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Por Publicado el: 16/07/2019Categorías: Diálogos de besugos

Críticas en la prensa a Giovanna d’Arco en el Teatro Real

Giovanna-saludosCríticas en la prensa a Giovanna d’Arco en el Teatro Real

Los críticos de los principales medios nacionales discrepan en sus opiniones sobre el último título de la temporada del Teatro Real: la versión en concierto de la ópera de Verdi ‘Giovanna d’Arco’. Señalada por algunos, como González Lapuente, como una obra «desconocida e inmadura» – que justifica así su ausencia en la programación de los teatros -, su representación en el Real estuvo salvada por la brillante dirección musical de James Conlon. Aunque todas las críticas resaltan el papel del director de orquesta como una de las joyas de la noche, las opiniones de dividen respecto a la actuación de la gran atracción del reparto: Plácido Domingo. «Artista único en la historia lírica», el ahora barítono madrileño no conmovió a todo el auditorio ni a algunos de los críticos cuya opinión puede leer a continuación.

“Giovanna D’Arco” de Verdi. Michael Fabiano, Plácido Domingo, Carmen Giannattasio, Moisés Marín, Fernando Radó. Orquesta y Coro Titulares del Teatro Real. James Conlon, dirección musical. Teatro Real. Madrid, 14 de julio de 2019.

ABC 15/07/2019

A punto de concluir la temporada, el Teatro Real completa las representaciones de «Il trovatore» con la más desconocida, infrecuente e inmadura «Giovanna d’Arco», escrita por Verdi en su años de galera. El descubrimiento del título en Madrid responde a la presencia, un año más, de Plácido Domingo, quien va encontrando acomodo en papeles más o menos ajustados a sus condiciones y apura la carrera proporcionando puntuales momentos de felicidad a sus seguidores más fieles.
Por el momento, «Giovanna d’Arco» ha triunfado aunque sea importante señalar que si la obra logró alcanzar altura, fue gracias al director musical James Conlon, quien demostró categoría y capacidad, quien llevó entre algodones a un reparto que estuvo a ras de tierra, y cuyas arbitrariedades musicales fueron disimuladas desde el foso con una habilidad realmente sobresaliente. Conlon ofreció una versión muy robusta, de sonoridad amplia y muy bien equilibrada desde el arranque, en la sinfonía. De inmediato, encontró en el coro del Teatro Real a un colaborador fiel, preciso y cómplice….
….Carmen Giannattasio dio voz a la protagonista, llevando el papel tan a su terreno que no dudó en disimular los adornos y tantear con precaución las agilidades…./…  pronunció extrañamente y desafinó de manera obvia en muchos pasajes…/… A su favor, la fortaleza de los agudos y presencia vocal. Michael Fabiano defendiendo a Carlo VII también pisó el escenario con fuerza dispuesto a todo. En su caso la voz se engrandece al proyectarse con un vibrato muy expresivo aunque no siempre otorgue a las frases una dirección musical clara. …/….
Domingo merece un comentariomomentos comprometidos como el aria del acto primero, «Franco, son io», con un primer atisbo de aplauso; escasa, incluso dubitativa en algunos pasajes, aunque hábil al protegerse entre los demás intérpretes en dúos, tríos y coros. En los saludos finales saludó siempre junto a los demás, una y otra vez. No hubo oportunidad para discriminar entre ninguno ellos a pesar de que «Giovanna d’Arco» distingue claramente tres protagonistas.
…. el público que ayer acudió a escuchar «Giovanna d’Arco»tenía ganas de disfrutar y que además lo hizo. Por eso se aplaudió mucho y a todos, aun habiendo un claro triunfador: James Conlon, quien que logró hacer creer que este Verdi muy convencional es una gran obra. Alguien que trabajó a favor de un reparto correctamente ordenado y del que extrajo lo mejor. Un año más, prueba conseguida. Alberto González Lapuente
Giovanna-D'arco-Real

Escena Giovanna d’Arco

EL PAÍS 15/07/2019
Al terminar el primer acto, Carmen Giannatassio y Michael Fabiano salieron del escenario con gesto de que no merecía la pena saludar ante tan tímidos aplausos. Pero es que el favor del público y su entusiasmo se gana con otra actitud y la versión que ayer domingo estrenaron de Giovanna d’Arco en el Teatro Real fue de las peores noches que se recuerdan. Ni Plácido Domingo pudo aliviar el aburrimiento en una sesión para el olvido. Un auténtico truño.
Cuando Giuseppe Verdi compuso esta ópera casi de cámara en su repertorio lo hizo en una situación ciclotímica y con problemas de salud. Apenas le prestó atención: tardó sólo cuatro meses y su concentración fue escasa. El insípido libreto de Temistocle Solera, basado en un drama de Friedrich von Schiller, tampoco ayudó a que las musas permitieran al maestro parir una de sus obras maestras. Por eso se recupera tímidamente en los teatros. Nada más que como un pequeño juego de transición sin alharacas.
Bien es cierto que la obra canoniza proféticamente a la heroína francesa antes de que lo hiciera la Iglesia en 1920. Salvo eso, poca chicha. Pero sí contiene destellos y pasajes brillantes que no brotaron apenas en las voces de los cantantes, con la excepción ya casi de oficio de un coro en estado de gracia y en algún pasaje de la orquesta: como en el aria del tercer acto de Carlo, acompañado de un chelo y corno inglés, que James Conlon marcó con delicadeza.
El primer problema fue la concepción del espectáculo. Si el teatro se inclina por una versión concierto vale más contar con los intérpretes sentados en el escenario desde el principio. Si no, en un quiero y no puedo de intento semiescenificado, como este, corres el riesgo de hacerles pasar por un ridículo supino. Sobre todo al verse obligados a salir con cara de despiste, como si anduvieran en un mero ensayo.
No pasó de eso la representación de anoche. Ni hubo chispa ni se logró absolutamente ningún momento en que saltara la emoción. Fabiano era incapaz de quitar el ojo al atril, Giannastasio gritaba sin asomarse en ningún momento al concepto del canto. ¿Y Plácido? Llegó a su ciudad a cumplir con el expediente.
En esta última etapa ha regresado a su cuerda natural de barítono. Como tal ha dejado rastros admirables en el Real, como su Simón Bocanegra. El tono que ahora muestra es confuso. Anda cerca del barítono pero sin que las cuerdas hayan olvidado sus glorias de tenor. Es Plácido al fin y al cabo. Jesús Ruiz Mantilla
escena-giovanna-arco-teatro-real-2019

Escena Giovanna d’Arco

LA RAZÓN 15/07/2019

Las lecciones de Plácido Domingo

Concluye una muy positiva temporada del teatro Real en la que se ha alcanzado el nivel deseado para un teatro de primera fila. Recordemos sólo los dos últimos títulos escenificados y los dos en versión de concierto. En “Capriccio” se alcanzó prácticamente la perfección tanto escénica como vocal y en “Il Trovatore”, con problemas escénicos, hubo un primer reparto difícilmente mejorable hoy día. “Agrippina”, en concierto, tuvo sus más y sus menos, pero dentro de un destacable nivel.

“Giovanna D’Arco” es la séptima ópera de Verdi, que ya había escrito obras de tanto relieve como “Nabucco”, “I due Foscari” y, sobre todo “Ernani”, y que no alcanzaría el nivel de ellas. Compuesta en tres meses durante los bautizados como “años de galera” es hoy, con razón, una de las menos representadas. Verdi es ya muy reconocible, pero el Verdi de oficio y también mucho del de Donizetti. En Bilbao se pudo ver con un buen reparto, encabezado por Krassimira Stoyanova, en 2013 y en la Scala se ofreció en 2015 con Netrebko, Meli y también Domingo. El Real la programa en concierto, lo que parece una idea acertada, pues el libreto ha sido siempre muy denostado. Su autor, Temístocle Solera, fue figura muy pintoresca, no sólo responsable también del de “Nabucco” sino empresario del mismísimo Teatro Real y, según rumores de la época, incluso amante de Isabel II. También tuvo influencia en el Liceo, el que por cierto programa en estas fechas la “Luisa Miller” de cuatro años más tarde.

Musicalmente es irregular, respondiendo bastante al belcantismo donizettiano, con momentos de inspirado lirismo y mucha marcha militar. Destacables especialmente y por orden de menos a más el dúo de  Giovanna con Carlo,  con su padre Giacomo y el concertante final con la muerte de la protagonista por heridas en la batalla y no en la hoguera. Realmente la ópera se reduce, aunque con cinco papeles, a los tres roles de soprano, tenor y barítono. Los tres tienen mucho que cantar. La grabación de 1973 con Caballé, Milness y Domingo en el papel de Carlo con dirección de Levine no ha sido superada y resulta inigualable en vivo.

James Conlon es maestro muy conocido en el Real, donde ha dirigido ya tres títulos verdianos. Muy en sintonía con Domingo es director solvente, que sabe imprimir ritmo y mantener todo bajo control, salvo quizá el coro, que vuelve a pasarse en volumen. No necesita tal exhibición, que además perjudica. Excelente la orquesta, también generosa en sonido. Conlon fue clave en el desarrollo del espectáculo.

Ni es barítono, ni es tenor, es Plácido Domingo y, créanme, merece la pena seguir escuchándole. Plácido Domingo es un artista único en la historia lírica por muchos motivos. Artista en el más amplio sentido de la palabra, por encima de cantante, que siempre imprime a sus interpretaciones una musicalidad excepcional, que ama con intensidad a su profesión y que, probablemente, no puede vivir sin ella. Empezó como barítono, pasó a ser uno de los tenores que están en los primeros lugares de la historia operística y termina su carrera vocal como barítono. Sabemos que no posee la cuerda baritonal canónica, cosa que el mismo admite, pero estando en forma siempre hay cosas por las que es capaz de admirar y que provienen de esa categoría artística que, como Barenboim por citar otro ejemplo, muy pocos alcanzan. Sucede con su Carlo. Su fraseo, su línea de canto en la primera parte -evito escribir de la cabaleta-  del ya citado dúo con su hija del tercer acto hizo que se me humedeciesen los ojos, porque mostraba una categoría hoy inexistente. Otro mundo y eso que había un estupendo tenor, Michael Fabiano, uno de los más cotizados del presente, como lo es Francesco Meli en el “Trovatore” del Real. Ambos entre lo más granado de hoy, mas la diferencia con la talla de Domingo es patente. Fabiano posee un timbre gratísimo y caudal, pero tiene muchas cosas que aprender del maestro Domingo. Y, mucho más Carmen Giannattasio de Caballé. Todo en mezzo-forte, sin pianos, filados o medias voces, frecuentemente destemplada arriba y, eso sí, con mucho lucimiento de vestuario. No es una mala soprano pero bajó el nivel. No podemos vivir de recuerdos, pero tampoco olvidar. Por eso, sí, hay que disfrutar con lo que tenemos pero, también, con lo que aún nos recuerde el oro de la ópera, cuando ésta llegaba a emocionar a todo el auditorio. Gonzalo Alonso

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