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Por Publicado el: 13/11/2014Categorías: Crítica

Gómez Martínez, demostración de maestría en Santa Cecilia

Concierto de Santa Cecilia

Gómez Martínez, demostración de maestría

Obras de Fernández Arbós, Albéniz y Stravinski. Orquesta Sinfónica de Madrid. Miguel Ángel Gómez Martínez, director. Auditorio Nacional. Madrid, 12 de noviembre.

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El concierto de Santa Cecilia que organiza anualmente la Orquesta Sinfónica de Madrid revestía en esta ocasión un carácter especial por doble motivo. De un lado se cumplían los 110 años de la agrupación hoy también titular del Teatro Real –allí estaban para dejar constancia sus directores general y artístico- y de otro porque debería haber estado dirigido por Rafael Frühbeck de Burgos. Por cierto, no hubiera estado de más haberlo recordado en el programa de mano así como la disposición de Miguel Ángel Gómez Martínez en la hora de la sustitución. Frühbeck había diseñado un programa muy personal, que incluía las “Ausencias” de Fernández Arbós, compositor tan ligado a la agrupación, tres piezas de la “Iberia” de Albéniz en orquestación del mismo autor y el “Tiento de primer tono y batalla imperial” de Cristóbal Halffter para cerrar de forma importante la primera parte, a la que seguiría en la segunda “La consagración de la primavera”, uno de su mejores caballos de batalla. Es lógico que Gómez Martínez dirigiese por vez primera “Ausencias”, pero curiosamente jamás había tocado la partitura de Stravinski. Se atrevió con todo y respetó el programa a pesar de contar con tres ensayos y prácticamente uno y medio para la nada sencilla obra de Stravinski.

Pocos directores habrían logrado un resultado similar. En toda la primera parte la Sinfónica sonó como en sus mejores tardes y el maestro granadino supo traducir todo el colorido evocador de Arbós y Albéniz, a la vez que no dudó en contrastar las dinámicas, desde los pianos etéreos a las luces aplastantes del “Corpus en Sevilla”. Estamos acostumbrados a ver que Gómez Martínez no usa el atril con partituras, pero no hacerlo cuando se debuta una obra como la de Stravinski es muestra tanto de memoria como de dominio increíble. Es lo que sucedió con una “Consagración” de tempos holgados, que desnudó de polvo y paja para analizarla como lo hubiera hecho Boulez y logrando una gran prestación de la orquesta. Sin duda muy diferente a la que hubiese dirigido el maestro burgalés, más tendente al reflejo agresivo de las crudas armonías. Debut y ya con personalidad propia. Todo el concierto fue agradecido con ovaciones y vítores, pero muy especialmente cuando se acercó al escenario Cristóbal Halffter en una muestra de gran afecto por parte del público. Cariño y admiración el de los músicos de la orquesta acercándose al camerino para agradecerle su intervención. Pocas veces sucede y es significativo. Gonzalo Alonso

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