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Por Publicado el: 14/10/2014Categorías: En la prensa

Javier Camarena: Esperemos bises en el Real

Debuta el día 20 en el coliseo con «La hija del regimiento» y llega avalado por un triunfo internacional que le ha llevado a lo más alto.

 javier

Divos los hay, aquí y en Nueva York, París y Roma. Y en Berlín -también. Divo, claro está, en la acepción de «artista que tiene mucha fama y es admirado». En masculino y en femenino. En el buen sentido de la palabra. Hay tenores y sopranos , y mezzos y barítonos acostumbrados a pisar las tablas del Met como el que camina por su apartamento. Hay quienes lo hacen como si flotaran, de puntillas, y otros, en cambio, que se hacen notar a pesar de las gafas oscuras y las bufandas que les envuelven la cabeza (o quizá por eso). Y después están cantantes como Javier Camarena, un mexicano nacido en Xalapa que a sus menos de cuarenta años ha hecho historia. Como si no quisiera, el 25 de abril de 2014 levantó al público de Nueva York de sus butacas y consiguió el tercer bis (con el aria «Si, ritrovarla io iuro» de «La Ce­nerentola») en la historia del coliseo después de los de Pavarotti (1994) y Flórez (en 2008 y 2012). Dice que aún, cuando lo recuerda, se pellizca. Ya está en Madrid, recién aterrizado con su esposa y sus dos hijos, para cantar «La hija del regimiento», un Donizetti popular, con un toque kitsch y con nada menos que nueve does. Palabra de Torio.

-¿Cree que en Madrid puede repetir el bis de Nueva York? Antes se contaban los nueve does uno tras otro y en voz alta. Su fama le precede.

-Bueno…, esperemos que vengan más bises. Y que sean en el Real. Si es porque el público lo pide, yo seré el más feliz. No es algo que sabes que va a llegar, no es esperado, pero es único.

Retroceda en el tiempo a la noche del 25 de abril de2014.

– Fue una experiencia de lo más emocionan­te y satisfactoria, abrumadora, sobrecogedo­ra, ¿sigo?… Nunca hubiera imaginado esa respuesta del público. El ambiente era de una energía tan linda Fue tina retroalimentación: yo les di y ellos me devolvieron.

-¿Cómo se mantenía en pie?

-Me temblaban las piernas. Cuando en la primera función escuché aquella ovación y la salva de aplausos y bravos yo ya estaba con un pie fuera del escenario. No sabía qué ha­cer, entonces el diafragma me empezaba a fallar. Me volteé para ver a la gente y empecé a reír. No podía parar. Nervios, supongo. Preguntaba incrédulo: «¿Qué acaba de pa­sar?» Y el aplauso seguía y seguía y seguía y así casi un minuto y medio largo. ¿Me regre­saba a agradecer? A todos nos agarró de sorpresa. Aún me pellizco para saber si fue verdad.

-Y después, a seguir cantando un escalón más arriba. Dicen de usted que es el tenor de las óperas imposibles.

-Así me bautizó un crítico, pero yo no lo creo. Fue cuando canté «El barbero» en Nueva York. No tengo personalidad para tanto. Después de aquello seguí y es lo que tengo que hacer, continuar, trabajar, cantar. Y si me aplauden, mejor.

– Lo complicado debe de ser mantenerse con los pies bien en la tierra después de que a uno le digan que está entre los grandes…

-Yo, gracias a Dios, los tengo bien puestos sobre el suelo. Mi carrera ha ido paso a paso, despacio. Este año cumplo diez sobre el es­cenario, pero 20 dedicándome a cantar, reparándome, aprendiendo. No ha sido nada sencillo, muy al contrario. Me ha costado un gran esfuerzo, no me han regalado nada He empezado de cero y me siento or­gullo de estar donde estoy. Nunca he tenido la mínima ambición. Quizá por eso disfruto tanto cantando a Mozart, porque con él, por más que haga el tenor y se empeñe, no va a ser quien lleve el peso de la función ni quien se haga con la más grande de las ovaciones. Todo en mí carrera se ha desarrollado con trabajo y sacrificio. Es como cuando tratas de imaginarte a un niño de diez años pilotando un Ferrari, ¿imposible, verdad? No sabe. Pues aquí ocurre exactamente igual. Me gusta compartir las buenas sensaciones con mis compañeros en el escenario.

– Inevitable hablar con Javier Camarena y no mentar a Juan Diego Flórez, a quien usted precisamente sustituyó cuando se llevó la inmensa ovación del Metropolitan.

-Yo le admiro y espero que esa admiración sea mutua. Le tengo un respeto enorme. La labor que ha hecho por el bel canto es fundamental, ha reivindicado todo este repertorio y está en los alto, es de los grandes.

– Se considera un tenor lírico o lírico-ligero?

-Estoy más cerca de los líricos, sí. Soy un tenor ligero a lírico ligero. Mi voz se inclina más hacia la parte lírica, siempre lo he sentido así. Cuando debuté en Zurich con « La italiana en Argel», ya me marcó el repertorio, después llegaron «Pescadores de perlas», Lucía de Lammer­moor», «María Stuarda», que canté en el Liceo.

– ¿Es el público más agrade­cido con los ejercicios de pirotecnia de voz?

– Es lo que más te emociona, creo que es lo que te puede definir corno un tenor excepcional: es el hecho de poder resolver coloraturas a buena velocidad, el atacar los sobreagudos con facili­dad. El público recibe el esfuerzo, escucha, se queda impactado y es lo que les llega más, sin duda.

– Usted ha cantado en los teatros de ópera más importantes del mun­do ¿El público le recibe igual?

– Disfruta siempre, aunque con matices. Yo tengo la inmensa fortuna de disfrutar en cuanto pongo un pie en el escenario. Sé que no puedo desaprovechar cada oportunidad que se me brinda. Salzburgo, por ejemplo, que es un festival de primer orden en el ám­bito cultural, me entusiasma. Noto que me acogen con mucho cariño, que el público me quiere. El placer es mutuo. Viena, Dresde, Barcelona y ahora el Teatro Real. Cuando estoy arriba me crezco y lo doy todo. Y estoy seguro de que en Madrid va a suceder lo mismo. Me alegro tanto de estar con ustedes. Es uno de los teatros que más anhelaba co­nocer, de verdad. Y ya estoy aquí.

– Cantante que llega al Real, cantante que se siente como en casa. Imagínese que se encuentra tan a gusto que se queda entre nosotros.

-Es una ciudad tan acogedora. Lo he visto caminando por ella, viajando en el metro. Tiene tanto poder, tantísimas cosas que ver. Y es bella. Tiene una fuerza inmensa. Estoy deseando poder salir con mi esposa y mis hijos y conocerla un poco más. Incluso para vivir acá. Ya veremos.

– Por el momento nos quedamos con su Tonio de «La hija del regimiento».

– Es un papel fundamental en mi carrera que me ha dado mucho. Sí quizá canto esta

ópera es porque se la escu­ché a Kraus. Qué hubiera dado yo por coincidir con él.

– ¿Cantará «Puritanos» en el futuro?

– Claro que sí. Será en 2016 en México, en el Bellas Artes y después lo traeré a Madrid. Y también me lo escucharán en Zurich y en el Metropolitan. Es un pa­pel que me encanta.

– Rossini es un compositor de referencia en su carrera, pero no sé si es con el que se siente más a gusto.

-Si tengo que nombrar un Rossini de referencia le hablaré del Conde Almavi­va y de Ramiro de «La Cene­rentola». Pero me siento bastante más feliz con Do­nizzetti, Bellini y Mozart que con Rossini. Con ellos puedo dar bastante más soltura, holgura y libertad a mi voz.

La producción que debutará en el Teatro Real no es minimalista ni peca de aplastante moder­nidad. Creo que admira a Damiano Mi­chieletto, uno de los nuevos valores de la dirección de escena que aquí pudimos ver el arranque de la temporada pasada con «El elixir de amor».

-Le admiro y mucho. Con él trabajé en dos producciones, «Falstaff» y «La Cenerento­la». La primera me encantó, estaba conce­bida como una comedia nostálgica, su vi­sión resultaba enternecedora, ambientada en la casa de retiro de Verdi donde un can­tante vivía y recordaba sus sueños y glorias pasadas. En el caso de «La Cenerentola» ha sido la producción más divertida que po­díamos haber hecho nunca. Eso sí, que nadie se engañe que era absolutamente respetuosa con el libreto.

 Gema Pajares. La Razón. 13/10/2014

 

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