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Por Publicado el: 18/04/2019Categorías: En vivo

Crítica: Homenaje a Joaquín Rodrigo en Les Arts

Joaquín-Rodrigo

Joaquín Rodrigo

MÚSICA DE CÁMARA  EN EL PALAU DE LES ARTS

El vaso engrandecido de Joaquín Rodrigo

Programa: Joaquín Rodrigo, 20 anys (Dos miniaturas andaluzas. Zarabanda lejana y villancico. Tres viejos aires de danza. Soleriana).  Orquestra de la Comunitat Valenciana. Director: Joan Enric Lluna. ­Lu­gar: Palau de les Arts (Espai Los Toros). Entrada: Alrededor de 80 personas. Fecha: Sábado, 13 abril 2019.

Vuela el tiempo, pero la música de Joaquín Rodrigo (1901-1999), con sus resonancias lejanas y tan gustosamente regodeada en añejas melodías españolas, sigue tan joven y pimpante como siempre. El Palau de les Arts ha querido rendir homenaje al creador saguntino con motivo de cumplirse ahora los veinte años de su muerte. Para ello, ha tenido el tino de eludir la senda trillada del Concierto de Aranjuez y ha optado por subir a los atriles de la Orquestra de la Comunitat Valenciana un ramillete de partituras que precisamente inciden en el Rodrigo que mira, evoca y recrea la vieja España. Al frente de este homenaje que contó con la presencia entre el público de Cecilia Rodrigo –hija y único descendiente de Rodrigo-, el clarinetista Joan Enric Lluna.

Gustaba decir Rodrigo, cuando le reprochaban su vena casticista y conservadora, que “mi vaso es pequeño, pero es mi vaso”. Reivindicaba así su mundo único y diferente, personalísimo y ensimismado, con su estética inconfundible, ardorosamente enzarzada en la gran tradición española del XVI y del XVII. Veinte años después de su muerte, la distancia ha engrandecido el “pequeño vaso”, y su creación, tan orgullosa de sus resonancias de Juan Vázquez, Scarlatti, Sanz o Soler, forma ya parte de lo mejor de la música española del siglo XX.

Es precisamente este Rodrigo resonante, escueto y de escritura fina y precisa, casi camerístico, el que nutrió el programa de Lluna y sus colegas de la OCV. La desnudez diamantina de estas músicas, tan exentas de artificio y que tan decididamente optan por la renuncia expresa de lo superfluo, es la que convierte la obra de Rodrigo en un arriesgado escaparate donde asoma sin enmascaramiento lo mejor y peor de sus intérpretes. Pocas cosas hay tan complejas como la sencillez sin posibilidad de disimulo de las tempranas Dos miniaturas andaluzas (1929) y de Zarabanda lejana y villancico (1927-1930), ambas delicias ideadas para una reducida plantilla de cuerda.

Sonaron inusualmente desajustados y destemplados los arcos hasta no hace mucho excepcionales de la OCV. Los violines han perdido su homogénea calidad, como también la desmejorada sección de violonchelos. La participación desacertada como concertino invitado del italiano Salvatore Quaranta en absoluto contribuyó a corregir el caído nivel. Todo lo contrario: más que unificar y redondear el sonido y el empaste, parecía empeñado en hacer sobresalir el sonido impulsivo y poco concertante de su violín sobre el resto de la sección.

La acústica imposible del antimusical “Espai Los Toros” (solo a dos personajes como Davide Livermore y Fabio Biondi se les pudo ocurrir la peregrina ocurrencia de utilizar este acristalado salón de esparcimiento en sala de conciertos) tampoco contribuyó a disimular nada, sino que subrayó y fomentó los desajustes y desequilibrios dentro de unos instrumentistas que siempre se distinguieron por la perfección de su articulación y la unicidad de afinación, color y fraseo. Para colmo, las sirenas de las ambulancias que se colaban al interior del taurino espacio y otros ruidos aledaños contribuyeron a deslucir un concierto al que apenas asistió un centenar de espectadores.

En la recta final del programa, ya con la incorporación de algunos solistas de viento para interpretar Tres viejos aires de danza (1926-1929) y la muy posterior Soleriana (1953), la Orquestra de la Comunitat Valenciana pudo atenuar las imprecisiones de su mermada cuerda para hacer lucir por fin el mundo luminoso, antiguo y novedoso a un tiempo, del maestro Rodrigo. Joan Enric Lluna, cada día más empeñado en menesteres batuteros, se adentró desde su musicalidad natural y condición de músico bien baqueteado en el meollo de una música que en estas páginas últimas logró salir airosa del brete. Justo Romero

Publicada el 16 de abril en el diario Levante.

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