García Lorca, 90 años de su muerte, y la nota que no llegó a sonar
García Lorca, 90 años de su muerte, y la nota que no llegó a sonar
Hay una foto —la habrán visto ustedes cien veces, yo la tengo clavada desde que era estudiante— en la que Federico García Lorca se sienta al piano con la misma naturalidad con que otros se sientan a fumar. A su lado, de pie, con esa media sonrisa de quien sabe que está presenciando algo que no volverá a repetirse, Encarnación López, “la Argentinita”, espera su entrada. Yo aprendí a mirar esa fotografía antes de aprender a leer sus poemas, y creo que el orden no fue casual: en Lorca la música llegó primero, y la palabra, que tanto la debe, vino después a pagarle la deuda.

Garcia Lorca y la Argentinita
Se cumplen noventa años —hoy mismo— de aquella madrugada en el camino de Víznar, entre Alfacar y la fuente de las Lágrimas, donde un grupo de hombres sin demasiada imaginación decidió que España cabía mejor sin él. Lo mataron, dicen los archivos, junto a un maestro de escuela cojo y dos banderilleros. No hubo juicio que mereciera ese nombre. Hubo, como en tantas ejecuciones de aquel verano, una lista, un coche y una cuneta. De la tumba no ha quedado ni el consuelo de una lápida: queda un olivo, una explanada y una vergüenza nacional que noventa años no han bastado para tramitar del todo.
Pero yo había prometido hablarles de música, y a la música vuelvo, porque es la mejor manera de no dejar que el crimen se coma al hombre entero.
Federico tocaba el piano con una soltura que sus profesores del conservatorio de Granada consideraban casi un despilfarro de talento, porque el muchacho prefería improvisar sobre un tema popular antes que ensayar el repertorio que le mandaban. Manuel de Falla, que fue su maestro, su amigo y —me atrevo a decirlo— su conciencia musical, lo convenció de que aquella pasión no era una afición de señorito con piano en el salón, sino una vocación tan seria como la de escribir versos. Juntos organizaron en 1922 el Concurso de Cante Jondo, empeño hoy legendario y entonces tachado de excentricidad de dos jóvenes con demasiado tiempo libre. Aquel concurso hizo por la seguiriya y la petenera lo que ningún tratado de folclore había logrado: dignificarlas sin momificarlas.
Y luego estuvo lo de las canciones. En 1931, con la República recién estrenada y el país todavía creyéndose sus propias promesas, Lorca se sentó al piano para acompañar a la Argentinita en una serie de grabaciones de canciones populares que él mismo había arreglado: “Los cuatro muleros”, “Anda jaleo”, “Zorongo gitano”. No las compuso: las rescató, las peinó, las vistió de concierto sin quitarles el barro de origen. Ahí está, en esos surcos de pizarra que hoy suenan como fantasmas educados, la clave de todo su oficio: Lorca no distinguía entre el poeta que escribe y el músico que transcribe, porque para él ambos oficios perseguían la misma presa, que era el alma colectiva de un pueblo que canta antes de saber que tiene historia.
Fusilado el poeta, cabría pensar que la música se quedó huérfana. Ocurrió lo contrario: se multiplicó, como si cada compositor que llegara después sintiera la obligación de terminar la frase que a Federico le cortaron. El norteamericano George Crumb, en 1970, construyó “Ancient Voices of Children” sobre versos suyos, con una soprano que grita dentro de un piano preparado; el resultado es tan extraño y tan justo que uno diría que Lorca lo escribió pensando en timbres que en su época todavía no existían. Aquí en España, Enrique Morente —a quien tuve la fortuna de escuchar en directo alguna vez— dedicó buena parte de su carrera a demostrar que el cante jondo y la música ligera podían discutir de tú a tú, y en su disco “Omega” (1996), con Lagartija Nick a la eléctrica, sentó a Lorca en la misma mesa que a Leonard Cohen. Sonaba a blasfemia, pero tenía razón.
No quiero dejar fuera “La leyenda del tiempo”, el disco de Camarón de la Isla de 1979 que puso letras de Lorca sobre bases que entonces parecían de otro planeta y que hoy se estudian como acta fundacional de todo lo que vino después en el flamenco. Cuando Camarón canta “el tiempo va y no ha estáo, sino un momento sin edad”, uno tiene la sensación incómoda y hermosa de que el poeta fusilado sigue componiendo, sesenta años después de su muerte, con la garganta de otro. Esa es la única resurrección que la poesía puede ofrecer, y no es poca cosa.
Se preguntarán ustedes, y con razón, por qué un aniversario tan sombrío me lleva a hablar de discos y no de fosas comunes. Respondo lo que llevo años respondiendo cuando alguien me acusa de esquivar la tragedia por la vía amable: porque la mejor forma de condenar a quienes quisieron silenciar una voz es demostrar, noventa años después, que la voz sigue sonando en versiones que ellos jamás habrían imaginado ni tolerado. El fascismo español de 1936 no entendía de contrapunto ni de compás flamenco; solo entendía de listas y de cunetas. El bando contrario tampoco lo entendió. La música, mientras tanto, ha seguido su curso, indiferente a los que quisieron pararla, como sigue el agua cuando alguien le pone una piedra en medio, rodeando el obstáculo y continúando camino abajo.
Hoy, si tienen ustedes un rato, no les propongo un minuto de silencio. Les propongo lo contrario: pongan “Anda jaleo” cantado por la Argentinita con el propio Federico al piano, y suban el volumen. Es la mejor lápida que le vamos a poner, y además, a él, silencio es justo lo que nunca le gustó.




















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