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Por Publicado el: 22/11/2019Categorías: Recomendación

Recomendación: Eduardo Fernández al piano

 

Interesante ‘mix’  beethoveniano

El húngaro Stephen Heller fue un prolífico compositor de piezas con tema original, pero su fama como pianista, cimentada por la le leyenda de que no pudo llegar a estudiar con Carl Czerny por la altísima tarifa que  tenía este para que alguien alcanzara el honor de sentase al piano junto a él en el amplio estudio de su casa vienesa, se extendió por Europa después de conocer a Liszt y aprende de él que se podía hacer mucha música fijándose en la ya hecha. Ese mundo de las paráfrasis y las reminiscencias que el autor de Los Preludios tan bien manejó y de cuya técnica obtuvo resultados espectaculares con canciones de Schubert o fragmentos de óperas de Verdi o Wagner. Heller cultivó ese género, y lo hizo sobre músicas a la moda, naturalmente hoy olvidadas. Pero también acertó en ocasiones cuando miró hacia el Lied schubertiano. O hacia el auténtico mito en que pronto se convertiría Beethoven unas décadas después de su muerte. Así, Heller, ya un maduro Heller, escribió unas variaciones sobre un tema de la sonata Appassionata de Beethoven, ya un op.133 de un catálogo que todavía llegó a completarse con una veintena de piezas más. Por eso, en este concierto casi de investigación del pianista madrileño aparece en segundo lugar, tras el original, cuya lidia se producirá como inicio del concierto. Seguramente este estupendo y cada día más maduro pianista (1981) tendrá que calentar antes del comienzo: por puro tópico se olvida que esta sonata es una de las más técnicamente terribles de todo el cuerpo pianístico beethoveniano.

Quizá la parte que más nos ha llegado del pianismo del francés  Charles-Valentin Alkan sea su faceta de virtuoso; una especie de respuesta al Paganini con el que convivió. Pero, al igual que sucedió con el violinista, de vez en cuando se desmarcó con alguna transcripción sobre obras de Bach, o,  como es el caso de la que se programa hoy, de Beethoven. Se trata de la Cavatina del Cuarteto op.130, que también conoció en su momento el paso a la gran orquesta (hay una estremecedora interpretación de Furtwängler, y del cuarteto completo por Bernstein) y de la que también se ocupó Carl Tausig. Esta es la pieza escogida para hoy en este repaso al mundo paralelo a Beethoven, antes de que ganemos  un auténtico premio gordo con la escucha de la transcripción que hizo Liszt de An die ferne Geliebte, s. 469, op. 98. Liszt siempre marca la diferencia en el mundo de la transcripción porque parafrasea, no calca; en el resultado está el espíritu de la obra y el autor originales, pero por encima está él, su piano, que es radicalmente distinto y de una textura única.

La siguiente pieza que tocará Fernández es una verdadera rareza. Se trata de un arreglo de unas piezas de juventud de Beethoven, que salieron a la luz (o por lo menos a nuestra luz) en la anterior edición conmemorativa que realizó D.G. Beethoven escribió bastantes danzas para el instrumento, la mayor parte de ellas dedicadas al salón como música absolutamente utilitaria. Entre otras, las Escocesas WoO 83. Son piezas menores, pero sobre la primera serie  el virtuoso Ignaz Friedman, alumno de Busoni, realizó un arreglo, que es el escogido por Fernández para su programa. A estas baratijas de lujo seguirán los Souvenirs de Beethoven op.39 de  otro alumno de Czerny, Sigismund Thalberg, un rompepianos que rivalizó con Liszt y al que se enfrentó en un torneo en París. Se ignora quién fue el vencedor, pero eso hoy no parece muy  preocupante. Lo cierto es que los dos ‘souvenirs’ de Thalberg trascienden el virtuosísimo de exhibición. Tuvo este Thalberg buen gusto de usar un buen material para sus reminiscencias. Por ejemplo, el tema principal del movimiento lento de la séptima sinfonía del homenajeado.  Y bien, tantas veces fue el cántaro a la fuente… El concierto finalizará con el gran (¿) Czerny  y su Marcha fúnebre a la muerte de Beethoven op.146. En fin, música para ser conocida que, si se interpreta muy bien, tiene cierto peso. La cuestión es que recuerda tanto a Beethoven que eso se vuelve contra el propio autor. Porque es como comparar un original sublime con una copia intrascendente. Pero por eso mismo hay que escuchar músicas como esta, para entender de una vez quién fue el verdadero amo y quiénes pulularon a su alrededor. Pedro González Mira

Eduardo Fernández, piano. Obras de Beethoven, Heller, Alkan, Liszt, Friedman, Thalberg y Czerny. Auditorio Nacional de Música, Sala de cámara. Sábado 23, 19.30. 24 y 26 €.

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