Crítica: Un ‘Così fan tutte’ redondo y sin fisuras en Salzburgo
Un Così fan tutte redondo y sin fisuras
COSÌ FAN TUTTE. “Dramma giocoso” en dos actos. Libreto de Lorenzo Da Ponte. Música de Wolfgang Amadeus Mozart. Reparto: Elsa Dreisig (Fiordiligi), Victoria Karkacheva (Dorabella), Bogdan Volkov (Ferrando), Andrè Schuen (Guglielmo), Lea Desandre (Despina), Johannes Martin Kränzle (Don Alfonso). Dirección de escena: Christof Loy. Dramaturgia: Niels Nuijten. Escenografía: Johannes Leiacker. Vestuario: Barbara Drosihn. Iluminación: Olaf Winter. Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor (Huw Rhys James, director). Orquesta Filarmónica de Viena. Dirección musical: Joana Mallwitz. Lugar: Salzburgo, Grosses Festspielhaus. Entrada: 2.179 espectadores (lleno). Fecha: 6 agosto 2026.

El célebre título de Mozart vuelve a subirse al escenario de Salzburgo
© SF/Monika Rittershaus
Così fan tutte ha vuelto a casa -Salzburgo- en la conocida producción de Christof Loy, estrenada, en 2020, en plena pandemia de Coronavirus, por lo que fue recortada y preparada especialmente para respetar las distancias de seguridad impuestas en aquel tiempo de mascarillas y miedos. Ahora, seis años después, y ya en la versión completa presentada en 2021, ha regresado al Grosses Festspielhaus, protagonizada y dirigida por los mismos intérpretes, con la única excepción de la Dorabella de Marianne Crebassa, bien reemplazada por la mezzo rusa Victoria Karkacheva, quien ya trabajó (y triunfó) con Loy en el Yevgueni Oneguin dirigido el año pasado -enero 2025- por Gustavo Gimeno en el Teatro Real.
La mezzo rusa se llevó el gato al agua en las bien dramatizadas arias “Smanie implacabili” y “È amore un ladroncello”, momentos culminantes de una actuación que en absoluto ha desentonado en el asentado reparto estelar de este Così triunfador.
Su Dorabella brillante, mozartianamente matizada y de evidente vigor vocal, se complementó con el canto templado de una Elsa Dreisig cuyo temperamento y voz -preciosa, ligera y expresiva- le han cogido el punto a Fiordiligi, aunque carezca de la densidad y anchura que requiere el personaje, algo que ya se evidenció desde su primera intervención solista, en el aria “Come scoglio”, que supuso también, y pese a esta carencia de músculo vocal, el primer gran momento de una representación redonda y sin fisuras, en la que todos y todo han destacado.
Junta a ellas, el tenor Bogdan Volkov (Ferrando) y el barítono Andrè Schuen (Guglielmo) completaron el cruzado cuarteto amoroso. Un cuarteto de mentira, engaño y humillación. “Divertimento”, pero no tanto. Menos en un tiempo como el actual, en el que una trama de cuernos y pruebas de fidelidad como la inventada por Da Ponte y musicada por Mozart es incorrecta e impertinente. En Così fan tutte (“Así hacen todas”, el título ya lo dice todo), los hombres juegan con los sentimientos de las pobres dos enamoradas y estrechas hermanas de Ferrara. Incorrecto y machista, desde luego, pero el valor dramático y, sobre todo, musical, hace que este “dramma giocoso” en dos actos aguante el tipo.
La aguda mirada e interpretación de Christof Loy indaga en los sentimientos de unos y otras. Los pone al desnudo, en su crudeza y burla. Todos son testigos de todo, de sus propios celos, de sus propias trampas y miserias. Desesperación, rabia y arrepentimiento. Mefistófeles (¿Don Alfonso”?) se divierte y mueve los hilos. El solterón resabiado marca el curso del amor joven de las dos parejas.

Elsa Dreising y Vogdan Volkov
© SF/Monika Rittershaus
Los largos silencios y pausas dicen tanto como palabras y música. Ferrando ve como su “Dorabella” cae finalmente rendida en brazos de su amigo Guglielmo, tanto como éste es testigo del éxito de los galanteos de su amigo Ferrando con su amada Fiordiligi. El machirulo Don Alfonso empeñado en que, efectivamente, “así hacen todas”.
Un juego espinoso en el que, para rizar el rizo, Don Alfonso cuenta con la connivencia de la lista criada Despina, que traiciona a quien haga falta por los “cequíes” que sean menester. El final feliz en absoluto libera el “dramma giocoso” de su incorrección nuclear. Loy, fiel a sí mismo, y a su escenógrafo Johannes Leiacker, envuelve la acción en blanco y negro.
Un contraste que casi colisiona con las infinitas gradaciones de sentimientos y mariposas en el estómago de los protagonistas. En medio, el verde intenso del árbol y sus hojas al viento. Fiordiligi, Dorabella y Don Alfonso cantan el famoso terzettino “Soave sia il vento”. Corre el acto I. A esas alturas de la representación, la música de Mozart y la palabra de Da Ponte ya sobrevolaba cualquier consideración o inconveniencia.
Teatro y música aliados en un espectáculo que fascina y emociona, que, de la mano diestra de Loy, embauca al espectador en su propia narrativa. Con humor y acritud. En blanco, negro, pero también en los invisibles e infinitos matices de por medio, como cuando los dos pánfilos de Ferrando y Guglielmo aparecen disfrazados, y, más que de chalados albaneses, parecen payasos sacados del anuncio de Micolor.
La excelencia vocal y actoral de Dreisig y la debutante Karkacheva encontraron perfecta replica en el tenor ucranio Bogdan Volkov y en el barítono Andrè Schuen. El primero, cantó una delineada “Aura amorosa” de cortar el aliento, de inspiración belcantista y con “mezza voce” y pianísimos regulados a lo Kraus.
Schuen, por su parte, volvió a dejar constancia de ese temperamento, personalidad actoral y empaque vocal que le convierten en barítono de referencia, al que hay que considerar dentro de la mejor tradición de artistas totales, que igual te cantan un Winterreise que un Guglielmo, un Orfeo o un Don Giovanni. Al escucharle, sobrevuelan los Hotter. Fiescher-Dieskau, Prey… El sólido y enseñoreado don Alfonso de Johannes Martin Kränzle, y la pizpireta, ágil y bien cantada y caricaturizada Despina de la mezzo franco-italiana Lea Desandre, fueron las guindas que completaron el calibrado reparto.
En el foso, la Filarmónica de Viena, que jugaba en casa -por Salzburgo, y por Mozart- volvió a lucir su pálpito, clase y tradición en un territorio sonoro que le es propio, y en el que ha marcado tradición y maneras en manos de los mejores mozartianos. En esta ocasión, y como en todas las ocasiones que se ha repuesto esta producción de éxito, ha sido dirigida por Joanna Mallwitz, cuyo trabajo ha evolucionado y madurado ostensiblemente. Ahora, mucho más desenvuelta y dueña de la situación.
Expresiva de gesto e intención, la directora alemana -que no hace como todas- cuidó el equilibrio métrico y expresivo entre foso y escenario, en una atinada concertación que supo respirar, transpirar y dar aire, tiempo y espacio a las voces, en sintonía con una música que los profesores de la Filarmónica de Viena llevan en vena y neuronas.
Estupendo toda la noche Pedro Beriso en el teclado, y las voces del Konzertvereinigung Wiener Staatsopernchor, preparado por Huw Rhys James. Corrían ya casi las diez de la noche, y aún resonaban aplausos y bravos. Fuera, en la calle, tras días de calor casi sevillano, una llovizna con brisa templó la oscuridad. Dos chavales, él y él, caminaban amartelados bajo un paraguas. Da Ponte se hubiera quedado perplejo. ¡O no!



















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