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Por Publicado el: 28/04/2011Categorías: En la prensa

La primera en la frente. Decepcionante temporada, cien por cien Mortier , en el Teatro Real de Madrid

MÚSICA PLEAMAR CLÁSICA. Canarias 7
Miércoles, 27 de abril 2011
La primera en la frente
Por Arturo Reverter

Nos hemos llevado una desilusión no pequeña cuando se ha dado a conocer la programación del primer año de Mortier como único responsable, a todos los efectos, del Teatro Real de Madrid. La temporada 2011-2012 es ya cosa plenamente suya. Y no hay más que ver los títulos y otras características para darse cuenta de que sus tiros siguen yendo por el mismo camino que acostumbran; y que, francamente, no arreglan gran cosa. Es más, nos atrevemos a decir que, desde diversos puntos de vista, la selección de obras y voces dista mucho de ser plausible y que el conjunto resulta en exceso virado hacia un determinado tipo de estética; o, mejor, hacia una serie de estéticas variopintas que lastran la totalidad. Incluso se aprecian una serie de guiños incomprensibles que hacen perder seriedad a la propuesta de un gestor-programador que proclama que «el teatro es siempre una reflexión sobre la condición humana; tanto más cuanto lo sufraga el presupuesto público, por lo que normalmente debería servir para defender los valores de una constitución democrática». Un hombre que otrora hizo magnífica labor en un Salzburgo renovado, en donde aplicó criterios distintos a los que ahora, servidor de un evidente manierismo ahormado durante años, postula.
El discurso de Mortier parece un tanto retórico a la vista de lo que nos ofrece. Lo primero que creemos debe tener una programación de un teatro joven .desde su reinauguración en 1997 tras 72 años cerrado como recinto operístico. es equilibrio; luego valor didáctico en orden a la formación de un público en su mayoría neófito; después, altura interpretativa; finalmente, y nos detenemos ahí, voluntad de servicio a la creación nacional, lo que no implica en modo alguno un cerril nacionalismo.
Ninguna de estas premisas posee el paquete del gestor belga, que ha venido a Madrid -Marañón, presidente de la Comisión Ejecutiva del Teatro dixit-. Para dar categoría de excelencia al Real y mejorar lo que hasta el omento se había conseguido. Nos tememos que, aun reconociendo que con Mortier, perro viejo y hombre extraordinariamente bien relacionado tras sus muchos años de brega en otros reductos, el Teatro puede dar un salto cualitativo hacia una teórica ubicación internacional, el prestigio auténtico, aquel que nace de las cosas bien diseñadas y bien hechas, el poso largo, no va en definitiva a acrecer.
Pero observemos con un poco de detalle la tan cacareada programación, que ha sido difundida a los cuatro vientos y que el propio Mortier, en su obsesivo afán de protagonismo, no se ha cansado de comunicar en repetidas reuniones organizadas para la prensa, los abonados, los corresponsales extranjeros y el propio patronato. Lo primero que salta a la vista es que, de 13 títulos, 9, es decir, casi un 70%, son del siglo XX o XXI. Parece excesivo, sobre todo si nos fijamos en el tipo de teatro que tenemos, un teatro de stagione, que no de repertorio, y de que su público en su mayoría está en vías de penetrar todavía en los secretos del género. Bien, aún podríamos aplaudir la medida si las obras previstas tuvieran un significado, una calidad, una importancia notable en el desarrollo del arte o que aportaran relevantes valores artísticos y musicales. No es así; al menos no es así de un modo general.
Examinemos rápidamente el contenido de ese grupo. Divisamos tres verdaderas obras maestras que, además, abren temporada constituyéndose en un pequeño y apetitoso miniciclo: Elektra de Strauss (1909),Pelléas et Mélisande de Debussy (1902) y Lady Macbeth deMtsensk de Shostakovich (1934). Todas se han representado ya en la breve singladura del moderno Real, Electra hasta en tres ocasiones, lo que no quita interés a la convocatoria, pero es un dato considerando que todavía nos faltan por conocer no ya en el Real, sino en Madrid, otras muchas óperas del bávaro. Pero, de ahí en adelante, la cosa se desinfla. Tenemos Don Quichotte de Massenet (1910), en versión de concierto, obra menor de su autor, un poquito pastel, que se encumbró fundamentalmente por el nombre de su creador, e bajo ruso Fiodor Chaliapin.
Desconfiamos mucho, y no nos parece de recibo su inclusión cuando tantas obras magistrales de la pasada centuria, y aun de ésta, quedan en el tintero, que se desperdicie un espacio .¿para atraer, quizá, a un público joven?. en beneficio de un producto titulado Vida y muerte de Marina Abramovic, una notable y endiosada cultivadora del arte de la performance. La música es de Antony, líder del grupo pop Antony and the Johnsons, colaborador de Björk, de Lou Reed o Yoko Ono. No nos consuela nada eso de que se trate de un creador de culto; como Willem Dafoe, actor y narrador en la obra, o como el director de escena Bob Wilson, cuya estética pasó de moda hace años.
Se incluye la mediocre Cyrano de Bergerac de Alfano .a quien Mortier sitúa al nivel de su maestro, Puccini (¡). única y exclusivamente para que regrese el valetudinario Plácido Domingo .¿dónde está el rigor de Mortier?..Obra caduca, de 1936. La temporada concluye con Poppea e Nerone, una orquestación del belga Boesmans de L.incoronazione di Poppea de Monteverdi, un trabajo curioso de relativo interés que ya tiene algunos años (no es un encargo para el Real), y con Ainadamar, obra pastiche sobre el mundo de Lorca de este fenómeno de masas que es hoy Osvaldo Golijov. Partitura de 2003 que antes de que pase por Madrid se habrá exhibido en otros lugares.
Hay que citar por supuesto la Persephone de Stravinski (1933), una cantata o melodrama neoclásico que aparece un poco metida con calzador, en programa doble, al lado de una breve y jugosa ópera de Chaikovski, Iolanta (1892). Del ámbito romántico únicamente recogemos este título y Rienzi de Wagner (1842), en versión concertante, y, si se quiere, I due Figaro de Mercadante (1826), obramuymenor del catálogo de este músico. En el repertorio clásico anotamos La clemenza di Tito de Mozart (1791), bien servida hace tres temporadas, y, del mismo genio salzburgués, La finta giardiniera (1774), en un concierto que, por problemas de transporte, no se pudo hacer el año pasado. Vemos, por tanto, que de nombres de compositores que vertebran una buena parte de la historia de la ópera y que constituyen una base fundamental del repertorio, no hay ni rastro: Haendel (aunque estuvo muy presente en temporadas anteriores), Rossini, Bellini, Donizetti, Verdi, Puccini . Todos ellos son autores de óperas que nunca han figurado en la programación del Teatro.

Ausencia de lo español
Queremos, para ir finalizando esta primera entrega, resaltar que lo español, lo correspondiente a un Teatro Nacional situado en España, brilla por su ausencia. Por un lado, no hay ni una sola ópera española por primera vez desde 1997 -lo de asignarle este título a I due Figaro no se tiene en pie por mucho que su tema sea hispano y que se estrenara en nuestro país-; y, por otro, la nómina de voces españolas es desoladora: no contamos más de ocho en toda la temporada. Si volvemos la vista atrás comprobamos que en la 2009/2010 hubo cuarenta. Hay otros datos que son bastante reveladores y que marcan una política realmente criticable. Como Mortier ha afirmado que lo que no se conoce o no ha salido a la luz pública es que no tiene calidad, vamos aviados. Sabemos que hay ópera española de interés, partituras de las que dispone el ICCMU, Instituto Complutense de Ciencias Musicales, y que están a disposición del rector del Real. Esperemos que en las próximas temporadas éste y otros aspectos puedan reorientarse. Mortier ha pedido tiempo. Veremos. De momento, la programación 2011-2012, analizada a vista de pájaro, arroja un saldo negativo según nuestro parecer. En una próxima entrega hablaremos de los intérpretes y de otros asuntos.

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