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Las críticas en prensa al Concierto de Año Nuevo
Las críticas en prensa a Favorita en el Real
Por Publicado el: 12/12/2017Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas en prensa a Boheme en el Real

Comienzan a publicarse en papel las críticas a «La Boheme» en el Teatro Real y, como habitualmente, deseamos que ustedes tengan una idea lo más completa posible de lo que son estas representaciones, comparando lo que expresan -que no siempre es lo que piensan realmente- unos y otros críticos. Existe bastante unanimidad en varios puntos:

Funciona teatralmente la puesta en escena, aunque se discute la conveniencia de que se vean sus entresijos.

La dirección de orquesta es correcta y a veces ruidosa

Mimi sobresale por encima y Rodolfo por debajo.

A continuación tienen más detalles.

«La Boheme» de Puccini. Anita Hartig, Stephen Costello, Etienne Dupuis y Joyce El-Khoury, Joan Martín-Royo, Jose Manuel Zapata, Mika Kares, Roberto Accurso. Coro y orquesta del Teatro Real. Richard Jones, dirección de escena. Paolo Carignani, dirección de orquesta. Teatro Real. Madrid, 11 de diciembre de 2017.

ABC

12/12/2017

Siempre es posible la ilusión

…La pena es que Paolo Carignani, director musical de las representaciones que desde ayer, pueden verse en el Teatro Real, sea poco prestidigitador, que anteponga el oficio, y no tanto la posibilidad de generar en la orquesta un sonido untuoso, una narratividad musical poderosa. En su caso, todo se redujo a hacer bueno cada uno de los tópicos interpretativos de la obra hasta construir un versión tan evidente como relativamente estimulante. La tendencia a los «tempi» morosos quizá tuviera que ver con las complejas posibilidades que ayer demostraron algunos cantantes.

…la soprano Anita Hartig apuntó detalles en su presentación «Mi chiamano Mimì». Fue la voz con más personalidad del primer reparto, apoyada en un expresivo «vibrato» y en una buena voluntad expresiva. Menos favorecido, el tenor Stephen Costello ya mostró ante «Che gelida manina» tener poca flexibilidad, escaso encanto y una voz potente que vino a alimentar el exceso de decibelios que se alcanzó en algunos momentos. Especialmente evidente fue la entrada de la soprano Joyce El-Khoury, cuyo «Quando m’en vo’» y otras intervenciones quedaron en exceso deslavazadas…
…La respuesta a la entelequia pucciniana habría que buscarla, por tanto, en el trabajo de Richard Jones, responsable de la producción…Ante todos queda el escenario desnudo y negro, y sobre él se suceden los cambios de decorado. La cuestión es si cabe semejante pragmatismo frente a «La Bohème»…. Alberto González Lapuente

Stephen Costello y Anita Hartig

EL PAÍS

12/12/2017

No volverán a ser jóvenes

Como Jaime Gil de Biedma, los jóvenes protagonistas de La Bohème también parecen dispuestos a llevarse la vida por delante. Hacen chanza de su precaria existencia y viven al día, despreocupados e irreflexivos. En la puesta en escena de Richard Jones, la juventud parece primar sobre la bohemia y, por fortuna, el británico huye de toda experimentación, evitando incluso lo que podrían considerarse los rasgos más característicos de sus producciones. Cuando se estrenó en la Royal Opera House el pasado mes de septiembre, sustituía a la venerable de John Copley, repuesta en múltiples ocasiones en el teatro londinense durante nada menos que 41 años. Quien esperara una gran vuelta de tuerca por parte de Jones, se equivocó de palmo a palmo. No es La Bohème una ópera que se preste mucho a la experimentación: es un título indestructible, “a prueba de balas”, en palabras del director inglés, pero es mejor no jugar con sus señas de identidad. Ofrece lo que ofrece, con concisión extrema, sin trampa ni cartón. Deconstruirla es desnaturalizarla, como sabe bien el propio Jones tras su primer montaje gigantista de la ópera estrenado al aire libre en Bregenz.

Al contrario que en el clásico montaje de Copley, las tripas del artificio teatral que ha imaginado Jones están aquí al descubierto: vemos cómo cae la falsa nieve, cómo esperan los cantantes entre bastidores, cómo mueven los tramoyistas la escenografía, que se mantiene en escena aun después de haber cumplido su función, casi ominosamente agazapada, al acecho, a la espera de poder resurgir cuando vuelva a tocarle el turno, como si los distintos decorados fueran recuerdos inconexos almacenados en algún lugar de la memoria. A pesar de la bondad de las premisas, el espectáculo que propone Jones funciona únicamente, sin embargo, al cincuenta por ciento. El primer y el segundo actos resultan fríos, desvaídos, deshilvanados, descentrados casi, con una extraña desconexión espiritual entre foso y escenario. La extraña perspectiva con que se han construido las galerías comerciales y el poco bullicioso y demasiado refinado Café Momus no dan el resultado apetecido. El Jones más reconocible asoma por fin en el tercer acto y, sobre todo, en el cuarto, en los que parece sentirse infinitamente más cómodo: La Bohème es una ópera que pasa casi directamente del planteamiento al desenlace. Y es aquí donde su dirección de actores es —como en él es habitual— precisa, inteligente, sutil, alcanzando su cenit en la magnífica polifonía de voces y gestos de la última escena. Es en ambos actos donde la manipulación emocional de Puccini surte su efecto sin ninguna traba: desde el extraordinario cuarteto final del tercer acto, visualmente irreprochable, hasta el acorde que pone fin a la ópera, la representación no cesa de crecer.

Aparte del excelente hacer de Carignani al frente de la orquesta —con una dirección nada complaciente ni facilona, generosa en dinámica y atenta a resaltar la prodigiosa paleta de colores pucciniana—, buena parte del mérito de este crescendo emocional es de la soprano rumana Anita Hartig, una Mimì de sobrados recursos vocales, timbre hermosísimo y perfecta composición escénica. Fue ella también la que, casi por ósmosis, logró arrancar los mejores momentos de Stephen Costello, un cantante más limitado, tendente a un canto fácil pero a menudo inexpresivo y con demasiadas inseguridades en la zona aguda. Su actuación como Rodolfo, en cambio, especialmente también en los dos últimos actos, sí resulta mucho más consistente. Más que sólidos —ambos son excelentes cantantes y actores— el Marcello de Etienne Dupuis y la Musetta de Joyce El-Khoury, adecuadamente excesiva hasta su metamorfosis radical en el último acto. Joan Martín-Royo, que ya demostró su excelente vis cómica como Papageno en La flauta mágica de Barrie Kosky, compone un Schaunard hiperactivo y muy bien cantado. El coro recupera aquí por fin su mejor ser.
Al final de la ópera, transcurrido el tiempo suficiente desde que comenzó, tras la catarsis grupal provocada por la muerte de Mimì, los ya un poco menos jóvenes protagonistas de La Bohème, de nuevo como Jaime Gil de Biedma en No volveré a ser joven, descubren en sus propias carnes, o cuando menos vislumbran, que “envejecer, morir / es el único argumento de la obra”. Luis Gago

La escena en el segundo acto

EL MUNDO

12/12/2017

Que la vida iba en serio uno lo empieza a comprende más tarde

El caso de La bohème demuestra hasta qué punto el público es un ente soberano e independiente respecto a lo que se espera de él. Vapuleada por la crítica en su estreno en 1896, la ópera de Giacomo Puccini (1858-1924) se convirtió en epítome de la antimodernidad y diversas voces de la intelectualidad, de Theodor Adorno a Benjamin Britten, la convirtieron en blanco de sus desprecios, calificándola de «fácil» y de «música ligera». Esta visión ha llegado hasta nuestros días, como demuestra el hecho de que durante la época de Gerard Mortier como superintendente del Teatro Real (2010-2014) Puccini estuviese vetado de la programación. Sin embargo, el público madrileño tiene claro lo que le gusta. Y lo que le gusta es Puccini. Así se puede comprobar en el hecho de que, tras la segunda reposición del montaje de Madama Buttefly de Mario Gas, este verano, ahora llegue al coliseo madrileño una nueva producción de La bohème que ayer, en su noche de estreno, suscitó un poco habitual consenso en el aplauso para la parte escénica y la musical. De la primera se encargó Richard Jones con una propuesta en la que los decorados de las diferentes escenas se iban acumulando al fondo de un escenario desnudo y descubierto en el que podían verse los extintores y las mangueras antiincendios. Un poco, como sostiene el director artístico del Teatro Real, Joan Matabosch, como los recuerdos que se amontonan en nuestra mente a medida que va pasando la vida. Porque la idea de esta bohème no está tanto en la celebración de la creación, ni en los espíritus libres, ni tan siquiera en el amor trágico decimonónico. Lo que Jones, a través de su enviada a Madrid, Julia Burbach, ha pretendido es reflexionar sobre el paso del tiempo y el abandono de la juventud. Como en aquel poema de Jaime Gil de Biedma: «Que la vida iba en serio/ uno lo empieza a comprender más tarde/ –como todos los jóvenes, yo vine/ a llevarme la vida por delante».

Frente a la vitalidad del segundo acto, que aquí se convierte en un tronchante duelo interpretativo entre Marcello (Erienne Dupuis en el estreno de anoche) y Musetta (Joyce El-Khoury), con bajada de bragas de ésta incluida, el final de la ópera es una bofetada de la vida en la cara de cinco jóvenes que dejan de serlo automáticamente. La muerte de Mimì (una aclamada Anita Hartig) en los brazos de Rodolfo (un Stephen Costello que se llevó algún abucheo al final) convierte en intrascendentes todos los celos, sueños, lealtades y juegos de la edad temprana.

También el supuesto desafío al sistema y a la burguesía que representaría la forma de vida ácrata de estos jóvenes. Porque el verdadero peligro de esta producción de La bohème estaría en la propia partitura, según su director musical, Paolo Carignani. Más que una falta de desafío al público, el director italiano considera que la música de Puccini es «pericolosa» porque «nos llega al corazón sin mediación, sin que el intelecto ponga ningún filtro». Esa capacidad para conectar con el mínimo común denominador del oído humano es lo que, en palabras del periodista Juan Lucas, hace que los personajes de Puccini vivan en otro mundo: «Son puros vehículos de la emoción, encarnaciones visionarias de un sentido del espectáculo que se impondría en el siglo incipiente, encarnado fundamentalmente en el cine, y que Puccini, que ya lo estaba preludiando, tuvo que resolver por medios estrictamente musicales». Darío Prieto

Escena del segundo acto

EL MUNDO

12/12/2017

La mano helada

Helada llega la mano de Mimí, la vecinita de enfrente de Rodolfo, un escritor que siempre deja para el último momento la redacción del artículo de fondo, a menudo le falta inspiración, y cuando el invierno arrecia no duda en quemar en la estufa su obra maestra, un dramón en varios actos.

Pero es que es el frío el protagonista oculto de esta cima de la ópera; el frío que congela al grupo de marginados, artistas de vocación dudosa, muy hábiles para retrasar el pago del alquiler y algo menos duchos en el arte difícil y siempre necesario de comer cada día.

Giacomo Puccini retrata los dedos ateridos de la delicada artesana que malvive cosiendo flores de tela y no concede un barrunto de calefacción a la buhardilla ni la calle, mientras insufla la incandescencia de una arrebatada partitura a las pasiones que abruman a los bohemios. Pasiones en gama completa, desde el amor a primera vista hasta el pánico a la muerte, pasando por el desconcierto de los celos y el regusto con que se paladea el fracaso.

El director británioco de escena Richard Jones no parece apreciar gran cosa este monumento a la apoteosis de la cursilería entendida como una de las bellas artes, y ha encargado al señor Stewart Laing unos decoradotes enfáticos que proporcionan otro tipo de frialdad, no deseada; el mismo señor Laing propone un vestuario despistado y sin carácter. Qué rara resulta Mimí con un atuendo de señorita de pensionado.

Anita Hartig encarna con voz plena y pleno dominio a la tísica; seguro que su personaje alcanzaría una muy superior intensidad si se encontrara con un Rodolfo que se alegrara de verla un poco más que el interpretado por Stephen Costello, pálido de voz e indiferente como enamorado.

Una soplo gélido de descreimiento alcanza también a la batuta del director milanés Paolo Carignani, empeñado en que la orquesta sepulte a los cantantes, así como a una antipática Musetta (Joyce El-Khoury), obligada a quitarse las bragas tal vez para demostrar su carácter desinhibido. Los amigotes tampoco comunican la angustia que ellos tratan de disfrazar de estética desesperación. Álvaro del Amo.

Stephen Costello y Anita Harting

LA RAZÓN

12/12/2017

La Boheme o cómo hacer hucha

Al poco tiempo de reabrirse el Real nos quejábamos de que no se habían mostrado las posibilidades del teatro. Se decidió encargar a Giancarlo del Monaco una producción que por fin lo lograse y esa fue “La Boheme”. Tres veces se ha repuesto, de ella se han ofrecido más de sesenta representaciones y ha sido una de las producciones más rentables del Real, dado lo mucho que ha girado. Sin ir más lejos dos veces al Liceo. Uno se pregunta por qué no se ha repuesto en vez de participar en una nueva coproducción, cuando la última vez que se programó fue en la temporada 2005/06. Razones, las hay. La última vez que se alquiló fue al Liceo y de allí llegó alterada, por lo que para volver a subir al escenario madrileño habría que gastar un dinero para readaptarla. De otro lado parece que su propiedad está en el alero, con un contrato de venta a otro teatro sin acabar de formalizarse. Podría pensarse que el público de abono no asumiría con gusto volverla a pagar, pero el público ha cambiado y han pasado más de diez años de la última vez. La producción proviene de un acuerdo doble con el Covent Garden, un pack junto con “La prohibición de amar”. Ésta se estrenó primero en el Real y “La Boheme” se vio en Londres hace un par de meses. Cada teatro puso cien mil euros en quien primero estrenó y se repartirán los alquileres futuros. Esta es la historia detrás del escenario. Lo siguiente es lo que sobre él se halla y, digámoslo claramente, el Real se ha puesto como objetivo hacer caja y lo conseguirá como lo consiguió con “Carmen”. Cien mil euros para diecinueve funciones con un reparto barato son un chollo. Sobre todo con entradas a 259€, cuando en la Scala son 300€ con Netrebko y Chailly. Chapeau por nuestra administración.

Richard Jones es un afamado director de teatro y su experta mano se deja ver en el Real, aunque él no lo haya pisado. Hay dirección de actores y ello se celebra. En estos tiempos hay que hacer de la necesidad virtud porque es imposible invertir en una producción de tipo realista el dinero que se requiere, como aquella “Boheme” citada, y por ello ha de recurrirse a otras vías. La de Jones, con su realismo conceptual, es una de ellas. Wieland Wagner afrontó la problemática en Bayreuth cambiando decorados por luces. Jones no llega a tanto, aunque las luces son un acierto. La nieve como leitmotiv, los cambios de decorados y la propia maquinaria a la vista, etc. dan una sensación de espectáculo continuo a pesar del contraste entre el minimalismo del primer acto y la vistosidad del segundo, donde sobra vestuario por todos lados. Funciona y ejemplo es el final, donde la emoción siempre es prueba de fuego y aquí surje, porque rezuma teatro.

Paolo Carignani concertó con más oficio que sutileza y algún exceso de volumen compartido por un coro que parece tener que demostrar que tienen voces. Cuando en un reparto no hay nada destacado se dice que es homogéneo. Esto es lo que ha pretendido el Real, pero no lo consigue porque la Mimí de Anita Hartig sobresale con mucho, por voz y expresión, seguida por la Musetta de Joyce El-Khouri. Ellos bajan el nivel, con un Stephen Costello como Rodolfo fuera de papel por la ligereza de su instrumento. Recibió algún abucheo al final que le demudó el rostro. Cuando Aquiles Machado lo cantó en la antigua producción, Alfredo Kraus le dijo textualmente en el camerino “¿Qué coño haces tú en este papel?”. Pues otro tanto.

Quienes recuerden aquella la echarán de menos y quienes no la vieron se quedarán satisfechos con la nueva y el Real hará hucha. Sólo un consejo final: vayan a ver este espectáculo, pero traten de no pagar 259€ por él. El público lo disfrutó pero, como decía Antonio Fernández Cid, con entusiasmo descriptible. Los cinco minutos de aplausos resultan significativos. Gonzalo Alonso

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