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Por Publicado el: 17/10/2020Categorías: Entrevistas

Mario Del Monaco: el último divo absoluto

Mario Del Monaco: el último divo absoluto

Giancarlo Del Monaco, director de escena y múltiples teatros de ópera, recuerda en una entrevista a su padre, el tenor dramático Mario Del Monaco, fallecido el 16 de octubre de 1982

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Mario del Monaco

S:¿Cómo podríamos definir de manera exahustiva la figura de Mario Del Monaco en el marco de la historia de la ópera?

M: Seguramente como al más grande entre los tenores dramáticos, si no de toda la historia, al menos del siglo XX. Su voz, más bien única que rara, tenía la enorme ventaja de ser a la vez oscura, broncínea, increíblemente potente y brillante, solar, con una claridad de escultor para la dicción, lo que lo pone en la misma categoría de voces únicas como aquella de Lauri Volpi o Beniamino Gigli. Esto sin tener en cuenta su repertorio. Demostró una calidad excepcional en los escenarios de todo el mundo durante sus 40 años de carrera como tenor dramático y lírico spinto. Las 427 interpretaciones de su Otello hablan claro.

S: Profundicemos en el repertorio. Del Monaco no solo ha cantado como tenor spinto o dramático sino también como tenor lírico demostrando una increíble ductilidad vocal

M: Absolutamente. Digamos que los comienzos de la carrera de mi padre, que debuta en el Teatro de Cagli en 1938, apenas los conoce nadie. Calculando que la primera grabación se realizó en torno a los años 1949-1950, hay 11 años de la carrera de mi padre que quedan para la memoria.

Durante sus primeros años, mi padre participó en óperas como Rigoletto, Traviata, Lucia di Lammermoor, La Bohème y Un Ballo in Maschera, un repertorio que afrontaba con absoluta facilidad dado su alto nivel vocal, más por naturaleza que por destreza técnica.

S: Ya que menciona la técnica, han corrido ríos de tinta tanto a favor como en contra de la técnica “Del Monaquiana”, derivada de la escuela de Melocchi y después continuada por Marcello Del Monaco. ¿Qué le gustaría decir al respecto?

M: Aquí también hay muchos malentendidos. Sí es verdad que mi padre usó toda la vida los ejercicios, decía él, Melocchianos, para abrir la garganta y bajar la laringe, pero al mismo tiempo descubrió un equilibrio entre estos ejercicios y el canto propiamente dicho, en el timbre y en la palabra. Según decía, era demasiado peligroso seguir a Melocchi servilmente incluso para cantar en el teatro. Así se creó esa seguridad técnica que, digámoslo claramente, lo ha protegido durante toda su carrera. De hecho, no existen grabaciones con incidentes vocales – perlas negras, en jerga teatral -.

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Mario del Monaco con Giancarlo

S: Hablemos ahora de Del Monaco profesional, como divo. ¿Cómo se preparaba el gran tenor para sus debut? ¿Cómo lo percibía el público entonces?

M: Mi padre era quisquilloso hasta el paroxismo y demasiado humilde en su preparación. Piensa que el día de su debut como Otello en Buenos Aires, con Antonino Votto como director, se despertó esa mañana y le dijo a mi madre que no se sentía preparado. Mi madre le contestó: “¿no crees que es un poco tarde?”. Después, con el apoyo del maestro Votto, lo convencieron y fue un debut maravilloso, un personaje que lo acompañó durante toda su carrera artística.

En cambio, en cuanto a su carácter como estrella, podría afirmar que mi padre fue de los últimos divos del estilo decimonónico, estrellas que entusiasmaban al público no solo en el teatro sino en todas las facetas del espectáculo, también en la televisión y en el cine – participó en más de 20 películas -.

S: ¿Qué hacía mágico el carisma de Del Monaco?

M: A parte de la voz, de la cual ya hemos hablado, creo que fue su modo de enfrontarse al escenario: de una manera antigua y moderna al mismo tiempo. Mi padre fue siempre intenso, con la idea de tensión teatral, y nunca infravaloró una frase o un momento de la ópera. A esto se suma una belleza física indiscutible: un gesto de estrella de cine americana que seguramente ha contribuido a su éxito sobre las tablas”.

S: Como sabe, los jóvenes cantantes líricos están viviendo una temporada sin trabajo – por la crisis y la pandemia – y un momento sin grandes maestros. ¿Qué les diría Del Monaco?

M: Seguramente les insistiría en cultivar la pasión por la ópera, que no es un mero trabajo sino un arte increíblemente bella y difícil, que requiere una férrea disciplina física y mental. Para terminar, te voy a contar una anécdota: cuando mi padre tenía problemas para preparar un papel, problemas técnicos concretos – también le pasaban a él, era humano -, cerraba la casa y le ponía un trapo negro a su busto de mármol. Hasta que no resolvía el problema no salía de casa ni dejaba que la luz entrase por las ventanas. Así de serio eran para él el estudio y así de profundo era su respeto por el público y su propia voz.

 

Del Mónaco, el mito sin edad

Hoy cumplen 38 años desde la desaparición del tenor Mario Del Mónaco, pero intacto es su mito como el recuerdo en quien tuvo la ventura de admirarlo en vivo, en los años que van desde la posguerra inmediata hasta mediados de los años 70, cuando Decidió abandonar las escenas con algunas obras de payasos.
Del Mónaco fue sin duda el último tenor dramático italiano y, si queremos ser precisos sin tema de exagerar, probablemente también el único. Ahora habría que determinar a qué tipo pertenece exactamente un ′′ tenor dramático ′′, qué características tiene y por qué Del Mónaco constituyó un caso aislado.
Del Mónaco fue la quintaesencia de la aplicación constante y metódica al canto lírica, entendido como estudio serio y total, aplicado a su instrumento sin descanso desde los días de los primeros debutos hasta el final de su existencia. Del Mónaco vivió por el canto y por el arte, incluso cuando las condiciones de salud le impidieron antes de tiempo continuar su carrera y lo obligaron a un descanso forzado, pero siempre con el compromiso con los jóvenes alumnos y con esporádicas apariciones televisivas, que le dieron una gran popularidad adicional.
Su voz, se decía, construida sobre la base de una naturaleza ciertamente generosa pero fruto de un gran equilibrio técnico, el entre el llamado ′′affondo ′′ (practicado por su primer maestro Melocchi en Pesaro) y el uso de los resonadores altos, la llamada ′′ máscara los cimientos y el techo de la gran casa. ′′ El  ′′affondo ′′ y la cavidad son 1/3 de la construcción, la máscara son los otros 2/3 y garantizan el toque y la finca de una voz después de tantos años de carrera así en resumen me explicó el hijo Giancarlo, que Habló mucho con el padre sobre su emisión en particular. Del Mónaco comenzó progresivamente a enrobustar su instrumento, una gimnasia vocal que le garantizo la excepcional resistencia y la ausencia de tacos, testificada por las numerosas grabaciones en vivo en las que NUNCA pasa en Del Mónaco el típico incidente vocal debido a la falta de aducción de cuerdas de la manera Correcto, o a la falta de aliento u otros tropiezos del oficio. Del Mónaco, como Schipa y Gigli, nunca valla una nota, su apoyo era de acero, su paso hacia los agudos infalibles, su increíble seguridad.
El repertorio incluye algunos de los títulos más onerosos para un tenor, por el legendario Otelo cantado casi 500 veces, a Fuerza del destino, Aida, Fanciulla del West, Norma, Manon Lescaut, Trovador, Turandot, Sansón y Dalila, incluso Valquiria realizada en alemán. Del Mónaco siempre cantó con impresionante generosidad vocal pero sin desgastarse: ′′ Al final de la obra debo ser capaz de empezar de nuevo decía a menudo. Cantó en la escalera y en el Metropolitan pero no desprecio también los teatros menores, afirmando que cada teatro tenía la misma dignidad, del más pequeño al más grande y fue amigo de todos sus hipotéticos rivales, con una veneración por parte de Corelli, que en 1982 fue entre los que salieron el féretro en la salida de la Iglesia.
Muchos intentaron imitarlo, algunos cantantes fueron a su hermano Marcelo, que fue un alfil de la llamada Escuela Melocchi, pero algunos lograron obtener muy útiles consejos de él mismo. Del Mónaco dispensaba su sabiduría gratis, acogiendo a algunos alumnos privilegiados en la gran villa cerca de Treviso y quien me habló de esta dedicación confirmó la generosidad, la carga humana y el increíble carisma.
Del Mónaco ha sido objeto durante mucho tiempo de críticas e intentos de desacreditar su forma de cantar, pero el tiempo ha eliminado a sus detractores dejando intacto su astro y su legado artístico. Enrico Stinchelli

Un comentario

  1. Manuel Cabrera Manzanares 17/10/2020 a las 20:02 - Responder

    Hay algo, en relación con la figura histórica de Mario del Monaco que me cuesta comprender y máxime en su Patria, Italia, donde, por tradición, siempre se ha enaltecido a sus héroes como este cantante lo fue en vida.

    Sus restos mortales descansan en el cementerio de Pesaro, junto con los de su esposa Rina Fedora Filippini, en un mausoleo en cuya cúspide está asentada un estructura que bien recuerda a una escultura de Eduardo Chillida y que, tal vez, pudo inspirar a su hijo Giancarlo para lleva a cabo la impactante escenografía de su producción de «Cavalleria Rusticana».

    Esa extrañeza, esa falta de comprensión se circunscribe a que no existe un Concurso Internacional de Canto que lleve el nombre de Mario de Monaco. La falta de acción en este sentido del Festival de Pésaro, de su Florencia natal, del Ministerio de Cultura de la República de Italia, de ninguna institución privada o de la confluencia de varias de ellas, causa una doliente sensación de olvido.

    Su memoria ha de pervivir entre las generaciones jóvenes de otra forma distinta a verle cantar en viejos recuerdos de su imagen, u oyendo sus discos, o en la hermosa tarea de su hijo Giancarlo para tenerlo siempre en el recuerdo.

    Algo pasa, que me extraña.
    Manuel Cabrera

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