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Por Publicado el: 01/12/2015Categorías: Diálogos de besugos

Críticas en la prensa a «Rigoletto» en el Real

Todas las críticas resaltan la presencia de Leo Nucci, su protagonismo en su papel de referencia aunque los años vayan pasando. La soprano no es tan bien valorada en ABC como en El Mundo o La Razón y , en cambio, en ABC se valora más al tenor que en el resto. La del País va por otro lado completamente distinto. Ya sabemos que hay dos oídos por crítico.

 LA Razón 29/12/2015

TEMPORADA DEL TEATRO REAL / ÓPERA

«Rigoletto», un regreso al pasado

«Rigoletto», de Verdi. S.Costello, LNucci, O.Peretyatko, A.Mastroni, J.Gringyte, F.Radó, A.Sanmartí… Orquesta y Coros Titulares del Tea­tro Real: D.McVicar, dirección de escena. N.Luisotti, dirección musi­cal Teatro Real.

En el año 2009 se producía el primer bis de la nueva era del Teatro Real. Fue el dúo de la «ven­detta» de «Rigoletto» vio conse­guía Leo Nucci, en compañía de Patrizia Ciofi, a sus entonces 67 años y con más de 400 Rigolettos sobre su espalda Por cierto que la directora de escena no le quería con joroba ni renqueante en los andares: Nucci había acudido al teatro para una única función y decidió que él hacía en escena lo que consideraba que respondía al espíritu del papel. Quienes habíamos presenciado la prime­ra función con otro protagonista apenas dábamos crédito a lo que veíamos. Nucci tenía el valor de hacer lo que muchas veces pen­samos cada uno de nosotros, imponiéndose a una absurda dirección de escena, y él, una vez más y como también en esta ocasión, fue «su» Rigoletto, el de Verdi.

El entonces director artístico, Gerard Mortier, no asistió porque no le iban los grandes artistas como el italiano y él pensó que, dada su edad, no volvería a pisar el Real. Sin embargo, la vida corrió de otra forma y regresó la pasada primavera para varias funciones de «Traviata» y ahora para reverdecer los laureles de aquel histórico «Rigoletto». La producción de McVicar provie­ne del Covent Garden y data de 2001. Sabemos que los registas acostumbran a dar las razones de sus lecturas escénicas y, en este caso, Justyn Way ha expre­sado como responsable del tra­bajo en Madrid que se ha queri­do presentar «un grito contra la injusticia contra la lucha del hombre contra el hombre y del poder corrupto que nace como el cáncer».

Más pretenciosidad que reali­dad. Una plataforma giratoria permite diferenciar dos mundos opuestos: de un lado, el de la corte del Duque -por cierto, originariamente en «Le roi s’amuse», de Victor Hugo, la de ese Francisco I de la serie de TVE «Carlos, emperador»- y de otro, el de la miseria donde vive el pueblo sometido. Nadie puede dudar que McVicar  es un gran profesional, pero no siempre se acierta en todo. El concepto de corte un tanto tradicional es muy ordinario en el primer acto, además de desviar la atención musical a detalles de improce­dente contenido sexual como felaciones y sodomizaciones de cortesanos desnudos, que bien podrían haber sido atemperados en Madrid. Mal resuelto el tercer acto, desde la gran escena del jorobado hasta la inmacula­da aparición de Gilda, pasando por el acompañamiento al aria del tenor. Hay, en definitiva, poco respeto a los cantantes.

Leo Nucci volvió a demostrar que no hay hoy mejor barítono verdiano, sacando sentido a cada frase, bordando el «Deh non parlare al misero», echando el resto en el «Cortigiani» y en la «Vendetta», nuevamente repeti­da. Ha sabido crear a su comple­ta medida el personaje, de pecu­liar tesitura, sin traicionarlo un ápice. En el escenario no está Nucci-sino Rigoletto, tanto escé­nica como vocalmente. Un artis­ta completo, inteligentísimo en la forma en que se conoce a sí mismo y sus recursos, en cómo emplea su instrumento para llegar a todas las fibras del espec­tador. Tablas por los cuatro costados. Resulta un placer, por su excepcionalidad, poder escu­char aún la vieja escuela de canto, los ecos de Stracciari y Pareto y que dificultades enor­mes para el diafragma, corno la segunda escena del primer acto, apenas parezcan tales. Olga Pe­retyatko le acompaña en el éxito con una envidiable presencia, una voz amplia de timbre puro y limpias coloraturas. Preciosa la muerte de Gilda Junto a ambos, Stephen Costello, un tenor de voz más bella que grande en su volumen, musical, pero de dic­ción americana El resto del re-parto reúne calidad y homogeneidad.

Nicola Luisotti entiende a Verdi y lo dirige con brío, si se quiere a veces con tempos acelerados, así el «Cortigiani» o la segunda aparición de Montero­ne, pero tienen sentido y orques­ta y coro responden sin proble­mas a primer nivel.

La representación terminó con vítores inusuales en una primera del Real. No se la pier­dan, pues pocas veces se puede disfrutar de lo que de verdad fue y es la ópera, aunque el segundo descanso rompa la tensión dra­mática. Gonzalo ALONSO

http://www.larazon.es/cultura/rigoletto-un-regreso-al-pasado-CB11327476#.Ttt1DPPJLqfdyC7

Rigoletto I

ABC 01/12/2015

Verdades y mentirijillas

«RIGOLETTO» ****

Autores: G. Verdi y Francesco M. Piave. Intérpretes: Stephen Costello (Duque de Mantua), Leo Nucci (Rigoletto), Olga Peretyatko (Gilda), Andrea Mastroni (Sparafucile), Justina Gringyte (Maddalena), Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Director musical: Nicola Luisotti. Director de escena: David McVicar. Lugar: Teatro Real. Fecha: 30-XI

Anunciar «Rigoletto» y tener a Leo Nucci como protagonista garantiza, hoy por hoy, el éxito al que tantas veces se aspira y casi siempre se esca­pa. El Teatro Real lo confirmó ayer, tras concluir la primera de las dieci­séis interpretaciones previstas del tí­tulo con una aclamación digna de los mejores días. Nucci, el Real, triunfaron con una representación que in­cluyó el bis de la «Vendetta», tal y como ya sucediera por primera vez en la mo­derna historia del Teatro, en 2009. Seis años después, el protocolo se repite fiel a dos principios fundamentales: una cierta idolatría que le viene estu­pendamente aun espectáculo en el que los divos casi desaparecieron y la constatación de una personalidad de difícil parangón.

El caso de Nucci es excepcional, pues a los 73 años exhibe una forta­leza fuera de lo común. Apenas son una anécdota ciertos momentos Ga­lantes, el canto cuasi «parlato» en el que se mantiene la voz hasta que se templa. Hay que ir poco a poco. En el momento culminante bastan dos pa­sos para colocarse en el centro del es­cenario, en la misma corbata, y ata­car la «cabaletta» con tal arrojo que la nota final acaba dejando en muy segundo plano a la soprano Olga Pe­retyatko: una voz considerable, pero que en la comparación pierde por go­leada, en algunos momentos algo chi­llona y siempre cantando con tenden­cia a retrasar. Hay un abismo entre aquel, capaz de dibujar un persona-je plegado a una sucesión de matices y gestos perfectamente asimilados (y que como tal se repiten en sucesivas actuaciones) y ella, que hace de Gil-da una interlocutora correcta en el canto pero de espíritu más alicorto.

Podría entenderse que el duelo se establece entre la veteranía y la ju­ventud, pero para desmentirlo está el joven tenor Stephen Costello cuya saludable voz, estupendo agudo y for­midable «legato» le abren las puer­tas a una interesante configuración del Duque de Mantua, hoy por hoy mejor cantado que actuado. Por aho­ra cabe imaginar un punto de mayor refinamiento: «Parmi veder le lagri­me» es un ejemplo. Acompañando el primer reparto están el robusto y re­dondo Sparafucile de Andrea Mas­troni, y la muy interesante participa­ción de Justina-Gringyte, encarnando a Maddalena.

De manera muy especial hay que citar al maestro Nicola Luisotti quien tras un comienzo dubitativo, con la Orquesta Titular del Teatro Real poco afortunada, acabó demostrando su buen arte como concertador. Suce­den cosas estupendas en los entresi­jos del foso y las consecuencias se re­flejan en la calidad del sonido, la ex­celente proporción del volumen con respecto al escenario y la constancia de un pulso que acaba por poner en volandas el triunfo de Nucci (inclu­yendo el bis, en el que la orquesta es-tuvo aún más incisiva que en la re-presentación) y un formidable terce­ro incluyendo la igualdad del «quartetto» y la tensión dramática del «duetto» final.

Una vez más se demuestra que la buena ópera necesita interesantes pro-puestas musicales. Aquí hay una y, por eso, tras ella se difumina la tenebro­sa propuesta escénica que David McVi­car proveniente de Londres, bien dis­tribuida gracias a su grabación audio­visual y castigada por muchos comentarios desde su estreno en 2001. A su favor tiene el poner de manifies­to el lado más oscuro de la trama, aquel que surge impactante en la or­gía inicial en el palacio mantovano. A partir de ahí todo es obvio, sórdido, cruel y depresivo. Es decir, cocham­broso, frío y monótono en cualquiera de los lados del plano inclinado que gira sobre el escenario configurando distintos espacios. En su momento supuso una interesante ruptura con la visión más naturalista de la obra. Pero el tiempo ha pasado convirtien­do lo radical en una anécdota.  ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

http://www.abc.es/cultura/musica/abci-verdades-y-mentirijillas-rigoletto-real-201512011021_noticia.html

Rigoletto

El Mundo 01/12/2015

BIS DE. LEO NUCCI, OTRA VEZ

Seis años después, con e] mismo personaje y al final también del acto II; el barítono vuelve a » repetir en Madrid el `Si! Vendetta!’ de `Rigoletto’

Estaba cantado, nunca mejor dicho. Desde el momento que co­menzó la función de ayer de Rigo­letto en el Teatro Real, estreno en Madrid de esta producción de la Royal Opera House’Covent Garden con dirección musical de Nicola Luisotti y escénica de David McVicar, quedó patente que el público deseaba algo muy específico. Y así ocurrió. Leo Nucci, caracterizado por 511ª vez como el bufón jorobado que inmortalizó Verdi, fue cantando las desventuras de una exis­tencia maldita entre pozos de co­rrupción. Y cuando, al final del segundo acto, cantó aquello de Si!, Vendetta, tremenda vendetta! («¡Sí! ‘Venganza, terrible venganza!»)  junto a la soprano rusa OlgaPeretyatko, que da vida a la deshon­rada hija de Rigoletto, Gilda, el Real se vino abajo. Una larga ovación hizo recordar lo que sucedió en el mismo lugar, con el mismo perso­naje y el mismo cantante, hace seis años. Entonces Nucci actuaba por una sola noche en la piel (y voz) del bufón, y en el mismo momento de la representación, se produjo el que es considerado como primer bis oficial de la historia moderna del Teatro Real,         ‘

Lo de menos es si la interpreta­ción de Nucci fuese lo suficientemente excelsa o no como para me­recer un encóre. Lo importante es que el público quería su bis nuc­ciesco y lo tuvo. Y lo definitivo es que, a sus 73 años, los bises -y hasta trises, que ayer incluso se espe­culó con la posibilidad de una tercera interpretación al escuchar la aclamación del patio de butacas tras la segunda vuelta- se han convertido en una rutina en la apreta­da agenda del barítono boloñés.

Es verdad que Nucci es la estre­lla de esta producción, a pesar de que sólo canta en cuatro de las 16 funciones que ocupan el coliseo madrileño hasta el 29 de noviembre -y para las que apenas quedan unas pocas entradas, por supuesto, en funciones que él no canta-, pero no hay que olvidarse de Peretyatko, una prodigiosa Gilda frente al poderío de su compañero, tanto en lo vocal como en lo dramático.

Al estreno acudieron numerosos altos cargos del PP de ayer y hoy, como José María Aznar, Ana Botella, Alberto Ruiz-Gallardón, José María Micha­vila y Cristina Cifuentes. Junto a ellos, otros famosos como Nati Abascal y Eugenia Silva Interesante pensar en ellos en determinados momentos de la representación, no tanto en el comienzo de la obra, esa orgía de mujerzuelas con los pe­chos que se escapan de los corpi­ños y jubones, como en el momen­to en que Rigoletto dama contra la injusticia de unos poderosos que le arrebatan lo único que tiene. Esa «raza maldita de cortesanos» con­tra la que se rebelará, sin éxito. Porque, al final, el poder siempre gana. DARÍO PRIETO

http://www.elmundo.es/cultura/2015/12/01/565ceba522601dd1668b4637.html

Rigoletto TR

UN TRÍO INFERNAL

‘RIGOLETTO’

Autor: Gluseppe Verdi. Director musical: Nicola Luisiotti. Director de escena: David McVicar. Repar­to: Stephen Costello, Leo Nucci, Di­ga Peretyatko, Producción del Co­vent Garden londinense. Coro y Or­questa titulares del Teatro Real, 30 de noviembre.

Calificación: * *

Un bufón enamorado de su hija, una virgen fascinada por un nombre concreto y un señorito calavera entregado al libertinaje por puro aburrimiento compo­nen el trío central de esta cumbre de la forma ópera; un trío que será infernal en cuanto sus componentes comprenden que la compleja ecuación solo podrá resolverse con la muerte.

La muy visitada producción del Covent Garden concibe el drama en un ambiente de desarraigo y marginación, donde unos y otros son expulsados, arrojados fuera del cobijo del hogar; el palacio vomita al pró­cer y su camarilla, refugiados los demás en espacios ruinosos. El resultado es efectista y, si se quiere, también eficaz. Más dis­cutible es optar, una vez más, por el trazo grueso en la caracte­rización de los personajes de esta obra, acudiendo a la consabi­da facilidad que los estereotipos procuran. Y aquí llegan de nue­vo el payaso jorobado, la pobre chica, y el chuleta insensible.

Nicola Luisotti extrae de la or­questa una lectura impecable, con toda la tensión, gravedad, brío y nervio de la música inspi­radísima, donde el esplendor melódico rezuma y se desborda en un desolado relato de inco­municación. Poderoso también el coro; imperioso y truculento, como corresponde, Andrea Mas­troni como Sparufucile y entre­gada Justina Gringyte en el ar­duo papel de Maddalena.

Stephen Costello se encuentra muy lejos del Duque de Mantua. Le falta brillo en la emisión y contundencia en el agudo; la vul­garidad con que la dirección es­cénica lo presenta lo aleja aún más del seductor, que algo debe tener de atractivo. Leo Nucci parece un profesor que explica a sus alumnos cómo se cantaba el papel del bufón en otra época; habrá quien descubra en su ges­tualidad previsible y en su titu­beante línea de canto fulgores de un noble esmalte, la sabiduría del artista mucho y bien baque­teado. Pero el dolor del padre enamorado y la furia del venga­dor se tamizan y diluyen en una vaga ironía sentimental, que, ex­trañamente, a menudo recuerda a Buster Keaton.

Del tremendo terceto destaca poderosamente la joven soprano rusa Olga Peretyatko en una Gilda tan trémula como decidida, tan desgarrada como frágil; su Caro nome, donde explica que ella en realidad se ha enamorado de un nombre; cuando el guapo joven le dice que se llama Gual­tier Maldé, la huérfana se agarra a esa única certeza, con su madre en el cielo y con un papá imposi­ble que la tiene encerrada sin revelarle ni siquiera su nombre.

Una función irregular, bien sostenida por la batuta y con una sucesión de repartos cuanto menos prometedores, al servicio de uno de los grandes títulos de la historia de la ópera. El públi­co del estreno necesitaba el en­cuentro con el divo. El divo, agradecido y generoso, concedió un bis, y la velada alcanzó el éxi­to, con alguna protesta contra el montaje, por la voluntad previa de una amplia suma de especta­dores. ÁLVARO DEL AMO

http://www.elmundo.es/cultura/2015/12/01/565cfa2d22601ddf648b467d.html

Rigoletto II

EL País 02/12/2015

El peso del dolor 

RIGOLETTO

Música de Giuseppe Verdi Con Leo Nucci, Stephen Costello y Olga Peretyatko, entre otros Orquesta y  Coro Titulares del Teatro Real. Dirección musical: Nicola Luisotti. Dirección escénica: David McVicar. Teatro Real, hasta el 29 de diciembre.

El dolor pesa. Y se acumula, poso sobre poso. Rigoletto parece car­gar con todo él en su joroba, co­mo un gran lastre de hiel que lo aplasta hacia el suelo. En su giba almacena afrentas, ignominias, desprecios, oprobios «El rico se ríe con el bufón, y el bufón se ríe del rico, porque hace caso de lo que lisonjea», nos recuerda Quevedo en El mundo por dedentro: las preposiciones sí importan: Pero en la ópera de Verdi apenas hay espacio para la risa: más bien se odia, se maldice, se mata. El alma de Rigoletto es negra, repa­ra muy pronto para sí el conde de Ceprano, y no es casual que en la producción de David McVicar, muy rodada en la Royal Opera House de Londres desde su estre­no en 2001, abunde la negrura, el color de la podredumbre espiritual y de unos y otros.

Rigoletto ha llevado sus burlas demasiado lejos o, por decirlo con palabras de quien conociera bien la corte de Mantua, Baldas­sarre Castiglione en su II Cortegia­no, traducido por nuestro Juan Boscán, acaba por ser «tan pesado o mofador» que se hace «tener por maligno, mordiendo sin cau­sa o con odio manifiesto, y perso­nas muy poderosas, que es mal seso o muy miserables; que es crueldad, o muy malvadas, que es vanidad, o diciendo cosas con que ofenda a quien no querría, que es ignorancia». De todo ello peca Ri­goletto, principal espoleta de una tragedia que se presiente ya en los ominosos acordes iniciales en do menor del Preludio, en el que, pese a los pequeños deslices del trompetista, Nicola Luisotti mos­tró claras sus cartas. Fue una ver­sión con poso y con peso, de diná­micas graduadas, con tino y acor­des compactos y rotundos.

A partir de ahí, el italiano to­mó las riendas de una versión cu­yos deméritos se originaron siem­pre fuera del foso. El principal responsable de buena parte de ellos fue su compatriota Leo Nucci, que se empeña en seguir al pie del cañón con unos medios objeti­vamente admirables para su edad, pero a todas luces insufi­cientes para no desentonar con su entorno. Su Rigoletto estuvo muy pobre y rutinariamente ac­tuado -parecía casi siempre un cuerpo extraño en medio del conjunto-, los mil dobleces de su per­sonalidad nos llegaron desvaídos y cantó su exigentísima parte con más maña que arte. El perfil de las frases se resiente de excesivas tomas de aire y se ve obligado a reservar fuerzas para llegar incó­lume hasta el dúo final: poco an­tes de este último, por ejemplo, apenas fue audible en el cuarteto, la mayor joya musical y psicológi­ca de la ópera, y en su «Cortigiani, vil razza dannata”, sus gritos de «Assassini» no fueron ni desespe­rados ni amedrentadores. A su lado, en cambio, se sucedía implaca­ble y “agitato”, como manda la par­titura, el oleaje de semicorcheas y los arpegios descendentes de la cuerda.

Dos cantantes jóvenes -el es­tadounidense Stephen Costello y la rusa Olga Peretyatko- compu­sieron un duque de Mantua y una Gilda creíbles escénicamente y, muy bien perfilados vocalmente. Verdi escribió para el primero arias previsibles y respetuosas con la convención y el viejo orden operístico, en contraposición a la música de Rigoletto, mucho más libre, declamatoria y con claros visos de futuro. Gilda empieza cantando como el primero y aca­ba haciéndolo -la vida le enseña rápidamente- como el segundo, en lo que un crítico de la época bautizó como “canto spezzato”; que, casi más que partido o roto, podríamos traducir ahora como “canto deconstruído”. Costello fue, pues, un perfecto tenor bel­cantilta, de precioso timbre y alta escuela, mientras que Peretyatko fue ganando  enteros conforme su personaje iba ganando sustancia dramática y sus líneas transita­ban de la antigua ortodoxia (“Caro nome”) a sus, frases agitadas y entrecortadas del cuarteto y el dúo del tercer acto.

Del resto del reparto, destacaron la sólida Maddalena de Justi­na Gringyte y el Sparafucile so­brio y rotundo de Andrea Mastro­ni. La mejor virtud de la puesta en escena, tan eficaz como irrelevante, es mostrar el mundo privado de Rigoletto como el reverso exacto de la depravación y los ful­gores de la corte mantuana. Igual que el tiempo tal como pasa a percibirlo Hamlet tras ver al espec­tro de su padre, también los espa­cios público y privado de Rigoleto se descoyuntan («out of joint”) desde el momento en que el du­que profana su ámbito doméstico y traslada a Gilda, su hija recluida en casa e iglesia, al mundo cortesano.

Con quince funciones por de­lante, será apasionante oír cómo Luisotti moldea su interpretación, plagada de pequeños y formidables detalles de gran  músico, para adecuarla a los repartos, ya sin lastres: con él y su certero instinto teatral, nada parece poder repetirse tal cual. Y ojalá que no vuelva a bisarse, como se hizo en el estreno en versión casi concertante, la cabaletta que cierra el segundo acto, una joroba gratuita e innecesaria en el perfec­to cuerpo musical de Rigoletto. LUIS LAGO

http://cultura.elpais.com/cultura/2015/12/01/actualidad/1448970516_522642.html

Rigoletto

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