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Ucrania en el RealUcrania en el Real
Por Publicado el: 26/03/2026Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso

Enrique Granados, el último romántico y el torpedo alemán

Enrique Granados, el último romántico y el torpedo alemán

Ahora que Oriente próximo está en guerra me viene a la memoria un acontecimiento bélico-musical. Hay muertes que parecen escritas por alguien con demasiado gusto por el drama, y la de Enrique Granados es una de ellas. El 24 de marzo de 1916, hace ahora ciento diez años, el mejor compositor español de su generación murió ahogado en el Canal de la Mancha después de saltar al agua para salvar a su esposa. Tenía 48 años, volvía de Nueva York donde acababa de estrenar su ópera Goyescas en el Metropolitan, y llevaba toda la vida esperando ese momento. El torpedero alemán UB-29 lo esperaba a él.

enrique granados, esposa y barco

Enrique Ganados, esposa y barco

No hay forma de contar esta historia sin que suene a libreto pasado de rosca. Compositor en la cima, estreno triunfal, visita a la Casa Blanca, seis hijos en Barcelona, miedo confesado al mar, y luego el Canal, el torpedo, el bote salvavidas al que consigue aferrarse y la imagen de Amparo luchando entre las olas. Se lanzó. Murieron los dos. Quien diga que eso no le afecta miente o no ha escuchado nunca Quejas, o la maja y el ruiseñor.

El estreno neoyorquino de Goyescas, el 28 de enero de 1916, fue la primera vez que el Met programaba una ópera en español. También fue la primera vez que Granados pisaba América. Lo hizo con el estómago encogido —era un hombre con miedo al mar, cosa que el destino anotó con crueldad— y con seis hijos esperándole en Barcelona. La recepción fue desigual: los críticos, tibios; el público, más entusiasta; el presidente Wilson, suficientemente impresionado como para invitarle a tocar en la Casa Blanca. Y ahí empezó el problema.

La actuación en la Casa Blanca, el 7 de marzo, le hizo perder el barco español con el que pensaba volver. Europa estaba en guerra, y los mares, peligrosos. El embajador español le advirtió de los riesgos de embarcar en un navío de país beligerante. Granados lo sabía. Intentó cambiar los pasajes. No pudo, o no quiso esperar. Tomó el Rotterdam hasta Inglaterra y desde Folkestone embarcó en el transbordador francés Sussex, con destino a Dieppe.

Hacia las 14:50 del 24 de marzo, el Sussex fue detectado por el submarino alemán UB-29, bajo el mando del capitán Herbert Pustkuchen, que aparentemente lo confundió con un barco minador y lanzó un torpedo que partió el casco por la mitad Granados y su esposa Amparo sobrevivieron al impacto inicial, pero el torpedo los lanzó al agua. Granados fue rescatado por una balsa salvavidas, pero al ver a su mujer luchando entre las olas, se lanzó para salvarla. Murieron los dos.

Granados perro

Pero conviene resistir la tentación del mito, porque el mito devora al músico. Y el músico importa más.

Granados llegó a Barcelona de niño, estudió con Pedrell -el mismo maestro de Albéniz y de Falla, lo cual dice mucho de aquella ciudad y de aquella época-, completó su formación en París y volvió para quedarse con la convicción de que quería hacer algo distinto con la música española, algo que no fuera el folclore de tarjeta postal ni la españolada de exportación sino una propuesta construida desde adentro, desde la intimidad del teclado y la evocación de un país soñado más que observado.

Lo consiguió con las Danzas españolas, donde la elegancia reemplaza al adorno innecesario y la evocación vale más que la descripción. La Andaluza se ha tocado tanto que se ha convertido en fondo sonoro de contextos equivocados, lo cual es una injusticia que habla más del oyente que de la pieza, porque escuchada con la debida atención sigue siendo una lección de estilización que pocos han igualado.

Su obra cumbre es Goyescas, esa rareza de la historia de la música que nace de la pintura y consigue no parecer ilustración. Granados no describe los cuadros de Goya sino que los habita, y en esas páginas hay una melancolía muy española, una sensualidad contenida y una manera de decir las cosas que no tiene equivalente en el repertorio de la época, ni en Albéniz, ni en Falla, ni en nadie.

El romanticismo centroeuropeo -Chopin en el vuelo melódico, Schumann en las texturas, Liszt al fondo- aparece filtrado por una sensibilidad que huele irrevocablemente a España. Su escritura pianística apuesta por la dilatación y la sugerencia, por una sensualidad sonora que no necesita subrayados ni golpes de efecto, donde el rubato no funciona como capricho sino como discurso y donde tocar bien exige una disciplina interna que mantenga alejado el sentimentalismo fácil.

En Granados hay una modernidad menos visible que la de sus contemporáneos, pero no menor, y mientras Europa se debatía entre la hipertrofia postromántica y las vanguardias incipientes él eligió un camino propio de expresividad refinada, casi táctil, que en un tiempo tan adicto al impacto inmediato como el nuestro sigue sonando a provocación.

Granados piano

Alicia de Larrocha, heredera directa de su escuela a través de la Academia Marshall que él mismo fundó, fue durante décadas el faro de esa tradición, y sin ella Granados habría tardado mucho más en llegar donde está, que tampoco es donde debería.

Porque Granados no encaja en los relatos cómodos de la música española: no es tan revolucionario como Falla, ni tan popular como Albéniz, ni tan reconocible para el gran público como Turina, y ocupa ese lugar lateral que los programadores sortean con el enésimo ciclo de sinfonías centroeuropeas antes de admitir que tienen una deuda pendiente con la propia casa. Granados lo sufrió en vida y lo sigue sufriendo, con distintas formas, en los carteles de temporada.

La noticia de su muerte sacudió el mundo de la música. Pablo Casals organizó en el propio Metropolitan de Nueva York un homenaje en el que participaron Kreisler, Paderewski, María Barrientos y John McCormack. Con el teatro a oscuras y un solo candelabro sobre el piano, Paderewski interpretó la Marcha fúnebre de Chopin. Granados dejaba seis hijos, la citada academia en Barcelona que formaría a Alicia de Larrocha, y una obra que todavía suena como si la hubiera escrito alguien que sabía que no tendría mucho tiempo. Lo sabía o no, el caso es que dejó lo suficiente.

Gonzalo Alonso

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