Critica: Wagner desde el piano de Lugansky
WAGNER DESDE EL PIANO
Obras de Schumann, Wagner/Lugansky y Wagner/Liszt. Nikolai Lugansky, piano. Grandes intérpretes de la Fundación Scherzo. Auditorio Nacional, 6 de mayo de 2026.

Nikolai Lugansky
El ruso Nikolai Lugansky ha visitado ya bastantes veces nuestros escenarios. Lo conocemos bien y sabemos de su talento, que ahora, en este recital, ha vuelto a dejar en evidencia. Siempre admiramos en él la clara digitación, el sentido de las proporciones, el sonido muelle, nunca agresivo, el experto manejo de los pedales y un legato elegante. Técnica espléndida y tranquila actitud ante el teclado. Virtudes que han quedado una vez más de manifiesto en este recital, en el que también hemos podido apreciar sus dotes de creador a través de un atrevido arreglo pianístico de cuatro fragmentos de El ocaso de los dioses de Wagner.
Primero seguimos el diálogo entre Brünnhilde y Siegfried, los dos enamorados, que se despiden en una narración orquestal dividida en tres partes. La primera trae el recuerdo del dios Loge, escurridizo y ligero. En la segunda, presidida por el solemne y misterioso tema del Rin, se adivina la influencia de la Pastoral de Beethoven. La última parte recapitula y suma motivos ya conocidos. Luego sobreviene la impresionante Marcha fúnebre tras la muerte de Siegfried a manos de Hagen. Por último, la Inmolación de Brunnhilde.
El trabajo de Lugansky es importante y revela su talento. Un voluntarioso intento de meter en el piano un mundo insondable poblado de temas, envueltos originalmente en una marea orquestal impresionante. Imposible encerrar con tan pocos medios la riqueza que atesora la monumental partitura. Muchas notas pedal, muchos trinos, saltos de octava, acordes monumentales. Imponentes acometidas… Una evocación que se queda lógicamente corta y que en todo caso revela el talento del pianista, puesto nuevamente de relieve en progresión bien diseñada de la Muerte de amor de Isolda en la impecable transcripción de Liszt. Tarea evidentemente menos complicada que la emprendida por Lugansky, que tocó muy bien el fragmento.
Como había tocado dos páginas de Schumann bien distintas: las Escenas de niños y la Humoreske. Para ambas tuvo el pianista el toque adecuado, la sonoridad justa, el fraseo adecuado, a falta, creemos, de un mayor encanto y delicadeza, de un toque poético en la primera y de una fantasía más reconocible en la segunda. Aunque siempre quedó en evidencia la calidad del sonido y el ataque preciso del pianista, que al final, agradeciendo los muchos aplausos de un público que solo mediaba la sala, nos regaló una Canción sin palabras de Mendelssohn, la famosa Fantasía Impromptu de Chopin y el Preludio op. 23 nº 7 de Sergei Rachmaninoff. Como siempre sucede en casi todos los casos no anunció sus títulos. Arturo Reverter





















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