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Por Publicado el: 29/11/2022Categorías: En vivo

Crítica: Cecilia Lavilla y Miguel Ituarte en Utrera

Cecilia Lavilla canta a los Quintero

Teatro Enrique de la Cuadra, Utrera, 26 de noviembre de 2022. Cecilia Lavilla, soprano. Miguel Ituarte, piano. Obras de M. García, A. Vives, M. Rodrigo, J. Turina, J. Serrano, G. Giménez y M. Falla.

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Cecilia Lavilla en Utrera

Se cerró el ciclo de conciertos que desde el mes de marzo se ha desarrollado en Utrera en honor de los ciento cincuenta años de los nacimientos de Serafín (1871) y Joaquín (1873) Álvarez Quintero, hijos insignes de la ciudad. El broche de oro lo pusieron Cecilia Lavilla y Miguel Ituarte con un recital en el que se recogían algunas piezas compuestas sobre textos de los hermanos, contextualizadas con otras composiciones de la época, bajo el epígrafe de “Lo popular y picaresco”.

Se abrió el recital con cuatro canciones de Manuel García. Si en La tirana Lavilla se recreó en el aire melancólico del fraseo, deteniéndose en cada una de las frases de manera intencional, en el Potrito sacó a relucir la gracia castiza marca de la casa, para recalar en un Parad, avecillas cantado como un susurro, a media voz y a flor de labios. Remató la tanda con el famoso Yo que soy contrabandista, cantado con desparpajo y notable atención a la acentuación descriptiva.

Las Canciones epigramáticas de Amadeo Vives son toda una prueba por la variedad de registros que hay que abordar en cuestión de minutos. Lavilla alternó la zalamería de “Que soy niña”, la elegancia de “Amor y ojos”, la ironía y el legato de “Válgame Dios” y el canto silábico y aniñado de “Vida del muchacho”, en un ejercicio soberbio de cambio de registros y de color y, sobre todo, de expresividad. Para la muy exigente escena de Amparo de La venta de los gatos de Serrano la cantante madrileña se instaló en un tono jondo muy expresivo, sin forzar nunca la emisión, pero con una fuerte carga pasional, como aquellos antiguos cuplés trágicos, rematando con un soberbio agudo final en diminuendo. Algo similar se pudo disfrutar en la romanza de Diana la cazadora de María Rodrigo y en la Canción española de Giménez, con su aire inicial de juguetona habanera perfectamente sostenido, con delicadeza, por Miguel Ituarte, quien también puso de relieve los perfiles impresionistas del piano de la saeta de Turina, cantada con delicadeza y casi arrobo por Cecilia Lavilla.

Como cierre, las Siete canciones populares españolas de Falla, iniciadas por una soberbia lecciòn de matización del sonido pianístico por Ituarte en El paño moruno y, sobre todo, en la Asturiana, momento en el cual Lavilla volvió a mostrar su sabiduría a la hora de regular y controlar la voz en franjas dinámicas muy delicadas. La delicadeza y la emoción salieron a flote con la Nana, para terminar con el desgarro racial, cambiando de colores, del Polo. Andrés Moreno Mengíbar

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