Historias musicales: Cuando el futbolín se coló hasta el Carnegie Hall
El futbolín se cuela en el Carnegie Hall
Florence Foster Jenkins, la frustrada cantante a la que Meryl Streep encarnó en una aún reciente película, ha tenido algunas supuestas sucesoras en el gran templo de la música de Nueva York.

El Carnegie Hall acogió actuaciones de Florence Foster Jenkins
A principios del presente milenio estaba yo en el Metropolitan de Nueva York para asistir a varias representaciones de distintas óperas. En una de esas veladas, durante el correspondiente descanso, me sorprendió la presencia inadvertida de un amigo que aún trabaja en esa ciudad para una agencia de representación de importantes artistas, además de prodigarse en contadas ocasiones como crítico musical para una revista española.
“Tú eres gallego, ¿verdad?”, me dijo al recordar mi procedencia. ”Sí, ¿por qué lo dices?”, le contesté. Y de inmediato procedió a contarme una historia que me resultó próxima, al menos por los protagonistas implicados, a los que por casualidad conocía de otro tiempo: “Nunca me había reído tanto. El otro día, como las entradas parece que no lograban venderse, recibimos en la agencia un par de invitaciones para asistir a un concierto en el Carnegie Hall (la más distinguida sala musical de la Gran Manzana).
Un empresario gallego lo había alquilado para que su esposa, que se presentaba como soprano, pudiera ofrecer allí un recital de arias de ópera. Fui con la idea de descubrir a alguna nueva cantante desconocida. Pero lo que sucedió solo es comparable a las crónicas de las memorables actuaciones, en una época anterior, de Florence Foster Jenkins, cuando las carcajadas de los asistentes competían con la propia música”.
Los amables lectores ya conocerán de sobra al personaje; pero por si acaso conviene recordar que Florence Foster Jenkins, cuya trayectoria ha sido objeto de numerosos relatos y hasta alguna célebre película (como la que con su brillantez habitual protagonizó Meryl Streep, hace ya una década), fue aquella mujer que, tras heredar una fortuna de su padre, decidió que quería convertirse en soprano, a principios del siglo pasado.
En su caso, no poseía la más mínima condición que pudiera albergar en ella la promesa de algún éxito improbable. Y aunque es cierto que se han hecho carreras muy importantes con voces no siempre hermosas (Maria Callas, por ejemplo), a cambio, estas siempre se vieron oportunamente realzadas por extraordinarias facultades técnicas que facilitaran la más adecuada expresión, ciñéndola a las necesidades del drama, la canción o lo que se tercie en cada instante.
Pero esta frustrada artista no poseía esencialmente ni lo uno ni lo otro, aunque le sobrara fuerza de voluntad y empuje para perseguir sus sueños juveniles, a la vez que carecía del más elemental sentido del ridículo que oponer a los infortunios de una ambición perturbada.
La anécdota no habría pasado de ahí si simplemente se hubiera conformado con cantar en los saraos familiares, o para sus amigas durante esas sobremesas como las que a veces disfrutan las señoras de Liverpool, generosamente regadas con ginebra mientras cabalgan las manecillas del reloj.
Pero la Foster Jenkins, quizá empujada al delirio de su estrellato por el calculado deseo de un esposo que, por encima de todo, pretendía halagarla, se empeñó en exhibir sus carencias al público de un modo que rozaba lo extravagante, grotesco o patético. Incluso llegó a grabar algún disco de perlas negras, como se denominan a este tipo de inesperados hallazgos, que aún hoy animan algunas entretenidas reuniones de los conocedores de la materia cuando el alcohol relaja las defensas.

Meryl Streep, en la película
Al concluir su ameno relato, mi jovial amigo se lanzó a preguntarme si no sería yo capaz de proporcionarle alguna información adicional sobre aquella nueva intérprete que, recién cruzado el Atlántico a lomos de algún rodaballo, el faisán del mar, parecía pretender seguirle los pasos a la bautizada, en su época de efímero esplendor, como la “peor cantante del mundo”.
Ocurrió que sí, por una de esas contingencias del destino, en el pasado, yo mismo había tenido que resistirme a las contumaces peticiones del esposo para que le organizara un recital en una institución académica, como parte del pequeño ciclo que me tocaba programar. Las ponderadas cualidades de la dama, con la vehemencia que ponía su pareja mediante prolija descripción, no habían logrado persuadirme acerca de la oportunidad.
Así que, como buenamente pude, logré zafarme de aquel breve entuerto, pese a la cálida simpatía, natural cordialidad y honda admiración que en mí despertaba sobre todo el señor. No se trataba de un tipo cualquiera, sino más bien de un elegante anarquista nacido en ese lugar donde los romanos creían acabada la tierra, que por más señas había logrado hacer fortuna, pasando además a la historia, como inventor del futbolín, nada menos.
La precaria calma conyugal no tiene precio, aunque deban procurarse algunas inocentes componendas para apuntalarla con propiedad. Por eso los grandes escenarios se alquilan en más ocasiones de lo que se cree para tranquilidad de algunos maridos (y ciertas esposas, como bien saben en una rica e influyente saga española).
Desde entonces, cuando en ocasiones reparo en los currículos de tanto artista como dice haber actuado “en el prestigioso Carnegie Hall”, siempre acude a mí el recuerdo de aquella pequeña maldad, seguramente algo exagerada, compartida durante el reencuentro amistoso en otra de las esquinas favoritas de Manhattan, esta vez, en el Lincoln Center.
(Publicado en El Debate)





















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