Teresa Berganza, cuatro años de silencio
Teresa Berganza, cuatro años de silencio
Cuarto aniversario de la muerte de la mezzosoprano (13 de mayo de 2022)

Teresa Berganza
Hace unos días paseaba por el Patio de los Naranjos de Sevilla. Inhalé su perfume y se me vino todo encima de golpe, como suele ocurrirme con los olores: imágenes, voces, años enteros comprimidos en un instante. Pensé en Teresa. Este miércoles, 13 de mayo, se cumplen cuatro años de su muerte. No sé si el tiempo mitiga estas cosas o simplemente las desplaza.
La primera vez que la escuché cantar fue en los Reales Alcázares de esa misma Sevilla, en 1972. Yo iba al cuartel por las mañanas y estudiaba piano por las tardes. Cuando ella abrió la boca, me quedé embobado. Aquellos Rossini y, sobre todo, los Händel, nunca podré olvidarlos. La frescura de su voz en plena juventud, las coloraturas impactantes, el fraseo inmaculado, su gracejo y ese encanto especial en el decir que siempre la acompañó y que hoy se echa tanto de menos en el mundo lírico.
Pero a Teresa la conocía de mucho antes. Muchos viernes coincidíamos a comer en Casa Cipri, aquel bareto de cuatro mesas en el que no había carta y el dueño nos cobraba lo que quería, escribiéndonos una cuenta ininteligible en el mantel de papel. Ella, algún acompañante, mis padres y yo.
Luego vinieron las sucesivas casas de Madrid —recuerdo la primera en San Lorenzo, sobre el Carlos III, casi pared con pared con aquella en la que nació mi padre—, el cierre de Cipri, el cambio a La Parrilla. Y finalmente los años del Escorial: Teresa vivía justo enfrente de la entrada al Patio de los Reyes del Monasterio. Inauguró el Teatro Carlos III y, cuando le propusieron poner su nombre al auditorio del pueblo, lo rechazó con esa mezcla de humor y dignidad que la caracterizaba: «¿Para ver cómo se desaprovecha? ¡Hasta se irían cayendo las letras de mi nombre!».
Cuántas conversaciones sobre música hemos tenido a lo largo de los años. Me describía con lujo de detalles la primera vez que María Bayo apareció en su casa. Me contaba sus batallas con los registas a los que no lograba convencer de que la música era más importante que sus ocurrencias escénicas. Hablábamos de cantantes, de directores, de los compositores que amaba —Rossini, Mozart, Händel, Bizet, Falla, Toldrá, Granados, García Abril— y a veces de cosas que no eran tan bonitas, como la vez que me dijo que también quería que sus cenizas, como las de mi padre, se difuminasen bajo un árbol del Jardín de los Frailes.
Tuvo una formación completa: en piano, composición, música de cámara, órgano y violonchelo, pero Teresa Berganza dedicó su vida al canto, un arte que definía como «un árbol frondoso plantado en las orillas del río de la vida». Representante de la Generación del 51, consiguió marcar la interpretación operística del siglo XX recuperando músicas e inventando nuevas maneras de escucharlas.
Se presentó en el Ateneo de Madrid en febrero de 1957 con el repertorio de lied alemán y canción francesa —un recital que fue mucho más que un debut: fue una declaración de intenciones—, y realizó su presentación escénica en el Auditorio de la RAI y en el Festival de Aix-en-Provence ese mismo año. No tardó en llegar a los grandes centros operísticos del mundo: Viena en 1959 con Karajan, el Metropolitan con Abbado en 1962, Salzburgo de nuevo con Karajan en 1972. Ése es el recorrido telegráfico. La realidad fue mucho más rica.

Teresa Berganza durante uno de sus conciertos
Porque lo que Berganza hizo no fue simplemente cantar en los mejores teatros, sino transformar lo que allí se cantaba. Su trilogía rossiniana —Il barbiere, L’italiana in Algeri, La cenerentola— redefinió el estilo desde los cimientos. Su incursión en el repertorio mozartiano, desde Dorabella en Aix hasta Sesto en La clemenza di Tito, la situó entre los grandes mozartianos del siglo, en compañía de directores que iban de Giulini a Klemperer, con Karajan en un espacio propio en el que la negociación musical nunca fue fácil pero siempre fue fructífera.
En el plano discográfico, su huella es también notable: el Il barbiere de 1964, La Cenerentola de 1971 en un alarde de agilidad, L’italiana de 1963, el Alcina de 1962, y en vivo la Medea junto a Maria Callas en 1958, una de esas citas históricas que uno se alegra de que el micrófono haya podido capturar.
Pero fue Carmen quien nos reveló su personalidad más íntima: la de un animal de escenario, complejo y cautivador. El Festival de Edimburgo tuvo la culpa, con Plácido Domingo encarnando a Don José. La grabación con Claudio Abbado, su profesor del personaje, que vino después sigue siendo un talismán por la carga eléctrica que emana de ese encuentro de genios.
Y junto a Carmen, Salud en La vida breve de Falla: esencial en su dignidad, penetrante en su viveza y legitimidad, ajena al adorno fácil, oscura y trágica en las capas más hondas. Sus registros de zarzuela con Ataúlfo Argenta colocaron el género en una posición de grandeza que no había conocido antes. Berganza jamás cantó zarzuela sobre el escenario, pero sus interpretaciones crearon escuela.
Tenía un carácter rotundo que podía ser encantador y dominante a partes iguales, y a veces simultáneamente. El afán perfeccionista generaba encontronazos. Sus cancelaciones despertaban críticas. Ella las defendía sin complejos: «Mentir, no anular, significa tanto una falta de respeto a sí mismo, al público, como a la inefable realidad del arte». Yo mismo la sufrí la segunda vez que viajé a Roma para escucharla en la ópera. Me quedé sin Teresa y con un cabreo formidable. Con el tiempo llegué a comprenderlo.

Teresa Berganza con Gonzalo Alonso
Una de las anécdotas que más nos hizo reír, y que ella recordaba con una mezcla de picardía y satisfacción que no disimulaba: en el Mozarteum de Salzburgo, en su camerino tras un concierto, me echó la bronca porque me había visto mirar demasiado a Cecilia Bartoli, mientras Bartoli la observaba embelesada desde un palco. Yo estaba en la fila doce del patio de butacas. Teresa era capaz de controlarme desde el escenario, a esa distancia, con la sala llena. Increíble. Lo era.
Los dos últimos años que compartimos activamente, los de la pandemia, fueron extraños y en cierto modo preciosos. Nos hicimos inseparables a través del teléfono y del WhatsApp. Yo le enviaba cada día enlaces a las retransmisiones del Met, de Viena, de Munich, y ella los elegía y los veía en su iPhone —hubo que comprarle uno con la pantalla más grande—.
Al día siguiente hablábamos y cortábamos el traje, sobre todo a las escenografías. Estaba indignada con los registas «originales». Siempre volvía al mismo argumento: «Sigo pensando que el espectáculo de la ópera o de la música clásica debe basarse, ante todo, en el respeto a la música que se escribió, al compositor y su obra. Todo eso me ha enseñado a ser humilde». Y me contaba anécdotas de los cantantes y directores que veíamos, muchos de los cuales ya no estaban entre nosotros porque eran representaciones de lustros atrás. Así logramos sobrellevar la situación. Meses y meses.
El 15 de julio de 2021 se vino a casa para ver La traviata desde el Teatro Real en mi televisión. No nos interesó y lo dejamos tras el descanso para charlar de nuestras cosas. En septiembre intenté llevarla de nuevo al Horizontal, al aperto, pero fue imposible. La visitamos en su casa: estaba guapa y orgullosa, quería andar por sí misma, aunque tenía un andador cerca por si acaso. Quedamos en vernos en octubre para redactar juntos un guion sobre cómo había cambiado el mundo de la ópera de 1950 al siglo XXI. Su hija Cecilia se ofreció a ayudarnos con la silla de ruedas en el coche. No pudo ser.
La última vez que la vi en plena plenitud había sido el 22 de febrero de 2020, en el Horizontal, adonde había invitado también a Ruggero Raimondi y su esposa, Isabel Meier. Lo pasamos muy bien. Estaba contenta. Era la Teresa de siempre: inteligente, generosa, dominante, encantadora, con toda su picardía intacta.
Luego vino el deterioro. El linfoma, la cortisona, los días en que dormía treinta horas seguidas y sólo se levantaba para comer. Las caídas nocturnas —esguinces, moratones, dolores en la cara y en las piernas—. Las noches sola hasta que entre la familia y los amigos la convencimos de que necesitaba ayuda. Y las llamadas cada vez más escasas, la voz cada vez más débil, como cansada de vivir aunque al mismo tiempo queriendo volver a ser la de siempre.

La mezzo junto a Gonzalo Alonso
El 18 de marzo de 2022, a las 21.42, sonó mi móvil. En la pantalla, su nombre. Paré El Padrino II —celebraba los cincuenta años del primero de la saga— y respondí nervioso, con ese miedo absurdo a dar mal a la tecla y perder la llamada: «Teresa…». Fue nuestra última conversación. Hacía más de un mes que no hablábamos, cuando durante los dos años anteriores lo habíamos hecho casi a diario. Desde entonces, Cecilia me fue poniendo al tanto de todo. «Se nos va apagando poco a poco», me escribió un día. Y se apagó el 13 de mayo.
Antes de morir le dijo a su familia: «Quiero irme sin hacer ruido. No quiero anuncios públicos, ni velatorios, ni nada. Vine al mundo y no se enteró nadie, así que deseo lo mismo cuando me vaya». La familia respetó su voluntad. Yo, al escucharlo, supe que no era del todo sincera. Teresa nunca pudo disimular que le importaba profundamente lo que se pensara de ella, de su arte, de lo que había construido durante décadas. Tenía toda la razón en que le importara. Porque lo que construyó merece importar.
Cuando murió Montserrat Caballé, Teresa escribió unas palabras que hoy, inevitablemente, sirven también para ella: «El mundo se ha vuelto una selva hostil para la ópera, el relumbrón de las absurdas puestas en escena y las glorias en Instagram hacen que la esencia se desvanezca, pero si alguien desea rescatarla, saber de qué se trata, por qué tantos hemos dado la vida por defenderla, que se siente en un sillón y deje sonar su voz. Entrará por la puerta grande en el reino del arte». No se puede decir mejor. Ni con más autoridad.
Cuatro años después, su voz sigue ahí. La de los Reales Alcázares de 1972, que me dejó embobado a mí, que entonces no sospechaba que aquella mujer iba a ser parte de mi vida durante décadas. La del Mozarteum, la de las grabaciones que no envejecen, la del teléfono a las 21.42 de un 18 de marzo. El árbol que ella plantó en las orillas del río de la vida sigue dando sombra. El río sigue corriendo.
De nuestro homenaje no te libras, Teresa. Te quiero y me alegra saber que reposas donde mi padre también quiso reposar porque te encantó la idea. Cada vez que paseo por allí me acuerdo de ambos y de lo grande que fuisteis.




















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