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Por Publicado el: 21/01/2007Categorías: Colaboraciones

GIACOMO LAURI-VOLPI: LA TRAGEDIA DE «MANOLETE»

LA TRAGEDIA DE «MANOLETE»

GIACOMO LAURI-VOLPI

Hace diez años, en la arena amarillenta de Lina¬res, dejó su cuerpo ensangrentado, atravesado por los afilados cuernos de un toro de Miura, uno de los más grandes maestros del arte taurómaco que haya te¬nido España. Fue víctima no tanto de la bestia como de la disposición exigente y egoísta del público, azu¬zado y exasperado por una propaganda engañosa con¬tra el diestro, culpable solamente de ser un artista eximio, valiente, perfecto conocedor de la psicología taurina.

«Manoleté ‘ sabía que aquel toro no se prestaba a la lidia y que debería se r despachado lo más pronto posible, pero el público pretendía lo imposible, por haber pagado sus entradas a alto precio, y no admitía renuncios prudencia o las precauciones usuales y previsibles en semejantes contingencias: quería la piel del torero y del toro, y tanto clamó gritos e injurias, que hombre y bestia terminaron exánimes en la arena ensangrentada.

Jornada tórrida, sofocante, aquella en la que mien¬tras yo estaba desayunando, la radio anunció la cogida de «Manolete» en Linares. La impresión y el dolor hi¬cieron mella en mí, que, aun no siendo entusiasta ‘ reservas, de la fiesta nacional española, había conocido y admirado el colorido y las grandiosas escenas de ¬ese juego heroico, que excluye la cobardía y admite la sapiencia y la elegancia en las secuencias rítmicas del -hombre haciendo frente a la muerte incardina en la catapulta de nervios, músculos e instinto -que es-un toro bravo.

La impresión era más fuerte en mi ánimo, habiendo tenido oca¬sión de hablar con «Manolote’ y admirado su arte, incluso antes de qué hubiese iniciado su ascenso hacia la fama. Veía en él al sím¬bolo de la juventud engañada, decepcionada por la protervia de los hombres y la vacuidad del triunfo a excesivo precio.

Bajo la impresión de la desgracia, anoté mis reflexiones, que fueron reproducidas por el primer diario madrileño, e insertas en mi diario A viso aperto, que la «Peña Manolote’ de Córdoba recogió entre los objetos del museo dedicado a su torero.

A la envidia, a esta divinidad infernal, le ha sido sacrificada una víctima ilustre: «Manolote’, el héroe de las corridas. «Manolote» ha muerto cogido por un Miura sobre el que se había volcado temerariamente para demostrar a los adversarios -que lo habían vituperado en la lidia de su primer toro, tanto como habían exaltado a su rival Dominguín que él no temía a la muerte y sabía torear también una bestia ilidiable y defectuosa. Ha muerto como vivió: noble, sereno, silencioso, triste. Por al¬go era paisano de Séneca.

Juicios injustos

Respondiendo a una campaña denigrante contra el diestro, un periódico comenta que habría tenido que meditar aquella prensa que solía lanzar calumnias contra «Manolote» e inventar historias ab¬surdas, con la pretensión y la esperanza de alejarlo del arte. Los eternos envidiosos de los éxitos ajenos estarán contentos.
Con insistencia y obstinación puedan vanagloriarse de haber amar¬gado con juicios injustos, falsos y corrosivos el ánimo del victorio¬so, del legítimo triunfador. «Malhechores del bien», siempre dispuestos a protestar, a exacerbar, a alterar los nervios del lucha¬dor en el momento de afrontar a la fiera, llegaron a que se jugara el todo. por el todo, a inducirlo a terminar de una vez. «Manolote” , que sabía jugar con la muerte, por el gusto de la belleza en el gesto, el valor, en el estilo y dominio, ha muerto.

¡Cuánta afinidad, aunque sea en campos diferentes, entre «Manolote”, torero, y yo, tenor! De haber sido yo «Manolote», no me hubiese hundido en el abismo de la melancolía la hipocondría, del estoicismo fatalista. Hubiese, en plena plaza, frente a la decena de miles de espectadores (lo que más tarde hice en la arena de Ve¬rona), después del triunfo, arrojado la espada a tierra, gritando a la multitud. «Ahora, venid aquí vosotros y haced lo que yo hago Ya no me veréis más».

En mi carrera no preciso jugarme el pellejo, Sin embargo no es¬toy dispuesto a, tolerar la injusticia insidiosa o la difamación sumi¬sa. Esta intolerancia es más fuerte que yo y suministra aceite a la lámpara de mi espíritu para que no se apague ante el hálito maligno de bocas mefíticas o malsanas.

«Manolote» temía al público

«Manolote» no tenía miedo del toro ni de la muerte, pera temía al público. ¿Por qué? Yo que no soy ni héroe, ni santo, ni mártir –¬temo a la muerte, porque la vida es un don que no hay que prodigar para divertir a la gente. Y temo a las bestias feroces. Pero no temo a la bestia tentacular homicida que reduce al artista a un simple juguete, histrión, a un idiota: el público. Comprendo a la parte del público que se queda indiferente, o se desentiende por pereza mental.

«Manolote» ha preferido irse al otro mundo antes que afrontar la hidra popular. Quiso sucumbir cansado, asqueado de esa conti¬nua alternativa entre e delirio y vilipendio El héroe epónimo de la arena se ha dejado reatar por la multitud anónima. ¡Pobre «Manolote . Ante el toro parecía una estatua clásica, digna del cincel de Fidiasl, tan modesto en la vida común. «Manolote» ha muerto. ¡Viva «Manolote»!

La humanidad acostumbra atacar a los auténticos y glorificar a los muertos:<> Dios nos guarde de las loas póstumas. Un sabio amonesto con verso áspero: «Dios te guarde del día de las loas». ¿A qué juegan «llorones y plañideros» detrás de un féretro, si han cooperado a encerrar allí el objeto de sus servicias morales? Recién muerto, “Manolote» tuvo el reconocimiento plebiscitario que le fue negado en vida.

La apoteosis final recibió el espada cordobés, que fue llevado, entre llanto general y ceremonias solemnes y fastuosas, al lugar donde se levantará un mausoleo «ad memoriam». Descendía en línea recta de la gran dinastía taurómaca que se enorgulleces con los nombres de «Joselito» – «Rafael el Gallo’, Belmonte, Granero. «Joselito» y Granero también murieron de un toro.

Transfiguración «de luces»

«Rafael el Gallo», el gitano. hermano de «Joselito» no hubiese sufrido nunca la misma suerte. Artista más genial que los demás, astuto y no dispuesto a dejar la piel bajo la fiera y supersticioso, no había manera de que afrontase: peligro en tardes que consideraba infaustas. Entre risas de espectadores, tiraba la muleta y la espada, y se encomendaba a sus piernas, al acercársele el toro que le pare¬cía demasiado agresivo o malicioso. Si las cosas iban por su lado, «El Gallo» daba pruebas de maestría, dominio y seguridad, corno quizá ningún otro haya dado.

«Manolote’ no se descomponía cualesquiera que fuesen las vicisitudes de la corrida. Se transfiguraba por encanto, al vestir «el traje de luces», recamado de oro o de plata, sobre su cuervo esbelto huesudo. Su nariz parecía estar en consonancia y dar al rostro alar¬gado forma clásica

Se convertía en el ruedo en un semidios helénico que hacía frente a la bestia, ciega en su furor sanguinario. Como Aquiles, era vulnerable en un punto; el amor propio.Lo conocí de novillero, tras una corrida de toros de medio pelo”, destinada a los aspirantes a tore¬ros. Para llegar a «maestro», el novillero debe doctorarse, y tomar la «alternativa» –corrida de investidura– después de haberse me¬dido con toros más calificado¡, de mayor peso, y desde aquel día se dejará crecer la. «coleta», una pequeña cola o moño de cabellos sobre la nuca, que no se la cortará hasta el fin de la carrera.

Lo característico del arte de «Manolote» consistía en esperar in móvil, inmutable, la embestida del toro. Con la capa, sin parpadear lo dejaba correr y precipitarse sobre la débil defensa rosa.
La poderosa máquina viviente pasaba resoplando a mínima distancia, al la¬do del torero impávido, y continuaba su carrera desenfrenada por la arena, en busca de víctimas que cornear.

Tanta serenidad había de suscitar celos y envidias irresistibles. Los plumíferos azuzaban contra el ídolo, exasperado con críticas venenosas y denuncia de honorarios fabulosos. El ídolo no baja de su pedestal. Tenía el sentido de la dignidad del ser racional frente al instintivo.

El enemigo no era el toro

«Manolote» había debido darse cuenta de que su verdadero ene¬migo no era ya el espléndido animal, exuberante de energías, nutri¬das en prados fértiles y soleados de Andalucía: el animal irracional, noble y bravo, no era sino otra víctima de la multitud.

Se habla querido oponerle un rival, el jovencísimo Domin,guín. entonces en sus primeras armas, en sus comienzos -hoy artista de la pantalla y marido de la italiana Lucía Bosé para distraer a la gente del «único e «invencible» y volcar todas las simpatías sobre el menos experto, pero más airoso y elegante, más dispuesto a sonreír y a vivir en alegría y frivolidad. Este era el elegido; «Manolete», el réprobo, el intratable. Era necesario poner a los dos en liza, en rivalidad.

En Linares, el duelo adquirió proporciones titánicas en la fanta¬sía de la gente. Cualquier cosa que hiciese «Manolete» le era reprobada con gritos y silbidos cualquier gesto del antagonista se le jaleaba. Uno de los toros de «Manolete» no se prestaba a proezas. «Manolete» no pudo dar la medida de su valor. Cayó sobre el infe¬liz, el diluvio de improperios y anatemas. Exasperado, se arrojó sobre el toro y sucedió lo irreparable.

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