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Por Publicado el: 22/05/2022Categorías: Discos, DVD's y libros

Reseña CD: Encores, Daniel Barenboim

¿Una despedida?

ENCORES. Daniel Barenboim, piano. Obras de Schubert, Schumann, Liszt, Chopin, Debussy y Albéniz. Deutsche Grammophon

Encores-Daniel-Barenboim.-DG

Encores – Daniel Barenboim. DG

Como ya todo el mundo de la música sabe, el estado de salud de Daniel Barenboim es delicado. Ya no está hospitalizado, pero, como se ha informado en las páginas de Beckmesser, ha suspendido su gira con la Orquesta del Divan, y a estas alturas no es seguro que pueda dirigir la nueva Tetralogía de Tcherniakov que inaugurará este año la temporada de Unter de Linden en el mes de octubre, por más que él mismo haya dado el verano como fecha para su reaparición. Por todo ello, mucho me temo que pronto comiencen a arremolinarse todo tipo de cuervos a su alrededor, para, al fin, poder dar de una vez por todas verdaderas malas noticias sobre él; también, cómo no, las correspondientes plañideras, auténtico remedo de un seguimiento ciego y sin condiciones hacia el artista indiscutible. ¿Por qué?

Es explicable que Barenboim tenga tantos amigos como lo contrario, pues se trata de un personaje cuya impronta musical él mismo siempre ha ido combinando con otra, construida sobre aspectos muy variados y frecuentemente relacionados con la política y el activismo social. Su voz, que no suele alzar, puede llegar, no obstante, a chirriar. Porque sus ideas y apreciaciones suelen ser transmitidas de manera directa e incluso abrupta, vayan a quien vayan dirigidas. Sin complejos. Sin tapujos. Sin concesiones. Y envueltas la mayor parte de las veces en un paquete en el que las formas revelan un carácter bien fuerte y seguro. No es un señor que siempre suela caer bien, a no ser que su inagotable, perturbadora y maravillosa capacidad para aportar música a la música obren a su favor como un antídoto a la frecuente antipatía que irradia su manera de explicar el mundo, y que, efectivamente, puede llegar a situase por encima de todo y de todos por arte y gracia de sus excelsas capacidades musicales y sus apreciaciones políticas. Es, pues, bastante esperable que, obnubilados por tales lastres, abunden los críticos que, fuera y dentro de España, lo hayan despreciado durante años, formando bando frente al de sus admiradores y acólitos, al menos tan activos y, naturalmente, no menos subjetivos. Yo, que siempre me he declarado admirador del artista, no participo tanto en el asunto como admirador de la persona, y ello sin poder, ni querer, entrar en detalles. Y no tengo inconveniente en poner de manifiesto que esa falta de afinidad con el personaje, junto a la admiración hacia el músico, me ha producido una aguda esquizofrenia que quizá no haya llegado nunca a superar. Sí; ya sé que esto que digo carece de total importancia, pues mi capacidad intelectual frente a la suya es la misma que se puede dar entre el cerebro de una mosca y un sabio. Pero lo necesito decir, y más ahora, en un momento en que las cosas, definidas por la lógica del irremediable paso del tiempo, pueden empezar a ponerse feas. Para todos, los unos y los otros.

En este contexto, el argentino ha grabado un amable disco para piano, al que bien se le puede sacar alguna punta. Perdóneseme el tono que uso para decirlo, pero es que se hace necesario recordar que el día que este artista decida dar carpetazo a sus grabaciones para el instrumento se tendrá que hacer un amplio recordatorio de su legado pianístico, inmenso e intenso, para que los más jóvenes entiendan mejor el fenómeno. Sin duda, los que le sobrevivan habrán de hablar de ello largo y tendido, y lo más pedagógicamente posible. Bien; el disco en cuestión se llama Encores, y es lo que su propio nombre indica, un conjunto de bises. O sea, de piececillas (discutible el término; más bien habría que hablar de trozos) que se tocan para aplacar los entusiasmos de unos públicos que rara vez entienden la lógica de los programas en su conjunto y exigen y exigen más música, sea cual sea esta y con tal de que, sencillamente, el consumo se multiplique hasta el delirio. La mayor parte de las veces, un auténtico disparate. Pero lo interesante en esta ocasión es que hacer un disco así bien se puede interpretar como una despedida. La pregunta entonces sería: ¿al fin un pianista cuerdo que decide dar por finalizadas sus grabaciones porque, efectivamente, entiende que ya está bien con lo hecho? Sinceramente, creo que se trata de una falsa alarma. Barenboim dejaría de ser él. Y además: ¿es que acaso sus dedos ya no funcionan? La respuesta es no; los dedos siguen funcionando. Pero de otra manera. Funcionan peor cuando hay que correr, o cuando se tocan piezas claramente escoradas hacia el virtuosismo, pero siguen haciendo maravillas cuando hay que dar opinión musical, cuando hay que hacer música de verdad; cuando hay que cantar, cuando hay que montar un discurso musical de fondo. Por consiguiente, el asunto no es tanto dejar de tocar sino qué se debe (o puede) tocar y qué no. A partir de un determinado momento. Y sobre todo, grabar en disco, porque, si es una pena tener que dejar de disfrutar del pianismo de un artista semejante, más lo es escucharle discos nuevos con interpretaciones a las que se añade poco a lo ya conseguido, por pura impericia de los dedos, o por reiteraciones poco afortunadas: ejemplo, su última integral de sonatas de Beethoven o su última versión discográfica de las Variaciones Diabelli del mismo compositor. Pienso, en cambio, que si no es necesario grabar de nuevo lo que ya se ha grabado varias veces, sí están muy bien discos de contenidos más modestos, con algún que otro valor añadido nuevo. Este mismo, sin ir más lejos, con piezas incluso que no había registrado nunca.

Cinco de los seis Estudios de Chopin que ha escogido para este disco, los Op.25/1, 2 y 7 y los Op.10/4, 6 y 8 son novedades discográficas, que yo sepa, en la discografía del argentino. Y he aquí las primeras muestras de lo dicho con anterioridad. En las dos primeras piezas de la Op.25, muy exigentes para la agilidad, los resultados no son los idóneos. Pero escúchese, sin embargo, lo que se hace en la tercera, en Do sostenido menor, convertida en un auténtico registro de nostalgias y melancolías varias, todas ellas rozando los límites de la expresión, verdaderos hitos interpretativos. Los recuerdos y la retrospección, elementos fundamentales del lenguaje chopiniano, son puestos de manifiesto en primer plano con la maestría propia de quien se encuentra en una cima interpretativa única. Lo que sucede en parecidos términos en el segundo de los tres de la Op.10, en Fa mayor, otra lección de musicalidad y conocimiento del idioma. Pero siendo estas muestras chopinianas, junto con la del segundo Nocturno de la Op.15, del que Barenboim traza una muy contenida versión, ejemplos muy significativos de la actual manera de hacer de Barenboim, es probable que tenga mayor interés fijarse en cómo está su Schubert en estos momentos. Para estos Encores ha seleccionado dos piezas, el tercer Impromptu de la serie D.899, en Sol bemol mayor, y el Momento musical nº 3, en Fa menor. Los equilibrios que logra en el piano con este compositor son difícilmente analizables. Porque la impresión que ofrecen las respectivas interpretaciones es de una naturalidad al borde de la ingravidez emocional. Se podría decir que hay en ellas una búsqueda radical de la serenidad como valor, lo que de alguna manera supone una bastante nueva manera de ver el piano del austríaco, que con frecuencia se sigue haciendo o bien de manera boba o bien de forma híper expresiva y súper subjetiva . Lo que realmente sorprende de estas versiones es la facilidad con que fluye la música; la lógica y la naturalidad con que aparecen las notas, como si cada una de ellas encerrara su propio mensaje; como si cada una de ellas fuera a la vez parte y todo, una pequeña obra con vida propia. Es muy difícil de explicar lo que hay tras este tipo de interpretaciones, pero puede que sea más sencillo de lo que parece: haber encontrado una manera excelsa de tocar lo que hay escrito, sin el más mínimo añadido. A mí me parece que Barenboim está en ello (también le sucede como director), lo que por otro lado se ha hartado de decir en los últimos años, y a lo que los críticos o bien hacemos oídos sordos o bien vemos como un defecto.

Como ya hemos dicho, casi todo el disco son versiones nuevas; no están sacadas de grabaciones anteriores, sin exceptuamos el Claro de luna, tercera de las cuatro piezas de la Suite Bergamasque, de Debussy, que en su día grabó igualmente descasada de la Suite. Fue y sigue siendo una versión atípica, con más carne de lo común. No creo que esté a la altura de las interpretaciones de las páginas seleccionadas de Schumann, un número (Ensueño, cómo no) de las Escenas infantiles y cuatro de las Fantasiestücke op.12: de las ocho que integran la opus, las números uno, Atardecer; cinco, Elevación; seis, Por qué, y diez, Sueños confusos. En todas ellas se repite el paradigma. En Ensueño la introspección es máxima. Y el dibujo melódico, un auténtico ejercicio de sobrevuelo. La pureza del sonido es espeluznante. En la misma línea estarían las tres versiones de las tres primeras piezas de la Op.12, volviendo a los problemas digitales en la cuarta. Me parece, con todo, que la cumbre del mini ciclo está en la tercera – Warun- , pues los matices alcanzan cotas incomprensibles. O al menos tanto como en la única página de Liszt escogida para la ocasión: la tercera Consolación, Lento placido, cuya versión de 1980 ya nos había parecido en su día modélica. Esta es más interesante (un poco más lenta que la anterior), porque la comunión conseguida con el estilo del compositor es absolutamente única. Un auténtico milagro. El disco se cierra con el Tango de la Op.162, de España, de Albéniz, otra pequeña maravilla.

No me cabe la menor duda de que si Barenboim es capaz de salir con éxito de la enfermedad que le acecha, continuará tocando, y seguramente grabando. Nuestro deseo es que le suceda lo primero sin la más mínima secuela. En cuanto a lo segundo, un ochenta cumpleaños al piano bien merece alguna grabación más. Pero dentro de un orden. Y si hay que escoger, mejor queremos escucharlo más desde los podios que desde el instrumento. Es una cuestión de esfuerzos y recompensas. Pedro González Mira

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