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Tres frente a uno
La crítica ante el "Ulises"
Por Publicado el: 16/07/2009Categorías: Diálogos de besugos

Las opiniones de nuestros críticos nacionales a «Bodas de Fígaro» en el Real

Ya tienen aquí las críticas de La Razón, ABC, El País y El Mundo.

EL MUNDO, 12 de julio
Ceremonia de reconciliación
Calificación: ***
Madrid
Beaumarchais insufló a las delicadas geometrías sentimentales de Marivaux una dosis abundante de nerviosismo sensual, acción angustiosa y desgarrada alegría. Da Ponte destiló los explosivos ingredientes utilizados por el dramaturgo francés en su mejor libreto, donde la excelsa partitura de Mozart se encarnó, logrando que el complicado ritmo trepidante cohabitara con los deseos y esperanzas de un grupo humano que alienta en un único temblor. Esta ópera, más caleidoscópica que coral, realiza una minuciosa disección de un fragmento de sociedad salpicándose con la sangre del cuerpo de cada uno de sus miembros.

Jesús López Cobos se ha entregado esta vez a fondo y comunica a la orquesta un sabio desentrañamiento de la partitura, que fluye armonizando músicos y cantantes en un conjunto relampagueante, gustosamente paladeado, donde la solidez de la arquitectura sonora no presenta quiebras, ni tampoco su firmeza se desliza nunca hacia la rigidez.

La batuta, genéricamente obligada a conciliar voces e instrumentos, aquí da un paso más en cuanto su visión de la obra tiende hacia un mensaje de reconciliación. En perfecta sintonía con la puesta en escena, no quedan al final resquemores en el microcosmos de humanos que se han tirado los trastos a la cabeza durante tres horas.

Modélica, casi cabría decir canónica comedia de enredo, la inverosimilitud de muchas situaciones se compensa por su eficacia teatral; el intrincado argumento, apoyado en la legislación matrimonial dieciochesca, no es preciso descifrarlo del todo para hacerse una idea de lo que está ocurriendo, por la sencilla razón de que nos importa más averiguar lo que siente uno u otra que comprender del todo una intriga que, como resulta inevitable en el vodevil, avanza buscando la sorpresa del efecto y la comicidad hermana de la mentira.

Quiere esto decir que el tinglado de esta farsa siempre moderna tiene algo, o mucho, de abstracto. La sucesión de peripecias, muy estrictamente marcada, impone una obediencia que deja escaso margen para improvisar sobre el juego escénico.

Emilio Sagi y su equipo han respetado inteligentemente el tiempo de la trama, cuya luz se inicia con el sol de la mañana y acaba en luna llena. Su mérito principal no es tanto el ambiente sevillano, que funciona bien, sino el detallismo y la aparente facilidad de un trabajo teatral, esqueleto ágil que entra por los ojos al tiempo que los oídos reciben la catarata mozartiana. Cada tipo está trazado con rigor y respeto a su convención particular, con la voluntad explícita de demostrar que mezquindades y egoísmos acabarán siendo vencidos por la generosidad de un afecto compartido.

El coro, los bailarines y figurantes se integran sin chirridos en el compacto artefacto. El reparto, homogéneo y equilibrado, presenta un Conde menos sórdido de lo habitual, gracias a Ludovic Tézier, que convierte la lubricidad en travesura, frente a la Condesa de Barbara Frittoli que es más señora algo caprichosa que mujer doliente. El Fígaro de Luca Pisaroni es convenientemente ingenuo y dinámico, en paralelo con el Cherubino de Marina Comparato, besucón pero buen chico. Todos ellos, y los demás, igualmente bien servidos, parecen girar alrededor de la Susana de Isabel Rey, el núcleo principal de esta versión; la soprano valenciana hace una arrolladora mujer lúcida, algo talluda y en ocasiones resabiada en exceso, pero con todo el fondo y el peso que los autores de la obra han puesto en ella; los artífices de este notable montaje también han adjudicado a la conmovedora criada el bello encargo de una reconciliación general.

Es ésta la tercera vez que el título literalmente imprescindible sube al escenario del Teatro Real desde su resurrección. Ante la obra muy visitada el espectador se comporta como el viejo amigo que finge no exigir grandes novedades, pero confía en secreto que la nueva cita le aporte algo distinto. Para quienes han tratado asiduamente Las bodas de Fígaro, este último encuentro es probable que deje un ácido, estimulante, gozoso recuerdo con el preceptivo agradecimiento a sus artífices; sería lamentable que se borre de la memoria del espectador a la misma velocidad con que se olvidaron los dos montajes anteriores.

Abundantes y muy sinceros aplausos para todos, en un ambiente de satisfacción general que despide la temporada olvidando pasadas amarguras.
Alvaro del Amo

LA RAZÓN, 12 de julio
Mozart en el Teatro Real
Bodas de fino, fandango y azahar
“Bodas de Fígaro” de Mozart. L. Pisaroni, I. Rey, L. Tezier, B. Frittoli, M. Comparato, R. Giménez, J. Fischer, C. Chausson, E. Viana, etc. Orquesta Sinfónica de Madrid. Escenografía: D. Bianco. Figurines: R. Shussheim. Iluminación: E Bravo. Dirección escénica: E. Sagi. Dirección musical: J. López Cobos. Teatro Real. Madrid, 11 de julio
Hace pocas fechas se ofrecía en una cadena digital un “Cosi fan tutte” de escenografía imposible pero no tanto como para dañar una música que fluía porque Mozart podía con todo. Lamentablemente no siempre es así y vivimos años en los que las producciones no ayudan a enmarcar las partituras, sino que son éstas las que se intentan encajar a martillazos dentro de las “ideas” del genio de turno. Parece que afortunadamente empieza a nacer en público y patrocinadores una reacción contra tales excesos que aún está por llegar a España, donde en casi todo andamos con cierto retraso. Del muy conceptual y bello, pero frío y frustrante “Rigoletto” pasamos a cerrar temporada con unas “Bodas” realistas de Emilio Sagi, regista habitualmente de buen gusto y a quien le gusta meterse en las obras y comprender las intenciones de los compositores. La presente producción, en la que han participado Bilbao y Las Palmas, cuenta con goyesco vestuario de Renata Schussheim y vistosa escenografía de Daniel Bianco, ex director técnico del Real, que sitúa la acción en la Sevilla del siglo XVIII y no hurta ni su luz ni sus olores. La sala se llena de azahar. Allí está el drama, la opresión de los nobles sobre los sirvientes, pero también la alegría de vivir de estos y, por doquier, la componente sexual innata a la pieza teatral y hasta a la música. Sagi se recrea en todo ello sin vulgaridades, en un trabajo escénico de los mejores de los últimos años sobre «Bodas».
Jesús López Cobos ofrece íntegro el habitualmente trasquilado cuarto acto, recuperando arias de personajes secundarios, como Marcelina o Don Basilio, hasta superar ampliamente las tres horas de música. Lo construye bien y resuelve razonablemente las mayores complicaciones que plantea una partitura que Mozart revisó muy a fondo, como se deduce de la edición Bärenreiter publicada en 2001. Así el increíble final del acto II se llena de lógica, continuidad y unidad aunque, como todo , a falta de un punto de brillantez y chispa El reparto, como la contenida orquesta, también funciona, empezando por el lujo de personajes secundarios como el Basilio de Raúl Giménez ó el Bartolo de Carlos Chausson. Las tesituras suelen ser un problema. La Condesa, que responde a una voz de lírica ancha, sin embargo está escrita con frecuencia por encima de Susana, que se supone una ligera. Otro tanto sucede con Fígaro y el Conde. Barbara Fritoli e Isabel Rey, algo justas pero artistas, encajan satisfactoriamente, al igual que Luca Pisaroni y Ludovic Tezier. La primera aborda mejor “Dove sono” que “Porgi, amor”. La segunda impregna de su clarísimo erotismo el “Deh, vieni non tardar” y ambas disfutan al redactar la nota de la “Canzonetta sull’aria”, momento al que por otro lado y como debe ser Sagi otorga relieve. Pisaroni luce una consistente gravedad en su timbre de bajo-barítono que no le impide hacer justicia a la ligereza de algunos momentos y Tézier convence en su credo “Hai gia vinta la causa!”. Marina Comparato cumple y divierte como Cherubino.
Es la tercera vez que “Bodas” aparece en las temporadas del Real -1997/98 y 2002/03 con anterioridad -y lo volverá hacer cerrando el primer año de Mortier en un gesto con un antecesor que le honra. Se trata de un gran título en el que Beaumarchais, Da Ponte y Mozart lograron hacer realidad lo que la ópera debe ser: teatro y música, música y teatro. La producción del Real hace justicia a la obra y así lo comprendió el público con sus aplausos. Es lo mejor que se puede decir e, ironías del destino, el coro que, apenas recién contratado, empezó a crear problemas en el teatro en 1997 por no querer bailar las danzas, se despide con el mismo título doce años después. Memoria histórica lo llaman. Gonzalo Alonso

EL PAÍS, 13 de julio
Una atmósfera de melancolía inunda de principio a fin las representaciones en el Teatro Real de Madrid de esa obra maestra absoluta de la creación operística que es Las bodas de Fígaro, de Mozart. Melancolía o, quizás, nostalgia. La representación fluye con luz propia en la combinación de teatro y música, y para el espectador lo más aconsejable es dejarse llevar, acunar, por los claroscuros mozartianos de la condición humana. López Cobos debutó escénicamente con esta obra en España -en A Coruña, concretamente, dentro del Festival Mozart, de la mano de Antonio Moral- en 2000. La transparencia y sentido del orden de entonces han evolucionado a una serenidad, un sosiego, que se manifiesta de forma privilegiada en los acompañamientos y, especialmente, en la creación de climas poéticos. López Cobos cede el protagonismo esencial a las voces y éstas se proyectan con un elogiable sentido de la homogeneidad, de la contención. El reparto -muy en la estética predilecta de Antonio Moral- es marcadamente teatral, algo no fundamental, sino imprescindible, en esta ópera, y de él destacan por empuje y línea mozartiana Pisaroni y Tezier, como Fígaro y el Conde, o por construcción del personaje Isabel Rey, en una Susanna más inteligente que pícara. Y dan un tono de solidez a la representación los cantantes en papeles aparentemente secundarios en esta ocasión: Chausson, Giménez, Viana, Cardoso, Sola. En fin, no hay sobresaltos. La música se puede escuchar con complacencia.

LAS BODAS DE FÍGARO
De Mozart. Director musical: Jesús López Cobos. Director de escena: Emilio Sagi. Con Luca Pisaroni, Barbara Frittoli, Isabel Rey, Ludovic Tézier, Marina Comparato, Jeannette Fischer, Carlos Chausson, Raul Giménez, Enrique Viana, Soledad Cardoso y Miguel Sola. Coro y Orquesta Sinfónica de Madrid. Coproducción con ABAO de Bilbao y teatro Pérez Galdós de Las Palmas. Teatro Real, 11 de julio.

Emilio Sagi se contagia también de la melancolía imperante y pone en pie un trabajo teatral sensible y armonioso, mirando con el rabillo del ojo a Strehler en el movimiento o la iluminación, y dando prioridad a la expresión de los sentimientos, aunque sin forzar en ningún momento los excesos. Es la suya una lectura de ecos «sevillanos», realista en primer plano, pero no naturalista, alejada del folclorismo y más profunda de lo que parece a primera vista por su vistosidad. El que fuera director artístico del Teatro Real ha vuelto a su antigua casa con humildad y sabiduría. Con Daniel Bianco de cómplice escenográfico y con Nuria Castejón, que aporta una coreografía en sintonía con el tono del espectáculo.

Con todos estos elementos, la sensación que se impone es la de calma. Pero no una calma chicha, sino algo que tiene que ver mucho más con la sencillez del trabajo bien hecho, con el concepto unitario de estar al servicio de la ópera que se está representando. No hay salidas de tono en ningún campo. No sé si es una representación extraordinaria. Tal vez no lo sea, pero no importa. Lo que importa es que es una representación que permite gozar con todas las consecuencias de la ópera mozartiana. Que invita a sentir, a reflexionar, a vivir. Es un regalo veraniego. Un regalo, con la sutilísima música de Mozart interiorizada, es una cosa muy seria. Juan Angel Vela del Campo

ABC:
Y el Teatro Real se despide con Mozart.
En el Teatro Real ya son recuerdo Riccardo, Boris, Don Quijote, Edipo, Mefistófeles, Elisabeth, Penélope y Gilda. Personajes que en compañía de muchos otros han dado forma a una temporada ambiciosa y bien resuelta que vista desde el presente produce un agradable vértigo. Debe ser el recuerdo de lo bueno, el lado positivo de la nostalgia al que ahora se ha referido Emilio Sagi con motivo de la nueva puesta en escena de «Las bodas de Fígaro» con las que se cierra definitivamente el curso. El sábado se estrenó esta producción, de la que se ofrecerán algo más de una decena de representaciones. Un buen cierre que deja atrás intrigas y maleficios, ambiciones y soberbias.

Porque «Las bodas» apenas es una ópera centelleante, ligera, marcada por las ideas y las costumbres. Algo perfecto. Con razón, el director de escena ha querido servirla apenas matizándola. Espacios amplios, incluido el florido jardín final, sensación de simetría, una cierta pureza y una buena iluminación. Se ha dicho que es teatro realista cuando en verdad es una recreación en la que una escena y un vestuario que parecen posibles se unen para agradar a la vista y facilitar un enredo que transcurre con acento suave, y al final se clausura con tibieza.

Desde luego estas «Bodas» aspiran a lo sutil y lo prudente. En la escena y en el foso, que son dos de los andamios de la obra. Lo de arriba ya se ha sugerido; abajo, por deseo de Jesús López Cobos, todo suena medido y relajado, parejo en el sonido y homogéneo en la realización. Un punto de entusiasmo y visceralidad, especialmente en los concertantes, alegraría el vodevil. Aunque esto no deja de ser una opinión ante el trabajo de quien se maneja con seguridad e incluso habilidad. Lo demostró en el acompañamiento del aria de la Condesa «Porgi amor», detenida, procurando el «legato» y expectante en sus silencios. La cantó Barbara Frittoli, quien actuó junto con un primer reparto que tiene un importante poso de igualdad.

Es el tercer soporte de la obra: voces que suenan con naturalidad y comedida profundidad. A veces con gusto como lo hace Isabel Rey cuando pone en boca de Susanna «Deh vieni, non tardar». A su lado está Luca Pisaroni para un Figaro de buena voz, planta y expresión algo roma. O Ludovic Tézier, Conde de voz centrada; Marina Comparato quien pone a Cherubino gracia y gusto, y Jeannette Fischeren haciendo una muy acertada caracterización de Marcellina. Merece la pena tener un recuerdo especial para Carlos Chausson, de nuevo garantía de solvencia, seguridad y adecuación. Ellos son los protagonistas, y ellos son quienes ponen en pie «Las bodas de Fígaro», una obra que alegrará el fin de temporada a muchos espectadores. Alberto González Lapuente

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