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Por Publicado el: 29/12/2013Categorías: Crítica

Kaufmann y Harteros triunfan en «Forza del destino»

Crítica de «La fuerza del destino»
Munich cierra el año Verdi con una interpretación vocalmente excepcional
«La fuerza del destino» de Verdi. A.Harteros, J.Kaufmann, L.Tézier, N.Krasteva, R.Girolami, V.Kowaljow. Orquesta y Coro de la Bayerische Staatsoper. M.Kusej, dirección de escena. A.Fisch, dirección musical. Bayerische Staatsoper. Munich, 28 de diciembre.

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Le ha correspondido a Munich cerrar el bicentenario verdiano con «La fuerza del destino», ópera de ambiente español basada en la obra «Don Álvaro o la fuerza del sino» del Duque de Rivas, y lo ha hecho con un reparto de auténtico lujo. Curioso es que la influencia verdiana en la ciudad bávara llegue a cambiar «El murciélago» como tradicional título de fin de año por «Traviata». Vayamos en el análisis de lo malo a la bueno.
Martin Kusej, uno de los registas de moda, ha diseñado una nueva producción sin interés visual y llena de sinsentidos. Pecado es que suceda a otras tres producciones del mismo título en veinte años y que la mejor siga siendo la más antigua, la de Gotz Friedrich. resulta una aberración convertir una mesa -con las mismas sillas del comedor de mi familia hace 40 años- en protagonista de la escena. Convoca un almuerzo durante la obertura, está a la entrada de la capilla a donde llega Leonora para pedir refugio y a ella se sube, crucifijo en mano, para cantar «Son giunta». Hace de camilla para el herido Don Álvaro y, en fin, sirve para que Don Carlo apuñale en ella a su hermana Leonora y para que ambos mueran sentados en las sillas. Por cierto, la ermitaña Leonora va vestida con traje de noche y altos tacones, mientras que el padre Guardiano llega al recóndito lugar, todo elegante, con traje, chaleco, corbata e incluso sujetacorbata. Sinceramente no vale la pena perder más tiempo con la escena, aunque no deja de ser sorprendente que toda una Anna Netrebko haya querido debutar «Lady Macbeth» el próximo año en esta ciudad con una producción del mismo Kusej.

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No hay mucha suerte últimamente en Munich con las direcciones musicales. Asher Fisch se ha convertido en maestro habitual, pero en este Verdi se muestra ruidoso y frecuentemente lento. La orquesta suena con estruendo, si bien no logra apagar las voces por la potencia de éstas y por la calidad de la escritura verdiana. La lentitud de momentos como «Le minacce, i fieri accenti» hacen sufrir a los cantantes y al oyente melómano. Se salva porque la orquesta tiene buen nivel y los coros son absolutamente excepcionales.
La gran baza se halla en un reparto en el que los seis protagonistas brillan a gran altura. Renato Girolami es un Melitone menos histriónico que otras veces, Nadia Krasteva una preziosilla contundente en graves y coloraturas y Vitalij Kowaljow un padre Guardiano de profundo y bello timbre de bajo. Ludovic Tézier echa el resto, poniendo toda la carne en el asador en el gran aria de Don Carlo y compenetrándose totalmente en los tres dúos -no hay cortes- con Don Álvaro. No hay en el panorama lírico actual nadie que pueda quitar el cetro verdiano a Anja Harteros, a pesar de encuadrase más en la soprano lírica que dramática. Que no es Caballé queda claro en sus menos arrebatadores pianos o en la forma de resolver la nota inicial de «Pace, pace mío Dio», quizá también en algún grave abierto, pero ahora no hay otra como ella y, además, le acompaña la presencia escénica. Debutaba como Don Ávaro el tenor dramático de moda, Jonas Kaufmann y esta vez con mucha mayor fortuna que en el Manrico del pasado año. Delgadísimo físicamente, tampoco tiene hoy rival en un papel al que dota de todo su dramatismo buscando muchas interiorizaciones que matizan enormemente el personaje. Precioso el «Solenne in quest’ora» y poneradísimo en su gran aria, con un milagrosos inicio tan musitado y con resonancia tan enorme que incluso hacía pensar en ayudas de amplificación. Soprano y tenor tienen su residencia en Munich y se nota en el calor del público. El éxito fue de casi veinte minutos de ovaciones y vítores. ¿Qué habría sido con una escenografía coherente? Una de esas ocasiones en que la voz cobra su auténtica importancia en la ópera. Gonzalo Alonso

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