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Escritos musicales
De envidiar
Por Publicado el: 02/02/2007Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso

Menotti ante su último visitador

Menotti ante su último visitador
El compositor italiano Gian Carlo Menotti falleció el uno de febrero, en Montecarlo, mientras preparaba la reposición de su ópera “La médium”, una de sus óperas más famosas. Contaba noventa y cinco años, pero conservaba una envidiable juventud de espíritu. De ahí que, sobre su caminar con bastón, dijese “De joven me funcionaban mejor las partes inferiores, ahora lo hacen las superiores”. Tenía razón, vivió su polémica juventud a tope, disfrutando de sus amigos y sus amores. Durante años tuvo como pareja a un joven director de orquesta, apuesto y rubio, con el que se paseaba provocativamente en un descapotable por Spoletto, la ciudad en la que creó el festival “Di due mundi”, que este verano cumplirá cincuenta años y que discurría paralelo a otro en Charleston (Estados Unidos) y, desde 1986, a otro en Australia. Thomas Schippers murió de cáncer en la cama, pidiéndole que le tocara al piano el intermedio de “Manon Lescaut”, una obra que el aún joven director había dirigido frecuentemente y en la que se conocieron cuando uno se hacía cargo de la orquesta y el otro de la escena. Menotti no fue sólo un gran compositor, sino un magnífico director de escena, y Puccini fue un autor no sólo admirado sino “parafraseado”.
Probablemente no hay compositor nacido en el siglo XX cuyas óperas se hayan representado con mayor frecuencia. La citada “Médium” (1947), “El cónsul” (1950), “Amelia al baile” (1937) –en clara alusión a Verdi-, “Amahl y los visitadores nocturnos” (1951)–dedicada a los niños-, “El obispo de Brindisi”, “El teléfono” (1947), “The saint of Bleecker Street” (1954), etc. eran frecuentes en unos teatros u otros. Italiano de nacimiento, afincado en Estados Unidos durante años y con residencia en un castillo escocés, se sintió interesado por España como para componer “Goya” (1986), dedicada a Plácido Domingo, “Juana, la loca” y una cantata “Muero porque no muero” (1982), basado en textos de Santa Teresa.
Su lenguaje fue criticado por muchos y muy especialmente por la vanguardia española. No se entendió su eclecticismo, la base otocentesca de su música pasada por el colador de Puccini. El problema es que, a pesar de todas sus influencias, tenía una personalidad propia inconfundible en la que primaban melodía y comunicación y, sobre todo, ganaba mucho dinero con su música. Ambas cosas imperdonables para algunos.
Y en esos cenáculos se le tachó de “carca” pero a Spoletto, donde le llamaban “el Duque”, llevó a Allen Ginsberg, Bob Wilson, Grotowski o a Antonio Gades y creó espectáculos tan de referencia como un “Orlando furioso” con Ronconi o una «Gatta Cenerentola» con Roberto De Simone.
Su hijo adoptivo, Francis, que se encargaba del día a día del Festival de los dos mundos, seguro que reformará la programación para rendir un completo homenaje al padre desaparecido. Posiblemente sea además la última edición que dirija, puesto que la contestación era muy amplia y sólo se mantenía en el cargo por ser su padre quien era. Conocí a ambos en su palacio de la bella ciudad italiana. Fui para realizar una entrevista a Menotti en su noventa cumpleaños, pasé tres horas con él y no logré hablar más de tres minutos seguidos. Todo eran interrupciones. A sus noventa años tenía que recibir a todos sus invitados _Pavarotti y Domingo, entre otros- y apagar todos los fuegos que surgían. Así el enfado de la soprano Carmela Remigio y su pareja, el director de orquesta Leona Magiera, que querían abandonar la función de homenaje al compositor porque su hijo Francis había olvidado sus nombres al citar los invitados en la conferencia de prensa previa al concierto. Menotti arregló todos los entuertos, pero no pudo evitar que Pavarotti se escapase antes del acto. No hubo entrevista como tal, pero la cassette en la que están grabadas todas aquellas incidencias, con la voz de Domingo de fondo calentando en la cámara de al lado, no tiene precio. Su hijo quiso echarme para que no presenciase el cúmulo de despropósitos que se vivió en aquel palacio. Él no lo permitió. Era todo un caballero, no sólo no pestañeó sino que sus ojos brillaron cuando le recordé la muerte de Schippers. “Siento mucho este folklore. Venga a Escocia este otoño y le prometo dedicarle todo un fin de semana. Deseo contarle muchas cosas”. Nunca las escribiré. Gonzalo Alonso

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