Crítica: ‘Tristan und Isolde’ en el invierno de Sao Paulo
Tristan und Isolde en el invierno de Sao Paulo
Tristan und Isolde, música y libreto, Richard Wagner. Simon O’Neill, Annemarie Kremer, Luisa Francesconi, Leonardo Neiva, Hernan Iturralde, Paulo Queiroz… Orquestra Sinfônica Municipal, orquesta. Coro Lírico Municipal, coro. Roberto Minczuk, director musical. Hernán Sánchez Arteaga, director del coro. Allex Aguilera, escenografía y director de escena, Arnaud Pottier, vídeo. Jesús Ruiz, vestuario. Gabriel Pederneiras, iluminación. Edu Martins, bailarín. Theatro Municipal de São Paulo, Sao Paulo, 29 de julio 2026. Producción del Teatro de la Maestranza de Sevilla.

Imagen de la producción
Volvemos a Sao Paulo a su hermoso Theatro Municipal con ocasión de la representación de Tristan und Isolde. Estrenada en Múnich en 1865, esta es probablemente la obra más audaz del catálogo wagneriano, casi un retrato de su autor. Con libreto y música propios, la ópera se sumerge en el mito medieval y bebe profundamente de la filosofía pesimista de Arthur Schopenhauer, donde el amor terrenal, en realidad la pura pasión, es imposible de saciar en vida y solo encuentra su liberación y disolución definitiva en la muerte.
La partitura es célebre por suspender constantemente la resolución tonal mediante el famoso «acorde de Tristán», algo muy novedoso para la época, reflejando el deseo perpetuo de los amantes hasta desembocar en el icónico monólogo final del Liebestod. Es una Gesamtkunstwerk, obra de arte total, con fusión absoluta de música, poesía, artes visuales y dramaturgia, expandiendo las fronteras armónicas de su época de un modo que allanaría el camino hacia la modernidad.
Esta ópera raramente se representa con una escenografía preciosista o con muchos detalles (la trama y localizaciones no los necesita) y tampoco ahora ha sido el caso. Originalmente concebida para el Teatro de la Maestranza de Sevilla por Allex Aguilera, brasileño afincado en España, opta por una estética casi minimalista. Tres paneles delimitan el espacio a ambos lados y al fondo, con una amplia tarima en el centro. Nos gusta esta tarima porque cuando un personaje sale de escena simplemente puede ir fuera de ella y esperar en el hueco que hace con los paneles para volver a entrar.
En los tres paneles se proyectan vídeos, ya abstractos, ya relacionados con el momento escénico (el mar, el bosque, el castillo). En el segundo acto una enorme corona aparece suspendida arriba y acaba encerrando a los protagonistas cuando son descubiertos en su pasión prohibida en un recurso también acertado. En el tercer acto introduce un bailarín de butoh (danza japonesa contemporánea) que ni siquiera después de leer el programa nos queda claro el porqué.
A mejorar la dirección actoral. Empezó mal el primer acto con una Isolda macarra que propina un rodillazo en sus partes a Kurwenal. Afortunadamente algo así ya no se repitió, pero los cantantes andaban muy perdidos en el escenario, con salidas extrañas que nos dejaban un poco perplejos y otras veces no sabían dónde ni cómo colocarse.

Simon O’Neill y Annemarie Kremer
En la función que vimos el reparto principal estuvo encabezado por las siguientes voces:
Simon O’Neill (Tristán): Tenor de origen neozelandés que asumió el titánico rol titular con solvencia dramática, sosteniendo vocalmente las exigencias físicas y expresivas que demanda el personaje en su largo declive del tercer acto.
Annemarie Kremer (Isolde): Soprano de origen neerlandés, aunque empezó dubitativa en los dos primeros actos se recompuso y acabó firmando uno de los puntos más altos de la noche, coronando su actuación con una interpretación del Liebestod profundamente sentida, expresiva y conmovedora, con un inesperado y fuera de lugar aplauso del público, como si fuera un aria belcantista que impidió escuchar correctamente el final de la obra.
Luisa Francesconi (Brangäne): Mezzosoprano de origen brasileño que cumplió con solidez y calidez vocal en el rol de la fiel confidente y dama de compañía, incluso en algunos momentos sobrepasando a la propia Isolde.
Hernan Iturralde (Rey Marke): gran papel el de este bajo-barítono de origen argentino que dotó al monarca engañado de la gravedad emocional y la contención doliente que exige su gran parlamento del segundo acto, uno de los discursos más tristes y hermosos de la historia de la ópera. De momento es poco conocido en Europa, pero esperemos que esto pueda arreglarse y disfrutemos de su buena técnica vocal.
La batuta estuvo a cargo del maestro Roberto Minczuk, quien dirigió con precisión el complejo entramado armónico de la partitura, logrando mantener el pulso dramático a lo largo de las extensas horas de función sin perder el equilibrio entre el foso y el escenario, con una Orquestra Sinfônica Municipal de São Paulo que respondió con notable solvencia técnica a las exigencias de la escritura wagneriana.
Debemos mencionar nuestro deseo de que el público tenga un comportamiento acorde y respetuoso con los artistas y el resto de espectadores, pues además del comentado aplauso a destiempo no faltaron los que ocupaban sus asientos una vez levantado el telón e incluso hubo quien comía durante la representación (en platea), y no mencionamos los móviles porque han venido para quedarse en cualquier teatro del mundo. Son anécdotas que no nos quitan nuestro deseo de volver a disfrutar de este histórico edificio y su variada programación, que además ofrece precios tan populares y más reducidos aún para colectivos vulnerables: ¡aprendan en España: la cultura tiene que ser accesible para todos!



















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