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Por Publicado el: 04/01/2014Categorías: Diálogos de besugos

El concierto de Año Nuevo en Viena en la prensa nacional

He aquí los diferentes comentarios aparecidos en la prensa nacional sobre el Concierto de Año Nuevo en Viena 2014 protagonizado por Daniel Barenboim. El único concierto en el que la prensa publica críticas sin que ninguno de los firmantes hayan estado en él, sino que se juzga a través de la TV. Bien es verdad que, como en los partidos de futbol o los toros, es cómo mejor se ve.

LA RAZÓN:

01/01/2014

BARENBOIM, EL POETA DEL VALS

Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena

Obras de Johan STRAUSS (padre e hijo), Josef STRAUSS, Eduard STRAUSS, Joseph HELLMESBERGER, Joseph LANNER, Richard STRAUSS y Léo DELIBES. Orquesta Filarmónica de Viena. Director: Daniel Barenboim. 1 de enero de 2014, Goldener Saal, Musikverein, Viena

Hace dos años, Mariss Jansons nos hizo sentir de nuevo lo que un formidable director puede hacer cuando se pone delante de la Filarmónica de Viena para interpretar el concierto más visto y oído del mundo. En este recién nacido 2014, Daniel Barenboim (Bueno Aires, 1942), 71 años, ¡parece mentira!-, nos ha recordado que un gran músico transforma a orquestas y redescubre partituras, y es que el maestro argentino-israelí-español (también tiene nacionalidad hispana desde 2002) ha hecho “Música”, con mayúsculas, en su segunda comparecencia en el llamado “concierto de los Valses”.

Barenboim se ha superado a sí mismo: quiero decir que ha mejorado su propia, y ya extraordinaria, actuación de 2009. Entonces el músico llegó como un debutante de lujo al mundo del Vals, y se mostró como un visitante entusiasta, gratamente sorprendido con músicas que, en su inmensa mayoría, jamás había tocado. Pero la capacidad del personaje para ingerir sabiduría y hacerla suya es inagotable: en cinco años, Barenboim ha vuelto como un depurado conocedor / recreador  del Vals vienés en general y del mundo de los Strauss en particular. Y además devenido en un insospechado poeta de estas músicas, que ha dicho, recitado, dirigido con dicción de maestro, con una mano izquierda que dibujaba las frases –al modo de Celebidache- y un “estilo vienés” del ‘rubato’ propio de legendarios directores del pasado. Algunos de los pasajes vividos en el concierto de 2014 entran en la muy selecta antología de los grandes momentos del Concierto de Año Nuevo. Por ejemplo, las introducciones, casi poemas sinfónicos en miniatura, a los Valses de Josef, el hermano menor de Johann, “Palmas de paz” y “Las dinamos”; toda la inefable “Marcha Egipcia” de este, tocada con una atención dinámica como acaso nunca se había oído en las plúrimas veces que la página ha pasado por esta sesión (con una complicidad impagable entre Barenboim y los “Philharmoniker”); desde luego la traducción completa de los dos grandes valses de Johann programados, los “Cuentos de los Bosques de Viena”, con un fabuloso solista de cítara, Wilfried Scharf (aunque no llegó al nivel del histórico Anton Karas, el de la música de “El tercer hombre”, que interpretó dos veces la página con Willy Boskovsky) y, desde luego, “El Danubio Azul”, matizado hasta la delectación, pero sin obviar el impulso sinfónico de la pieza. Y sin duda la “Pizzicato-Polka” –la otra gran Polka en ‘pizzicato’ de la historia, y eso lo decía Johann Strauss- del ballet “Sylvia” del francés Leo Delibes, de nuevo un tratado de matiz y fraseo musicales.

Ya en el paroxismo de la química con los vieneses, Barenboim se permitió la humorada de no dirigir la “Marcha Radetzky” y dedicarse a saludar mientras, uno por uno, a todos los profesores de la Filarmónica, controlando sólo –de nuevo la dinámica- la intensidad de las palmas de la audiencia. Se pensaba que, como en el 2009, el artista podría hacer alusiones en la felicitación del Año Nuevo, a las guerras en el mundo o a los conflictos políticos, pero no hizo nada de eso: bajó la voz y con su gran capacidad gestual felicitó el año por lo bajo, como quien abre despacito una puerta y no sabe lo que se va a encontrar.

La Filarmónica no ha perdido tiempo en anunciar al director del 2015, Zubin Mehta, un “hombre de la casa”: se rompe así la ley no escrita de que cada dos años tiene que dirigir el concierto el director titular de la Ópera de Viena, que es el bueno de Franz Welser-Möst, excelente para interpretar las ópera del Strauss de Munich (Richard), pero sosito como él solo para el humor y la gracia que requiere el “Neujahrskonzert”. En cuanto a Brenboim, en las entrevistas de los días anteriores al concierto, declaró con rotundidad que asombró a muchos, que el mejor primero de enero vienés “ha sido y será el de Herbert von Karajan de 1987”: aparte de que pueda tener más razón que un santo, en este 2014 ha estado cerca, mucho, de ese modelo que tanto admira. José Luis Pérez de Arteaga

 ABC:

Concierto de Año Nuevo en Viena: sin novedad en el frente

 01/01/2014

El pacifista Daniel Barenboim dirigió a la Orquesta Filarmónica de Viena. Hubo un recuerdo de la Primera Guerra Mundial. Zubin Mehta dirigirá la próxima edición

Concierto de Año Nuevo en Viena: sin novedad en el frente

AFP

¿Qué puede decirse del Concierto de Año Nuevo en Viena que no se haya dicho ya? La pregunta es inevitable y no capciosa ante la obligación de indagar en un acontecimiento que, año tras año, se repite con una sincronicidad admirable, digna de considerarse por quienes investigan el orden de fenómenos tan singulares como el chirriar de los grillos o los aplausos en un concierto. El tema no es baladí pues pocos estímulos habrá tan ordenadamente correspondidos como la marcha «Radetzky», palmeada por gentes de toda condición. O la inevitable felicitación coreada por los miembros de la Filarmónica de Viena, tan convencional como esperada.

Lo que está claro es que nada queda al azar ante un protocolo muy exigente. Para la edición 74 del más famoso de los conciertos que en el mundo existen, las pantallas de noventa paísesestuvieron atentas a las evoluciones de 16 cámaras impecablemente dominadas Michael Beyer, si bien (es una opinión) ausentes de ese punto de gracia artística que el legendario Brian Large imponía en las realizaciones de años anteriores. Súmese el seguimiento a través de la radio e internet y será fácil entender que mil millones largos de almas queden embargadas por la gracia musical de los Strauss, Hellmesberger y Joseph Lanner. Este año, con el añadido de la «Mondscheinmusik», de Richard Strauss, en su 150 cumpleaños y «Sylvia», de Leo Delibes.

Entre las razones del programa, y a falta de otro aniversario más amable, la Filarmónica recordó el estallido de la Primera Guerra Mundial, que hábilmente compensó con la presencia del pacifista y mejor músico Daniel Barenboim, recuperado para el podio tras su estancia en 2009. Simpática fue la novedosa posibilidad de que cualquiera emitiera sus mensajes de felicitación desde el «hastag» #prosit2014 en el justo momento en que «El Danubio azul» volvía a emocionar con su poder sincronizador.

Y es que no hay más secreto que el determinismo de una fórmula indiscutible que se ha venido a aderezar con la exquisita devoción de Barenboim. Tres detalles: el formidable encanto de las «Dynamiden», de Joseph Strauss; la concentrada calidad de la «Agyptischer Marsch», o los «Cuentos de los bosques de Viena», espectacularmente interpretados en colaboración con la cítara de Wilfried Scharf. Y a partir de ahí la gracia del director saludando, al final, uno por uno a los profesores de la orquesta o las ordenadas carcajadas de la polca «Ohne sorgen». Todo precioso y preciso, como bien demostró el reportaje que la ORF envió durante el descanso a las televisiones para dejar al descubierto el «backstage» del acto: ya sea el diseño de Vivienne Westwood para el vestuario del ballet, la milimétrica colocación de las flores en la gran y maravillosa sala dorada del Musikverein, el trabajo del coreógrafo Ashley Page para el Ballet Estatal de Viena o la pulcritud con la que se afanan tantos instaladores.

Porque la acausalidad está descartada en el Concierto de Año Nuevo en Viena. Si acaso queda la posibilidad de que quienes se apunten en la webwienerphilharmoniker.at puedan conseguir entradas para la próxima edición, que dirigirá Zubin Mehta. Eso y poco más, pues hasta la grabación que se comercializará en unos días promete volver a ser todo un éxito de ventas. Alberto González Lapuente

 EL PAÍS:

01/01/2014

El concierto del año en Viena con un Barenboim en estado de gracia

En una ciudad como Viena, que respira música por los cuatro costados, el Concierto de Año Nuevo que en la mañana de cada uno de enero ofrece la legendaria Orquesta Filarmónica de Viena en la sala dorada de la Musikverein de la capital austriaca adquiere una dimensión universal. No sólo es la manifestación musical más popular del año, también es un fenómeno mundial transmitido por radio y televisión a medio mundo. Pero mantener viva la tradición no significa renunciar a la capacidad de sorprender y este año, el director invitado, Daniel Barenboim, en estado de gracia, con la plena complicidad de los filarmónicos vieneses, han ofrecido uno de los mejores Conciertos de Año Nuevo de los últimos años.

Desde la elección de la primera pieza en homenaje a Eduard Strauss,Helenen-Quadrillen, sobre temas de la opereta La bella Helena, de Offenbach, dedicada con elegancia por Barenboim a su esposa, la pianista Elena Bashkirova, al primer vals del concierto, Friendspalmen(Las palmas de la paz) compuesto por Joseph Strauss en 1866 para celebrar el acuerdo de paz tras la guerra austro-prusiana, y escogido como alusión al primer centenario del inicio de la Primera Guerra Mundial, un hecho que marcará de forma significativa las agendas culturales en muchas instituciones a lo largo de 2014.

Barenboim, cuyo activismo en el terreno de la paz y en la búsqueda de puentes para superar el conflicto palestino-israelí cobra especial relieve en un año en que la guerra va a ser motivo de reflexión en todo el mundo, se ha superado con creces con respecto a su anterior comparencia en este evento -dirigió por primera vez el Concierto de Año Nuevo de 2009- y ha cuajado una actuación de extraordinaria calidad, elegancia y buen humor.

Los músicos vieneses y el gran pianista y director argentino-israelí han coreado con placer sus intervenciones en páginas tan divertidas como laMarcha egipcia, de Johann Strauss y han puesto el listón en lo más alto con exquisitas interpretaciones de piezas de tanta enjundia como la obertura de Waldmeister o esa auténtico poema sinfónico que tanto amaba Johannes Brahms, gran amigo de Johann Strauss, los Cuentos de los bosques de Viena, con la espectacular intervención solista del virtuoso de la cítara Wilfried Scharf, que Barenboim seguía extasiado.

Parece igual, pero siempre es diferente, tanto por la confección del programa- en esta edición, a los valses y polkas de la familia Strauss se han sumado piezas de Joseph Lanner, Josef Hellmesberger hijo y, para recordar el 150º aniversario de su nacimiento Richard Strauss, compositor y director alemán profundamente ligado a la historia de la Ópera de Viena y del que han interpretado la refinada Música del claro de luna de la ópera Capriccio, con maravillosa intervención del solista de trompa.

La elección de la diseñadora británica Vivienne Westwood para el vestuario, imaginativo y deslumbrante, de los solistas del Ballet de la Ópera de Viena y las localizaciones en escenarios tan bellos como el recién restaurado palacio de Liechtentstein y el monasterio Klosterneuburg, que cumple 900 años, han animado de forma extraordinaria la impecable transmisión televisiva de la ORF, realizada este año con singular acierto por Michel Beyer. Entre los momentos memorables, la introducción del baile en directo en la sala, por séptima vez, durante la interpretación del Danubio azul, apuesta de riesgo por la complicacion técnica que conlleva y que surgió por iniciativa de la bailarina española Lucía Lacarra, y, por primera vez en la historia, la iniciativa de Barenboim de saludar uno a uno a todos los músicos de la Filarmónica de Viena mientras tocaban la celebérrima Marcha Radetzky de Johann Strauss padre que cierra oficialmente el concierto.

Desde su primera edición, que tuvo lugar en 1939 bajo la dirección de Clemens Krauss, la Filarmónica de Viena se da un auténtico baño mediático con este concierto, centrado en la música de la familia Strauss y ligado durante muchos años a la figura del violinista Willy Boskowsky, que en 1958 estableció el rito obligado de cerrar el concierto con elDanubio Azul y la Marcha Radetzky. En la década de los ochenta, la formación vienesa, cuyos músicos pertenen a la plantilla de la orquesta de la Ópera de Viena, decidió invitar cada año a personalidades como Lorin Maazel, Herbert von Karajan, Carlos Kleiber, Claudio Abbado, Georges Prêtre, Mariss Jansons, Seiji Ozawa, Nikolaus Harnoncourt, Franz Welser-Most, Barenboim o Zubin Mehta, que tendrá a su cargo la próxima edición del concierto. Javier Pérez Senz

EL MUNDO: 

01/01/2014

Barenboim dirige el mejor concierto de Año Nuevo en mucho tiempo

Si hay un rito universal en las celebraciones del nuevo año, éste es sin duda el Concierto de Año Nuevo de la Orquesta Filarmónica de Viena transmitido a todo el mundo desde la Sala Dorada de la Musikverein. Un concierto que se ha convertido en un auténtico ritual a través de las transmisiones de Radio y Televisión que desde la ORF austriaca llegan a unos mil millones de personas.

Al principio fue una celebración de Fin de Año cuyo origen no va más allá del 31 de diciembre de 1938 cuando lo dirigió por primera vez Clemens Kraus. Pero el comienzo de su internacionalización le llega a partir de 1954, ya como concierto de año nuevo -así lo era desde 1941- cuando el concertino de la orquesta, Willy Boskowsky asumió la dirección. Cuando éste se jubiló, la tomó el entonces titular de la orquesta Lorin Maazel. En 1987 la orquesta decidió que para este evento, que había crecido exponencialmente en todo el mundo,se contrataría cada año a un director de fama internacional que daría su sesgo a un programa donde el ingrediente principal seguirían siendo los valses y polcas de la familia Strauss, especialmente Johann padre e hijo. A veces el director elegido ha actuado años seguidos, otras ha retornado al cabo de un tiempo. En el presente año, el escogido era uno de los más célebres directores del momento actual: Daniel Barenboim.

Barenboim nació, de ascendencia alemana, en Argentina y actualmente ostenta nacionalidad israelí. Es el titular de la Ópera del Estado de Berlín y un cotizadísimo director que tampoco ha renunciado a una extensa y brillante carrera de pianista. Se le eligió por su larga y especial vinculación con la Filarmónica de Viena aunque su presencia en los conciertos del nuevo año ha sido escasa. De hecho, sólo había actuado una vez, en la edición de 2009.

Aunque el Concierto de Año Nuevo por antonomasia es el del 1 de enero, en realidad actualmente el concierto se hace en tres ediciones: un ensayo general (de pago) el 30 de diciembre a las 11.30, un concierto el 31 de diciembre a las 19.30 y el celebérrimo del 1 de enero.

La Musikverein tiene un aforo de 1.774 butacas más 300 puestos de pie. Los precios oscilan entre los 30 € de las entradas de pie y los 940 € de las mejores. Y hay algunas de visibilidad reducida (un eufemismo porque es casi nula) a 90 €. El cómo obtenerlas ya es más complicado. A la venta pura y dura salen entre 700 y 800 localidades que se obtienen apuntándose a un sorteo un año antes del evento. La posibilidad de que le toque a uno es, según dicen los expertos, de aproximadamente un 1%, casi como de acertar una Primitiva.

EFE

El programa de cada concierto es también un ritual cuidadosamente escogido y depende tanto del director contratado como de la propia orquesta. Aparentemente se podría decir que es el mismo concierto cada año, pero las piezas que ritualmente son inamovibles se conjugan con otras que cada año son diferentes y obedecen a distintos motivos. Hay dos que siempre están presentes, el vals El Danubio azul de Johann Strauss, hijo, que tradicionalmente acaba el concierto de manera no oficial sino como bis y la inagotable Marcha Radeztky que el público acompaña con palmas también rituales y que los directores dirigen con distinto éxito en cada caso (Baremboim aprovechó para saludar uno a uno a los músicos que tocaron solos).

Otro rito, sólo televisivo, claro, son las actuaciones en algunas piezas del Ballet de la Ópera de Viena en palacios vieneses como el de Schönbrunn o en directo en la sala con el Danubio Azul. Todo ello impecablemente puesto en imagen por Michael Beyer.

Un rito variable, si así se quiere, es el que cada año, y por decisión del director, incluye compositores de los cuales se conmemora un aniversario. En este año, Barenboim ha decidido acordarse el 150 aniversario del nacimiento de Richard Strauss, un gran compositor alemán que no tiene nada que ver, salvo el apellido, con los Strauss vieneses. De él se ha escuchado la Música para el rayo de luna que procede de su ópera Capriccio cuyo texto fue precisamente escrito por Clemens Kraus, el iniciador de estos conciertos. También Barenboim se acordó de Leo Delibes un fragmento de cuyo ballet, Sylvia, fue interpretado en esta ocasión.

Otra conmemoración fue la de la I Guerra Mundial, cuyo Centenario ocurre en 2014. La pieza elegida fue Friedenspalm (Palmas de Paz) escrita por Joseph Strauss horrorizado ante los horrores de la batalla de Königgrätz en 1866 con motivo de la guerra austroprusiana, una composición nostálgica y elegante. Pero esa fue la segunda pieza interpretada, la primera fue del menor de los Strauss vieneses, Edvard, la Hellenquadrille en honor de Elena Bashkirova, la esposa de Daniel Barenboim. El resto del programa ya era ritual conocido.

Cada director suele imprimir sus sello a las «gracias» que cada año salpican el concierto. Ese año, en la straussiana Marcha Egipcia, la propia Filarmónica de Viena actuó de coro «lalalá» acompañándose a si misma y en Cuentos de los bosques de Viena incluyó a un citarista.Barenboim dirigió con entusiasmo y entrega e incluso no abandonó el pódium, como estaba previsto, después de varias de las composiciones. Escogió piezas de cierta envergadura y longitud y para muchos cuajó una actuación sobresaliente, de las mejores en años en estos conciertos.

Tanto como para que muchos se hayan apuntado ya a la precompra del CD,DVD o Blue Ray cuya salida se anuncia para el 21 de enero. Barenboim ha batido records pero no está previsto para el año que viene en el que regresará un habitual del rito, también un grande, el hindú Zubin Mehta. Tomás Marco

LA RAZÓN:

San Silvestre vienés

03 de enero de 2014. 

He estado varias veces en Viena. En ella dormí, la primera vez como estudiante, en una de las veinte literas de una residencia juvenil, cerrando los ojos en olor a porro y despertándome a media noche porque se movía como en un barco, pero por razones bien diferentes que pueden imaginar. Años más tarde en el Hotel Imperial. En aquellas ocasiones y en el resto, Viena siempre me pareció una ciudad aburrida. Los aficionados sabemos que hay una serie de peregrinaciones míticas que superar: Wagner en Bayreuth, Verdi en la Scala, Strauss en Munich, el festival de Salzburgo… y el concierto de Año Nuevo vienés. Éste es de todos ellos el sueño más difícil de cumplir. No sólo porque una butaca cuesta 940€ en taquilla, sino porque hay que solicitarla un año antes y entrar en un sorteo en el que las probabilidades de ser agraciado son escasísimas ya que sólo se ponen a la venta unas setecientas entradas. La experiencia realmente merece la pena una vez en la vida. La belleza de la sala, su decoración, la acústica, el sonido de la Filarmónica… Su audiencia traspasa los ambientes estrictamente musicales. Soy testigo que salir en un primer plano de su retransmisión conlleva una ruina en llamadas y sms de sorpresa incluso de quienes no frecuentan los conciertos. Pero ustedes ya han leído todo esto de quienes han escrito tras seguirlo por televisión junto a mil millones de personas. Hasta en eso es un concierto especial: el único sobre el que se escriben críticas sin haber estado presentes en él. Por eso les voy a hablar de algo diferente. 

Viena en San Silvestre supone un espectáculo aún mayor que el del Musikverein. La ciudad imperial, decorada como si no existiese crisis, con casi todo el interior del Opernring peatonalizado, se convierte en una especie de Puerta de Sol en hora de uvas a lo grande. La iluminación de exquisito gusto, las muchas pantallas gigantes, unas retransmitiendo en vivo de «El Murciélago» desde la Ópera, mientras las de al lado ofrecen un concierto heavy metal o arias de opereta desde otros escenarios contiguos que son seguidos por quienes hacen ordenadas colas a 2º para entrar en un restaurante a por un Wiener Schnitzel, etc. causan vivísima impresión. Como lo causa la educación de los miles de personas que abarrotan las calles. Hay puestos, no botellones, y no se ve una pelea, una borrachera o basura por los suelos. Viena en San Silvestre, sin uvas es cierto, ofrece toda una lección de civismo que da envidia a quienes vivimos en una España incivil, cabreada y resquebrajada. Créanme, París bien valdrá una misa, pero Viena bien merece un San Silvestre y, si es posible, un concierto de Año Nuevo. Gonzalo Alonso

EFE:

El legado del viejo Radetzky

lainformacion.com

jueves, 02/01/14

Para cientos de millones de personas de todo el planeta, el día de Año Nuevo está ligado indisolublemente a la Marcha Radetzky, con la que la Filarmónica de Viena cierra el popular concierto de Año Nuevo, televisado a un montón de países desde la Musikverein vienesa.

Madrid, 2 ene.- Para cientos de millones de personas de todo el planeta, el día de Año Nuevo está ligado indisolublemente a la Marcha Radetzky, con la que la Filarmónica de Viena cierra el popular concierto de Año Nuevo, televisado a un montón de países desde la Musikverein vienesa.

Tan conocida es esa Marcha, escrita por el fundador de la dinastía Strauss en 1848, que si preguntamos a alguien de qué les suena el nombre Radetzky contestará, salvo que sea militar o austríaco, que de esta Marcha, y no de otra cosa. Así que Johann Strauss padre y, sobre todo, la Wiener Phillharmoniker, son los responsables de que se siga nombrando a este mariscal austríaco.

Radetzky fue, en efecto, un militar al servicio del Imperio, antes de que éste se llamase austrohúngaro: fue mariscal del Imperio austríaco. Nació en Trebnice, localidad de Bohemia, hoy en la República Checa; y su nombre completo fue Johann Joseph Wenzel Graf Radetzky von Radetz, que se queda en Joseph Radetzky.

Participó en las guerras napoleónicas y en las campañas italianas de Austria; fue el triunfador en la batalla de Novara, en 1849, cuando tenía 83 años. A consecuencia de esa batalla, el rey de Cerdeña, Carlos Alberto, abdicó en su hijo Víctor Manuel, que años después lograría la unificación de Italia bajo el trono de los Saboya.

Un personaje interesante que traemos a estos comentarios por un «mérito» que no tiene que ver con lo musical ni con lo militar: hay quienes le atribuyen nada menos que la introducción en Austria de lo que hoy llamamos «Wiener schnitzel», es decir, de la clásica milanesa, el habitual escalope empanado que, en un principio, no era un escalope, sino una chuleta, con hueso incluido.

Con el tiempo se pasó de la chuleta al escalope, y encima se puso de moda el llamado «orecchio d’elefante», muy ancho y muy fino, con más pan rallado que carne. La milanesa, al llegar a Viena, perdió grosor; por otra parte, pasó de ser frita en mantequilla a hacerse en manteca de cerdo, y de ser un corte de lomo a valer cualquier tipo de escalope de ternera… y hasta de cerdo.

Quienes adjudican el mérito al mariscal Radetzky fechan la apropiación de este «botín de guerra» en 1857, cuando las tropas austríacas sofocaron la insurrección de los milaneses.

Fuera así o no, el hecho es que el «Wiener schnitzel» (literalmente, filete vienés) es, hoy por hoy, una de las imágenes gastronómicas más conocidas de la capital de Austria, junto con esa tarta deliciosa llamada Sachertorte.

Radetzky pudo haber probado esta maravillosa tarta de chocolate y mermelada de albaricoque, creada por Franz Sacher en 1837. En todo caso, y en honor del viejo mariscal, no estaría mal hacerse uno de estos días del nuevo año, un Wiener schnitzel (no olviden decorar su superficie con una rodaja de limón sin piel sobre la que se cruzan dos filetes de anchoa) como plato principal y una tarta Sacher para el postre.

Con el escalope pueden beber un tinto no demasiado poderoso; para la tarta, nada superaría a un Trockenbeerenauslese austríaco, un excelentísimo vino dulce. Claro que… si por casualidad encuentran un Eiswein (vino de hielo) igualmente austríaco, aunque también podría ser canadiense, miel sobre hojuelas.

De lo que se trata es de empezar bien el año. Y nadie como Radetzky simboliza la imagen del Año Nuevo, aunque más que de imagen deberíamos hablar de música. Y es que la Marcha Radetzky es al día de Año Nuevo algo así como el Stille Nacht (nuestro «Noche de Paz») al de Navidad.

Ya ven: dos piezas musicales nacidas en Austria. Al menos en este sentido se cumple el viejo lema de los Habsburgo, el famoso AEIOU (Austria Est Imperare Orbi Universo). Pues… en música de estas fiestas, va a ser que sí.- Caius Apicius

BLOG DE PECHO:

Barenboim en Viena

Tengo una relación complicada con el Concierto de Año Nuevo. Tengo una relación bastante peor con la repetición previa de la gala de TVE, así es que encontrarme con la sabiduría de Daniel Barenboim después de atragantarme con la negligencia de Los del Río -Macarena y el eterno retorno- implica una visión indulgente del adorno floral del concierto, del amaneramiento coreográfico y del merengue que sobresale.

Sobresale el merengue por definición, acaso como una manera de edulcorar la primavera del año en previsión  de los contratiempos que se acumulan después. Me parece cursi  el concierto, pero no consigo despegarme de la televisión. También a los cinéfilos inconmovibles  les atrae, como la maga Circe, la guitarra de Julie Andrews -¡una cámara la localizo en el patio de butacas en la sala del concierto!- en ese gigantesco y lacrimógeno pastel de «Sonrisas y lágrimas» a propósito de la estomagante familia Trap.

Realmente nunca he envidiado desesperadamente una butaca en el Concierto de Año Nuevo.  Prefiero ir antes o después al Musikverein a precios más sensatos -me ofrecieron una entrada sin reventa a cambio de 900 euros- y a beneficio de otro programa más propicio. Especialmente si la Filarmónica de Viena toca la «Júpiter» de Mozart, o la «Novena» de Bruckner, o la «Quinta» de Mahler, o la sinfonía del Reloj de Haydn, o el «Concierto para violín» de Alban Berg o la «Séptima» de Beethoven.

Añadiría la «Novena» de Schubert y muchos números más, aunque no quiero que este post inaugural derive a un ejercicio de  pesimismo ni de cabalística. Pensaba en el gran repertorio de Viena.  No por renegar de Johan Strauss ni de su padre ni de sus hermanos, sino porque la plenitud de la Filarmónica de Viena y su lugar totémico en la cultura occidental trascienden la popularidad del concierto más festivo y más atípico. Admitiendo, quede claro, que «El murciélago» de Johan Strauss es una ópera que me llevaría a una isla desierta y a una isla habitada también. Mejor con la mediación de los «wiener».

Los «wiener» nos han alegrado la mañana y nos han aportado sentimentalismo y nos han mecido en los vaivenes del Danubio. Y nos han permitido encontrar razones para perseverar en la admiración hacia Daniel Barenboim. Me sorprendió que se aviniera a dirigir el concierto en 2009 porque la Viena de Barenboim es la de Mozart y la de Shönberg, pero esta reincidencia en el podio del Musikverein demuestra que el maestro anteponía los aspectos vocacionales a las  inclinaciones mercadotécnicas.

Seguro que las ha sopesado. Seguro que ha tenido en cuenta la consagración catódica que supone despertar a Europa el 1 de enero, pero estos matices particulares y de intendencia doméstica  no contradicen la clarividencia con que concibe el fenómeno musical. Sea dirigiendo «La marcha egipcia» como una obra maestra o sea conviritendo «los jardines de Viena» en un suntuoso vals, con la tensión dramatúrgica, con la riqueza cromática, con la sensibilidad sonora,  con la intensidad sin volumen y, a cambio, con la opulencia que proporciona este austriaco orquestón en estado de gracia.

Barenboim no necesita cualidades de telepredicador para hacerse tolerar por el telespectador resacoso del primero de año. Es un comunicador esencial, sin artificio. Primero con los músicos. Y por idéntica razón con los melómanos y hasta con los melófobos, pues no está claro que todo el público presente en el Musikverein -obsérvese la delegación nipona y la jequería y las sponsor girls rusas  y los bostezos- y todo el convaleciente en el sofá de casa asista  al acontecimiento con gran predisposición sensorial. Interviene el rito social en un caso y la tradición catódica en el otro, como los saltos de esquí y los comentarios entusiastas de José Luis Pérez de Arteaga.

Me gusta Barenboim dirigiendo el Concierto de Año Nuevo. Su personalidad y su musicalidad lo abarcan y lo habitan tanto como lo hace la exudación -premeditada o no premeditada. de su inmenso patrimonio. Quiero decir que dirige los valses y las polkas de esta Viena edulcorada y amerengada sabiendo -haciéndonos notar- que había otra Viena antes, la de la plenitud, y habría otra después, la del desgarro y la del expresionismo como remedio a una guerra, la Gran Guerra, de la que este año conmemoramos precisamente un siglo al compás militar de la marcha Radetzky. Rubén Amón

 

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