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Por Publicado el: 14/08/2012Categorías: Crítica

DIE ZAUBERFLÖTE (W. A. MOZART) Auditorio Kursaal de San Sebastián

DIE ZAUBERFLÖTE (W. A. MOZART)

 Auditorio Kursaal de San Sebastián. 13 Agosto 2012. 

 La Quincena Musical Donostiarra celebra este año su 73ª edición, siendo por derecho propio el decano de los festivales españoles de música en verano. La oferta operística de la Quincena lleva varios años ofreciendo espectáculos de no mucho interés, lo que se ha agudizado en las dos últimas ediciones, particularmente en la presente, en la que no hay otro título programado que La Flauta Mágica que nos ocupa. El resultado final ha consistido en un triunfo popular, que estoy muy lejos de compartir. No hay más remedio que analizar de quién es el triunfo  y mi conclusión es que no se debe a los cantantes – deficientes e inadecuados en algunos casos – ni tampoco a la producción – de muy poco interés –ni siquiera a la música de Mozart – muy mal servida -. Así que mi concusión es que el triunfo hay que atribuírselo a Emanuel Schikaneder, el libretista y primer intérprete de Papageno en la historia de esta ópera. Indudablemente, es con el libreto con lo que el público ha disfrutado, un público que en un alto porcentaje seguramente asistía una representación de esta ópera por primera vez y estaba dispuesto a agradecer y a disfrutar con todo lo que se le ofrecía.

 

                                                                                                                                                             Escena.

 Como ya ocurriera el año pasado, la Quincena ha unido fuerzas con el Festival de Verano de San Lorenzo de El Escorial, donde se estrenó esta producción hace unas semanas. El responsable del trabajo escénico era el madrileño Alfonso Romero, cuyo trabajo no me ha resultado en absoluto convincente.

 En La Flauta Mágica tan válida es la concepción escénica que ofrece la ópera como lo que realmente es, es decir un cuento, sin mayores ambiciones, como lo es centrarse en los aspectos iniciáticos y masónicos, dándole una solemnidad y seriedad, no siempre muy bien lograda.  La producción  que nos ocupa no está en ninguno de los casos anteriores. Se trata más bien de una yuxtaposición de escenas, sin un hilo conductor, y en las que el regista hace lo que se le ocurre, moviéndose entre la aparente seriedad y la bufonería. La escenografía de Ricardo Sánchez Cuerda es muy simple y de bajo coste, que no consiste sino en un gran disco al fondo, que se abre en algunas ocasiones, mientras que la escena propiamente dicha está basada en elementos de atrezzo. El vestuario de Gabriela Salaverri no ofrece interés, como tampoco la iluminación de Rafael Mojas.

 No hay una idea clara, un hilo conductor en la producción y eso hace que el espectáculo resulte muy irregular. La producción arranca en una especie de hospital de guerra, en la que hay un único herido con su enfermera, y ahí aparece Tamino, como un paracaidista. Ese hospital reaparece de vez en cuando, aunque no se sepa por qué. La dirección escénica pretende tirar por caminos bufos a base de movimientos grotescos del coro, de las Damas, de los Genios y de los Sacerdotes y Hombres Armados. El personaje de Sarastro resulta bastante absurdo, las pruebas del fuego y del agua son tan ramplonas como poco convincentes y Papagena está tan mal caracterizada como supuesta anciana como después resulta atractiva como la jovencita de 18 años. En resumen, una producción pobre y de escaso interés.

 

Escena

 Como decía más arriba, la música de Mozart ha estado bastante mal servida por la batuta de Jaime Martín. Es un error clamoroso poner a dirigir una ópera de Mozart a un maestro que prácticamente hace su debut en estas lides. Dirigir bien Mozart es tan difícil como cantar bien sus arias. La elección de Jaime Martín es un error, que puede deberse a la inexperiencia de quien lo decide  o a otros intereses ocultos. Los tiempos fueron erráticos en muchas ocasiones, dentro de una dirección lenta, pesante y aburrida, el balance orquestal fue muy defectuoso, con una cuerda desaparecida en combate, amén de innumerables desajustes entre foso y orquesta. En estas condiciones Mozart parece un compositor ramplón y no uno de los más grandes de la historia de la música. La Orquesta Sinfónica de Euskadi no tuvo su mejor día a sus órdenes. En cuanto al Coro Easo, su actuación tuvo bastantes desajustes, particularmente poco conjuntado en el final del primer acto, mejorando en la segunda parte. Buenas voces no garantizan que sea un buen coro.

 El reparto vocal ofrecía de todo, desde lo notable a lo muy poco adecuado.

 El tenor americano Kenneth Tarver fue un Tamino correcto y de voz agradable, aunque de tamaño bastante reducido. No creo que Tamino sea un papel muy adecuado para él, ya que se trata de un tenorino que frecuenta la música barroca y algunos títulos de Rossini, pero se queda corto para Tamino. Este  príncipe no requiere un tenor heroico, pero algo más de peso vocal que el ofrecido por el americano es bien recibido.

 

Leigh Melrose y Kenneth Tarver.

 La soprano cordobesa Auxiliadora Toledano fue lo mejor del reparto en la parte de Pamina. Tiene un timbre muy atractivo, canta con gusto, dando sentido a las frases y modulando francamente bien. Además, le acompaña la figura. Todo lo hizo bien, auque esperaba más de ella en el aria del segundo acto Ach, ich fuhl’s.

 

                                                                                                                                Auxiliadora Toledano y Francisco Vas

 El bajo ruso Dmitri Ivaschenko fue un más que apreciable Sarastro. Este joven cantante se está convirtiendo en uno de los bajos más buscados por los teatros en la actualidad, de lo que organizaciones como AGAO en Pamplona y AMAK en Bilbao pueden sentirse orgullosas, ya que casi debutó con ellos, cuando era un desconocido. La voz es amplia y pastosa, algo blanquecina por arriba, y canta con empaque. No abundan los Sarastros como él hoy en día. Fue una pena que a su interpretación de In diesen heil’gen hallen le faltó solemnidad, al interpretarse con tiempos muy poco adecuados.

 El barítono Leigh Melrose fue un buen Papageno en términos escénicos, pero de muy poco interés vocal. La voz es blanquecina y de tamaño bastante reducido.

 La soprano americana Jeannette Vecchione fue una Reina de la Noche muy poco adecuada a las exigencias del personaje. No tiene centro ni graves, con un volumen vocal sumamente reducido, rayando en lo inaudible. Sus notas altas son un tanto agrias y al borde del grito. No le veo más atractivo que su figura (por cierto, poco adecuada al personaje), su musicalidad y su facilidad en agilidades. Lo que lo italianos llaman una vocina, que es lo más parecido a una simple muestra de una voz.

 Francisco Vas fue un Monostatos de plena garantía, como siempre. La producción no le ayudaba nada, resultado más ridículo de lo que es normalmente es este personaje.

 Marifé Nogales fue un Papagena más convincente en escena – muy atractiva – que vocalmente. Habría hecho bien en controlar un tanto su voz en el dúo con Papageno.

 Las Tres Damas dejaron bastante que desear. Vanesa Goikoetxea tiene un timbre percutante, que es necesario controlar, cuando se canta en grupo, mientras que Alina Furman y Nathalia Lunar mostraron poco brillo vocal. El alemán de  las damas era muy deficiente.

 Jose Manuel Díaz fue un sorprendente Orador, notablemente mejor que en otras ocasiones, cumpliendo bien como Sacerdote y Hombre Armado. El tenor Gerardo López (Sacerdote y Hombre Armado) ofreció una voz de muy escasa calidad, y poco controlada.

Los Genios fueron cubiertos por la Escolanía Easo y lo hicieron mejor de lo que cabía esperar. De no contar con unos niños de plena garantía, como los Tölzer Knabenchor, lo mejor es recurrir a unas sopranos. En este caso la cosa ha funcionado bien, de lo que me alegro.

 El Kursaal ofrecía un lleno total, con presencia de niños entre los espectadores. El público se mostró muy agradecido desde el principio de la representación y hubo aplausos a escena abierta casi de manera continua. Se aplaudió lo que nunca anteriormente había visto aplaudir. Al final, la recepción fue casi triunfal, con bravos especialmente para Pamina, Papageno, Sarastro, Papagena y los Tres Genios.

 La representación comenzó con  4 minutos de retraso y tuvo una duración total de 3 horas y 17 minutos, incluyendo un intermedio de 28 minutos. La duración puramente musical fue de 2 horas y 42 minutos., no lejos de la versión de Nikolaus Harnoncourt este año en Salzburgo, una de las más lentas que se recuerdan, aunque las comparaciones sean particularmente odiosas en este caso. Los intensos aplausos finales se prolongaron durante casi 9 minutos.

 El precio de la mejor localidad era de 85 euros, habiendo también butacas con precios entre 43 y 68 euros, dependiendo de altura y localización. La entrada mas barata costaba 10 euros.

 Terminaré con un  comentario entre agradecido y jocoso. Tengo que agradecer el hecho de que mis críticas no tengan que ser recortadas, a diferencia de lo que muchas veces ocurre con la prensa escrita, en la que el corto, copio y pego está a la orden del día. Lo digo, porque he leído una crítica local sobre la primera representación de esta Flauta Mágica y en la crítica se decía que no se podía juzgar la labor del maestro, porque el crítico no había conseguido verle físicamente. Supongo que esto es consecuencia del cortar y pegar, ya que me resulta inconcebible este comentario por parte de un crítico. ¿Hace falta ver al director para juzgar su labor? ¿Qué hacemos con Bayreuth, donde no se ve el foso? ¿Y con las grabaciones en CD? Señor, señor… José M. Irurzun

Fotografías: Cortesía de la Quincena Musical Fotógrafo: Iñigo Ibáñez

 

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