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Por Publicado el: 25/11/2019Categorías: En vivo

Critica: Querido Ramón Tebar,

Querido Ramón Tebar:

Orquesta de València. Orfeón Pamplonés. Solistas: Raquel Lojendio (soprano), Cristina Faus (mezzosoprano), Vicente Ombuena (tenor), José Antonio López (barítono). Director: Ramón Tebar. Pro­gra­ma: Obras de Beethoven/Cooper (Primer movimiento de la Sinfonía número 10), Novena sinfonía, “Coral”.Lugar: Auditori del Palau de les Arts. Entra­da: Alre­de­dor de 1400 espectadores (prácticamente lleno). Fe­cha: 20 noviembre 2019.

Querido Ramón:

Nos conocemos hace ya muchos, muchísimos años. Posiblemente pensarás que, mis críticas a tus conciertos, casi siempre tan adversas, responden a vete tú a saber qué razones ocultas. Pero no. Nada me gustaría más que salir pletórico tras un concierto tuyo con la Orquesta de València y poder escribir lo mucho que me ha gustado. Salir, por ejemplo, con el entusiasmo con que lo hice después de la Tercera de Bruckner que dirigió hace pocos días Pablo Heras Casado, o tras El pájaro de fuego que hace solo una semana firmó Karel Mark Chichon.

Supongo que alguien te habrá contado lo requetebién que sonó entonces la orquesta de la que tú eres aún titular. Pero por desgracia, y créeme que siento que sea así, la orquesta desajustada, estridente, tosca, imperfecta, fallona y desmotivada que el jueves interpretó bajo tu dirección la peor Novena de Beethoven que he escuchado en tantos años de profesión nada tenía que ver con aquella orquesta.

Eran los mismos músicos y la misma sala. El único cambio era el maestro que había sobre el podio. Los fagotes desnortados en su maravilloso contrapunto del cuarto movimiento; el flautín disparado al final de la sinfonía, mutado en una especie de inesperado concierto para flautín, cuarteto vocal, coro y orquesta; el coro desgañitado tratando de cantar todo lo fuerte que tú le indicabas, y ¡qué decir del muy inapropiado cuarteto solista!, con un tenor que ya no está para estos trotes, una soprano que gritaba aún más que las pobres coristas, un barítono excepcional que se contagió y hasta desafinó de lo lindo –aunque no tantísimo como la soprano salida de tiesto- y una mezzosoprano a la que entre tanto estruendo no se la escuchó.

Me podrás, sí, decir que la mayoría del público que casi abarrotó el Auditori del Palau de les Arts te aplaudió con ganas. Y es verdad, desde luego. Con ganas te aplaudió, sí, la señora que estaba a mi derecha zampándose parsimoniosamente un plátano durante el en tus manos inerte Adagio molto e cantabile, o la que estaba casi detrás de mí buscando ruidosa y eternamente no se sabe qué en su bolso infinito. También hubo incluso un conato de aplauso al acabar el primer movimiento. Ni te cuento cómo aplaudían los dueños de los muchos teléfonos móviles que rinrinearon inmisericordes mientras la música de Beethoven hacía aguas. También aplaudió y hasta braveó la buena señora que al final del concierto reprochó al crítico: “Per què no aplaudeix? Si ha estat molt i molt bé! Aplaudisca, aplaudisca!”.

De acuerdo con el aplaudiómetro, triunfaste en toda regla. Ante un público generoso que se siente feliz al reconocer la música que le suena. Sin más complicaciones ni exigencias. Y si encima, al final se agregan -como tú hiciste con la pobre Novena-, todas las efes de fortísimo y más que fortísimo, el “éxito” es aún más ruidoso y asegurado. Aún no se ha escuchado en el mundo mundial una Novena que no haya sido coronada por el aplauso vivo de la mayoría de los espectadores. ¡Es el éxito de Beethoven!

Pero artísticamente, y me gustaría pensar que tú, en tu fuero interno, eres consciente de ello, el concierto fue un fracaso. No por las muchísimas imprecisiones, desajustes y excesos que se produjeron. Ni por unas dinámicas que solo fueron pianísimo o hiperfortísisimo. Tampoco por el embarullamiento generalizado en la estratificación de las voces que configuran las armonías y por tantos y tantos detalles que, aunque quizá no vengan al caso, sí contribuyeron a desdibujar y desnaturalizar aún más tan decepcionante versión.

Ya sé que tuviste problemas y vivo encontronazo con los músicos de tu orquesta en el último ensayo por una cuestión baladí que tú te empeñaste en imponer en el último minuto, fuera de tiempo, ya en el ensayo general; o que la acústica del Auditori no es la mejor del mundo –pero fue la misma de la Tercera de Bruckner y de El pájaro de fuego; o,  bien está recordarlo, de la Novena que dirigió Riccardo Chailly en el mismo espacio en diciembre de 2012 a la orquesta hermana de la Comunitat Valenciana-. También sé que el voluntarioso Orfeón Pamplonés no tiene la profesionalizada calidad del Cor de la Generalitat…

Pero más allá incluso de estas circunstancias y situaciones, lo más llamativo fue tu incapacidad para ir no más allá de la solfa ante una obra maestra tan cargada de sentidos y significados. ¿Cómo se puede  surcar un milagro como el adagio de la Novena sin que ocurra nada conmovedor ni relevante, como si se tratara de un simple episodio de tránsito hacía los versos finales de Schiller? ¿Dónde dejaste, Maestro, la “dulzura de las armonías iniciales que va dejando sitio a una expresividad en que cada línea parece cobrar vida propia”, de la que escribe Luca Chiantore en sus reflexivas notas al programa?

No entendí tampoco, y esto sí es una minucia, que hicieras entrar a los cantantes una vez comenzado el cuarto movimiento. Supongo, claro, que para evitar el inoportuno aplauso de bienvenida de un público poco ducho, pero la irrupción de los mismos distrajo casi tanto como las mil y una cosas que se sucedieron en el patio de butacas. Podrían haber accedido, como de costumbre, entre el segundo y tercer movimiento, o, mejor aún, al principio de la sinfonía, como hizo el coro.

En cuanto al movimiento de la llamada “Decima sinfonía” de Beethoven que dirigiste como preludio de la Novena, supongo que coincidirás en que es un batiburrillo a base de esbozos y apuntes deshilvanados dejados por el propio compositor a su muerte, en 1827, engarzados a la buena de dios por Barry Cooper en 1988, y luego revisados por él mismo en 2012. A pesar de que Chiantore –sabio beethoveniano- considera el resultado “fascinante”, la realidad es que da la impresión de que lo que suena a Beethoven es obra del arreglista, y el material original -los apuntes- es genuinamente weberiano. La poderosa sombra de El cazador furtivo -ópera  estrenada el 18 de junio de 1821 en el Konzerthaus de Berlín- y, sobre todo, de Oberon, dada a conocer en Londres, en el Covent Garden, el 12 de abril de 1826, es decir, en las mismas fechas en que por la cabeza de Beethoven rondaba su esbozada sinfonía, es patente y evidente. Una vez conocido el arreglo, lo mejor que se puede hacer con el mercantil invento –derechos de autor- es olvidarlo e ignorarlo. ¿No te parece, Maestro? Un abrazo. Justo Romero

Publicado en el diario Levante el 23 de noviembre de 2019

Un comentario

  1. Francisco C 25/11/2019 a las 19:49 - Responder

    Estuve en el Palau escuchando el concierto. Puedo ir a pocos conciertos y hago el esfuerzo por ir a aquellos que me interesan.
    Después de leer el artículo y sin tener los conocimientos del autor, subscribo lo que escribe.
    Fuí al Palau a escuchar esta sinfonía y salí decepcionado. El tempo impuesto no dejaba disfrutar de los grandes matices que tiene la partitura. No emocionaba y eso que era en directo. Las voces solistas un auténtico fiasco. El tener ni se le escuchaba, los gritos estruendosos de la soprano y todo lo que ha dicho el autor del artículo.
    Sinceramente, no entiendía la ovación del público. Me quedé sorprendido, no entendía la diferencia de criterio, personas que asiduamente asisten a la temporada de la OV, aplaudiendo a rabiar hasta al cuarteto solista, realmente estaba sorprendido. Por circunstancias no he podido asistir a muchos conciertos en vivo, pero está sinfonía la he escuchado muchas veces y en bastantes versiones diferentes y, como he comentado, el concierto fue una auténtica decepción

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