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Por Publicado el: 03/12/2013Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas a «Elixir d’amore» en el Teatro Real

Nuestro habitual espacio les trae las críticas a «Elixir d’amore»  en el Teatro Real. En esta ocasión son amplias las diferencias de opinión. Lo irán viendo.

EL MUNDO, 3/12/2013

La melodía de los sentimientos

‘L’ELISIR D’AMORE’

Autor: Gaetano Donizetti. / Director musi­cal: Marc Piollet. / Director de escena: Da­miano Michieletto. / Reparto: Nino Machai­daze, Celso Albelo, Fabio Capitanucci, Er­win Schrott. Orquesta y Coro titulares. / 2 de diciembre

Calificación: *

Cuando vuelven a oírse las melo­días del maestro Gaetano, de tan variada inventiva, espumosa ima­ginación y penetrante impacto, no cabe refugiarse en el tópico de que su música es mediocre, por lo ligera y simplona, a causa de una com­posición apresurada. Porque lige­reza y sencillez se refieren a la ma­teria tratada, que no es otra que los sentimientos de unas criaturas, que gustan considerarse racionales, aunque suelen respirar devastadas por el torrente de lo que flota y se precipita en el interior de sus cavi­dades torácicas. Donizetti retrata el flujo de la vida en cuanto describe nuestra efusión sentimental, expre­sada y desarrollada a través de la rica tonalidad de las emociones. Aunque quizá lo parezca, no es un compositor fácil, y esta vez no ha sido bien tratado.

El director de escena Damiano Michieletto ha situado la historia de la coqueta, que tarda en averi­guar lo que siente, sobre la arena de una playa en plena temporada. Ella regenta un chiringuito, el pue­blo disfruta del sol en el primer ac­to y se entrega a un fiestón en el segundo acto. Nada que objetar en principio si el tránsito de época y ambiente sirviera para contar la fá­bula y no, como ocurre aquí, para forzar las situaciones hacia un efectismo burdo, abigarrado y, a la postre, confuso.

La música requiere una brillantez ácida al servicio de una gama vocal pletórica y bien diferenciada. Marc Piollet no se acerca a la par­titura con el pincel ágil y sugeren­te del acuarelista, sino con la bro­cha gorda que garantiza el chafa­rrinón, y del fosa brota una charanga atropellada; salvo algún momento, como el descubrimiento de la herencia por Gianetta, una acertada Ruth Rosique al frente de un coro femenino, la orquesta no se pliega como debiera a los can­tantes.

El punto más oscuro lo acapara Erwin Schrott en una versión del charlatán que tiene más del tene­broso personaje de Zampanó en la película de Fellini La Strada que del tipo cómico, heredero de La Comedia del arte. Aparece como un chuleta  silbante y gritón, dis­puesto a acaparar parte del prota­gonismo. Si se ha pretendido huir del payaso convencional no es pru­dente sustituirlo por un macarra.

La soprano georgiana Nino Ma­chaídze, con ambos directores en contra, consigue comunicar el aro­ma del compositor: su Adina es fir­me, pícara, abundante vocalmente, y daría sin duda mucho más de sí si sus melindres se desarrollaran en otra atmósfera. Muy verde está aún el Nemorino de Celso Albelo; una bella voz y un arrojado esfuer­zo, a la búsqueda de un estilo que, en esta ocasión, persigue inútilmente.

Capitanucci, mermado por la gripe, se pasea como un lúbrico e inquieto marino, y el coro, tantas veces ajustado y dúctil, participa aquí del barullo general. ÁLVARO DEL AMO

ABC, 3/12/2013

Al sol que más calienta

«L’ELISIR D’AMORE» * * *

Autor: Donizetti. Intérpretes: Nino Machaídze (Adina), Celso Albelo (Nemorino), Fabio Maria Capitanucci (Belcore), Erwin Schrott (Dulcamara), Ruth Rosique (Gianneta). Coro y Orquesta, 1 Titulares del Teatro Real. Director de escena: Damiano Michieletto. Director musical: Marc Piollet.

Un hecho absolutamente excepcio­nal, más aún, un extraño suceso se ha producido en el Teatro Real. Fue­ra de toda costumbre se ha visto al público sonreír, incluso se afirma que alguno reía. Con timidez, es cier­to, pues la falta de costumbre con­diciona el comportamiento y es ya mucho el tiempo transcurrido sin que determinadas expresiones ten­gan lugar en tan sagrado local. Pero este es el momento en el que se pre­senta «L’elisir d’amore», la ópera de Donizetti que siendo «giocosa» sólo necesita el impulso de intérpretes con gancho para que se manifieste particularmente festiva. Otros que no lo tienen tanto hacen bueno el que la obra también se titule «me­lodramma» y que implique un per­fil más amargo. Nada es redondo por mucho que se pretenda.

En el origen está la producción que, hace ahora dos años y medio, presentó el director teatral Damia­no Michieletto en el Palau de les Arts de Valencia. Propuesta llena de colorido, algo pop y cuidada en los gui­ños. Una playa en la que sucede de todo y que en el Levante tenía connotaciones especiales pues nada más fácil de entender que la aglomeración de bañistas, el vendedor de flo­tadores, los cuerpos domados en el gimnasio, el tobogán, los municipa­les. los niños y el macarra. Incluso aquel formidable cartel colocado en la torre del socorrista anunciando helados La Jijonenca y que ahora se ha suprimido (cuestiones pecuniarias, tal vez), sin encontrar sustituto aunque fuera en las patatas fritas La Cibeles.

La cuestión es que por aquella pla­ya de vivos colores y cierto aire cali­forniano se paseaba Dulcamara, tra­ficante de elixires y polvos blancos. También repite aquí, en la interpretación de Erwin Schrott, como acostum­bra dando al personaje una vuelta de tuerca que es muy de agradecer en un mundo en el que agota tanta correc­ción canora. La voz sigue imponente, la técnica solidísima y la actuación muy notable apoyado en tics ante los que Michieletto debe estar encantado pues son la salsa picante de la produc­ción. Gracias a ello, incluso adquiere otra dimensión el dúo inicial con Cel­so Albelo quien, al menos ayer, no pudo alardear de una absoluta templanza y tal fue el momento en el que su «Fur­tiva lacrima» adoleció de mordente aun siendo aplaudido. Como también tuvo su recompensa la soprano Nino Machaidze quien inmediatamente des­pués redondeó la actuación consiguien­do que su particular vibrato acabara por convertirse en una interesante for­ma de expresividad. Justo allí donde Adina se apiada de Nemorino y la or­questa apoyó la escena apianando con sutileza.

Para que esto sea así se ha contra­tado al maestro Marc Piollet quien dirige con notable eficacia, cuidando las dinámicas, colocando a la orquesta en un muy convincente segundo plano pero sin especial delectación tímbri­ca, sin picardía, con poco nervio, tra­zando una versión que no traspasa lo convencional. Sucedió anoche, en el estreno madrileño de esta producción en la que, en días sucesivos, se suce­derán tres repartos y dos directores. colores, sol.. y también sonrisas. ¡Quién lo íba a decir! ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

 

LA RAZÓN, 4/12/2013

“Elixir d’amore” en Teatro Real

Mortier contra Mortier: un camello en el Real

«Elixir d’amore» de Donizetti. N.Machaidze/C.Tilling, C.Albelo/I.Jordi, F.M.Capitanucci/J.Carbó, E.Schrott/P.Bordogna, R.Rosique/M.Sicilia. Orquesta y Coro titulares del Teatro Real. D.Michieletto, dirección de escena. M.Piolet, dirección musical. Teatro Real. Madrid, 2 y 3 diciembre.

Las presiones de público y patronato obligaron a Gerard Mortier a introducir en esta temporada un título belcantista con una escenografía opuesta a sus gustos. Tal es este “Elixir d’amore” estrenado en Valencia hace año y medio. El montaje es tan opuesto a sus conceptos que llegó a afirmar que no asistiría a sus representaciones. No ha venido, como sí hizo en los anteriores títulos, quizá también porque hoy mismo tendría que compadecer en el juicio por difamación a Jesús López Cobos y la excusa para no presentarse es su enfermedad. Pudo acudir a «La conquista de México» e “Indian Queen” y vendrá a “Brokeback mountain” pero no a este Donizetti ni ante la justicia.

Empieza el coro cantando «…reposar bajo un haya al pié de una colina…», para continuar hablando del sol y los segadores. En la escena hay sol, porque el «Elixir de amor» se sitúa en una playa valenciana –aunque hayan desaparecido los helados “La Jijonenca”- pero pueblerinos segadores ni uno…. Quizá en bañador. Dulcamara se convierte en el auténtico protagonista de la obra, no como un viejo charlatán sino como un joven chulo de playa que, en vez de vender frascos de elixir, vende bolsitas de plástico con un contenido blanco. Adina es la propietaria de un chiringuito de playa, Nemorino sigue siendo el buenazo tontón y Belcore el soldado petulante. Eso sí, convertido en el perdedor de la historia por partida doble: se queda sin Adina y un perro de la policía detecta en su poder la droga que Dulcamara le ha traspasado inadvertidamente para escaparse él del registro playero. Al fondo  el mar, en medio la torreta de socorristas, tantas tumbonas con sus bañistas como en Benidorm y hasta un tobogán que se llena de espuma en la celebración de la despedida de soltera de Adina. Pues todo ello funciona con sentido para hacer pasar un rato agradable y amable al sonriente espectador, aunque pueda abrumarle tanto “aparato” escénico.

Nino Machaidze acudió con el refrendo del Premio de la crítica del Campoamor para personalizar una Adina de empaque, sobre todo en el segundo acto, haciendo virtud de defecto con su peculiar vibrato. El rol de Nemorino ha sido muchas veces rol de vuelta, en los finales de carreras de tenores líricos. Así fue con Bergonzi, Carreras o Pavarotti pero Celso Albelo se encuentra  en plenitud. A pesar de su innegable buen hacer, no fue una de sus mejores noches porque no acabó de encontrarse cómodo y denotó inseguridades que le impidieron redondear, incluso en la célebre “furtiva lagrima”, una parte bastante cómoda en lo vocal. Dará mucho más de sí en representaciones sucesivas.  Sinceramente carece de sentido que el regista se haya empeñado en dejarle en slip, porque no aporta nada a la escena y sólo logra incomodar a Nemorino y presentarle aún más ridículo entre tanto espectacular musculazo playero.  Fabio Capitanucci, afectado por la gripe, cumplió como Belcore y Erwin Schrott se llevó el gato al agua con su vozarrón, que no exactamente de bajo bufo, su frecuente recurso a recitar y un dominio apabullante de la escena. En el segundo reparto, globalmente de menor peso, destacó Ismael Jordi, sin problemas  en slip, sacando con musicalidad mucho jugo a timbre y caudal de tenor ligero que proyecta bien. Nemorino pide un lírico. A Camilla Tilling se la quiere mucho en la casa, pero Adina le viene grande vocal y temperamentalmente. José Carbó apunta maneras como Belcore y Paolo Bordogna resuelve sin más. Excesiva discreción. Curiosas las diferentes composiciones de personajes en cada reparto. Albelo canta su aria a pié de escenario y Jordi en lo alto del chiringuito. Sorprendentemente el Dulcamara de Bordogna acaba en un absurdo número de travesti. No había necesidad de abusar de lo ya abundante.

Lástima que Marc Piollet sea incapaz de obtener del foso y los coros otra cosa que corrección. Con más impulso, con más chispa, la función habría subido enormemente de temperatura. Así se queda en el templadito. El público sonríe, aplaude comedidamente y casi todas las entradas están vendidas. Este era el objetivo que se perseguía. Gonzalo Alonso

EL PAÍS, 4/12/2013

Cierto aire de chiringuito de playa
Las paradojas se multiplican en un espectáculo como L’elisir d’amore, presentado el pasado lunes en el Teatro Real

Las paradojas se multiplican en un espectáculo como L’elisir d’amore, presentado el pasado lunes en el Teatro Real, y en cartel hasta el 20 de diciembre. La primera de ellas viene de la elección del título. Es la tercera ópera de Donizetti que se escucha en 2013 en el coliseo de la plaza de Oriente, después de Roberto Devereux y Don Pasquale, aunque esta última lo fuese por un golpe de azar, al tener que cambiar Riccardo Muti una obra de Mercadante prevista inicialmente. Lo curioso del caso es que Donizetti nunca ha sido de los compositores favoritos de Gerard Mortier, y resulta que es el compositor más frecuentado este año. Parece una venganza de los fantasmas del Real pues no en vano este teatro se inauguró a mediados del XIX con otra ópera de Donizetti: La favorita.

La segunda paradoja se instala en la coproducción entre el Palau des les Arts de Valencia y el Teatro Real de Madrid. Siendo tan cuidadosos Helga Schmidt y Gerard Mortier en la elección de las puestas en escena, cabía esperar algo muy diferente del trabajo de Damiano Michieletto y sus colaboradores. El italiano es un director de moda, qué duda cabe, y ahí está su visión de Falstaff, de Verdi, en el último Festival de Salzburgo. Su planteamiento para L’elisir es osado, sí, pero tiene muy poco encanto teatral. Es más: es chabacano, banal y con un toque permanente de modernidad que desemboca en una exaltación de todos los tópicos imaginables. Sin embargo, resulta escenográficamente tan impactante que condiciona por completo el resultado final de la representación. Aparentemente tiene un aire rompedor, con la ambientación playera —no es la primera vez que se utiliza, por otra parte—, la atmósfera discotequera con las espumas y las contorsiones permanentes, y ese movimiento continuo y colorista que al final resulta de una monotonía simplista. La dirección de actores es muy limitada y, en todo caso, sobreviven teatralmente los personajes de Nemorino y Dulcamara. Es una lástima que la georgiana Nino Machaidze, distinguida como la mejor cantante femenina de la pasada temporada lírica en España en los premios Campoamor, no vea acompañada su interesante prestación vocal con una actuación escénica en consonancia.

Al por momentos soporífero apartado visual, responden las voces, contra viento y marea, con un nivel más que notable. El trío protagonista, especialmente, se desenvuelve con mucho mérito, tanto la citada Machaidze, como Celso Albelo y Erwin Schrott. La orquesta fue dirigida con profesionalidad y garra, sobre todo en el segundo acto, por Marc Piollet, y el coro estuvo más bien chillón y vulgar, como contagiado del ambiente escénico. El público aplaudió los resultados musicales, aunque sin grandes excesos, y hubo alguna leve protesta al equipo escénico. En conjunto la representación resulta, a mi modo de ver, bastante plana. No está a la altura de lo que cabe esperar en un teatro de la categoría actual del Real. Juan Angel Vela del Campo

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