sabe lo que se trae entre manos.
Diez sinfonías, conciertos, música de cámara, oratorios: el catálogo de Henze atraviesa todos los géneros y ningún estilo le resultó ajeno, del neoclasicismo al serialismo, del jazz al rock, de la cantata política a la ópera monumental. Lo extraordinario es que en ese sincretismo aparentemente improbable nunca se perdió la melodía, nunca cedió la arquitectura.
Por eso fue una figura respetada y discutida a partes iguales, que es exactamente la posición que ocupa quien no le debe nada a nadie. Murió en Dresde el 27 de octubre de 2012. Cuando Moroni había muerto cinco años antes tras una larga enfermedad, Henze compuso el Elogium Musicum, un obituario en latín para gran orquesta y coro. Así era él: convertir el dolor en forma, siempre.
Lo que Henze demostró a las generaciones que vinieron después es algo que parece evidente y que sin embargo costó décadas admitir: que ser rigurosamente moderno no exige mutilar el pasado, que la vanguardia no tiene por qué instalarse en el desierto de la frialdad matemática.
Aprendieron la lección, tomaron nota y han bebido de esa concepción teatral suntuosa y técnicamente impecable que Henze defendió desde su bastión en el Cantiere Internazionale d’Arte de Montepulciano y desde la Bienal de Múnich, que fundó en 1988 y que sigue siendo el foro más relevante del teatro musical contemporáneo en Europa.
Jörg Widmann, su discípulo más célebre, ha explicado que lo que Henze le enseñó no fue un lenguaje sino una actitud: que la música puede conmover y ser rigurosa al mismo tiempo, que el compromiso con el presente no obliga a renunciar a la belleza. Al cumplirse cien años de su nacimiento, eso sigue sonando como una provocación, que es que lo es.
























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