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Por Publicado el: 02/06/2009Categorías: Crítica

Flórez, de Mantua a la plaza de Oriente

Voces en el Real
Flórez, de Mantua a la plaza de Oriente
Obras de Rossini, Gounod, Serrano, Pérez Soriano, Calleja, Vives, etc. Juan Diego Flórez, tenor. Vincenzo Scalera, piano. Teatro Real. Madrid, 2 de junio.
Un día antes de la primera función de un “Rigoletto” en el que debía haber participado, Juan Diego Flórez la armó en el Teatro Real y en la plaza de Oriente con un recital acompañado de piano que sustituía a su Duque de Mantua. Me han preguntado muchas veces por qué escribí hace un par de años que no veríamos a Flórez en este “Rigoletto”. Aprovecho la ocasión para aclararlo: hoy por hoy la voz del tenor peruano no posee densidad en el centro como para aguantar su escena del acto III en un teatro grande sin que se resienta luego en el repertorio rossiniano, que es el suyo. Probó, fue inteligente y remedió el error en el que cayó al intentar afrontar antes de tiempo un papel que sin duda llegará a bordar con el tiempo. También me preguntan si es el sucesor de Pavarotti. No puede serlo porque son dos tenores de diferentes repertorios y el italiano poseía un caudal vocal mucho más grande. En todo caso bien podría ser el de Kraus, pero nunca hay sucesores de nadie.
Allá por 1997, tras un “Falstff” en Niza y un recital, escribí que Juan Diego Flórez era el futuro. Hoy es ya el presente y por eso hay que exigirle, lo que a veces no se entiende del todo. ¿Por qué cuando no era famoso el mismo crítico le ponía por las nubes y ahora le encuentra defectos? Sencíllamente porque a un desconocido con calidad hay que ayudarle a triunfar y a un triunfador hay que ayudarle a que no se duerma en los laureles.
Programa variado, con páginas exigentísimas como las de «Cenerentola» -¡hay que tener valor y seguridad para abrir con ella!-, “Zelmira” o “Guillermo Tell” en las que Flórez volvió a demostrar que voz y técnica pueden ser vehículo circense pero también artístico si se emplea con musicalidad, elegancia y expresividad. Junto a ellas el relativo descanso de las piezas de salón rossinianas -preciosa «Le Sylvain»- y cuatro romanzas de zarzuela, muy del Kraus fallecido hace diez años y a quien Flórez dedicó el recital, que se agradecieron por intención y ejecución. Dentro y fuera, en una gran pantalla, todos disfrutamos programa y propinas, Mortier incluido. Una sugerencia: ¿Por qué no incluye el “AY, Ay, Ay” entre sus propinas habituales? Le va como anillo al dedo. Gonzalo Alonso

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