Crítica: La “Pasión” de Tan Dun con la OCNE

Tan Dun en la ONE, con la bailarina Sissi Yan. Foto: Rafa Martín
La “Pasión” de Tan Dun con la OCNE
Obra: “La pasión de Buda” de Tan Dun. Intérpretes: Orquesta y Coro Nacionales de España. C. Chung, S Chong, H. Ngan, A. Wong, voces. Hakgwai, canto tradicional. S. Yan, pipa y danza. OCNE. T. Dun, director. Auditorio Nacional. 08/V/2026. Madrid
Días después de la “Turangalila”, la Orquesta Nacional ha ofrecido otra cumbre de la temporada: “La pasión de Buda” (2018), ópera-oratorio en seis actos del chino Tan Dun. Se evoca a Bach en el título, en los corales ―odas a la compasión― y en los tránsitos espirituales: en el caso de Bach, aclamación, tortura y muerte de Cristo; en Dun, descubrimiento del dolor, iluminación y disolución de Buda en el nirvana. La trascendencia de la historia da grandeza a la partitura de Dun, pero también crea expectativas de tensión y hondura que no se ven del todo satisfechas. Las apoteosis fin de parte de los actos III y VI son efectivas y sería un error desdeñarlas como efectistas, porque muestran originalidad y buena artesanía, pero resultan más estimulantes los logros íntimos: las arias de la cierva traicionada y de la princesa sacrificial, ambas de soprano, y el latido de membranas y contrabajos con que Dun acompaña a algunos corales.
En este collage de estilos y culturas destacan dos aportaciones tradicionales: la bailarina Sissi Yan, que toca el laúd “pipa” al revés, por detrás de la cabeza, y, sobre todo, el canto mongol del hongkonés Hakgwai, gutural y gravísimo, bien por debajo del do del violonchelo. Del cuarteto de voces, digamos, occidentales, destacó la calidad de la soprano Candice Hung. Más irregular la voz del tenor y bonitas, pero insuficientes, las de la mezzo y el barítono. Como director, Tan Dun sabe lo que quiere y lo pide con gesto claro. La Nacional respondió muy bien. El Coro Nacional, además de cantar en sánscrito y mandarín, tocar pequeña percusión y ejecutar coreografías, sonó firme, empastado y siempre musical. Su director, Miguel Ángel Gárcía Cañamero, fue agasajado una y otra vez por el autor. Álvaro Guibert





















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