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Sobre "Orfeo" en el Real
El último recital de Barenboim
Por Publicado el: 20/04/2008Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas a Fidelio en el Real

He aquí las cuatro críticas nacionales aparecidas en prensa al «Fidelio» de Abbado en el Teatro Real
Abc:
Abbado, la luz de «Fidelio»

ABC | 20 de April de 2008

ÓPERA «Fidelio» Beethoven: «Fidelio». Int.: C. Forbis, A. Kampe, G. Surjan, J. Kleiter, J. Schneider, A. Dohmen, D. Randes, I. Arcayürek, L. Pall, Coro Arnold Schönberg y de la Comunidad de Madrid, Mahler Chamber Orchestra. Dir. de escena: Ch. Kraus. Dir. musical: Cl. Abbado. Lugar: Teatro Real. Fecha: 19 de abril. ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Hay en toda gran hazaña mucho de trabajo, algo de habilidad y un poso de inspiración. Lo ha de saber el Teatro Real tras conseguir integrarse en el proyecto «Fidelio» coproducido con los Teatros de Reggio Emilia, Comunale de Módena y Ferrara, y el Festival de Baden-Baden, lo que ha permitido, por primera vez, tener a Claudio Abbado en un foso español. Anoche fue el estreno. Obvio es decir que la actuación se resolvió con una ovación digna de cualquier pronóstico. La recibieron los músicos de la Orquesta de Cámara Gustav Mahler, del Coro Arnold Schoenberg y de la Comunidad de Madrid, un plantel de solistas capaces de aportar dignidad al espectáculo y la puesta en escena de Chris Kraus. Pero, sobre todo, Abbado pues con él llegó la confirmación de que sólo «Fidelio» es posible si se tiene un soporte sinfónico digno… y una gran Leonora. Al maestro se debe que la partitura alcanzara a sonar con claridad y tensión. Grandioso fue el arranque y enorme el coro final potenciado por la cegadora luz proyectada desde el escenario. Y eso se recuerda porque, sin duda, la versión acabo siendo más material que espiritual, más entusiasta que trascendente. De hecho, el impulso sinfónico envolvió a Julia Kleitzer, una noble Marzelline algo aprisionada y apremiada por Abbado en su «O wär ich schon mit dir vereint». Por entonces la orquesta sonaba con especial fuerza. En realidad, lo hizo durante todo el primer acto, lo que no impidió que resultara escalofriante el sutil arranque del cuarteto o que casi se rozara lo sublime en el inicio del coro de prisioneros, mientras estos invadían el escenario arrastrándose desde lo oscuro. Quizá faltó delectación, esmero en el sonido y en algún momento precisión instrumental, al margen de verdadera contundencia en el reparto. Porque Giorgio Surjan fue un Rocco de buenas vibraciones, amable antes que rudo. Clifton Forbis, Florestan de voz estrangulada y arrestos, y Albert Dohmen un gran Pizarro de amplio centro y agresividad ante su «Ha! Welch ein Augenblick!», lo que permitió un estupendo dúo con Rocco potenciado por la contundente imagen del gobernador en silla de ruedas mientras el carcelero se humillaba en el suelo. Un detalle, entre muchos, para apreciar el valor del trabajo escénico realizado por el director de cine Chris Kraus en su primera aproximación a la ópera. También se puede añadir la caída de Pizarro mientra proclama «¡La victoria es mía!», la horca de la cárcel que hace inevitable creer que se hará rodar la cabeza de un preso, o el teatro de condenados impecablemente dispuestos en un grandioso anfiteatro al fondo del escenario. En definitiva, que lo propuesto por Kraus es globalmente sólido, lógico y narrativamente coherente. Incluso con fuerza gracias a la luz en continuo cambio, dispuesta para cuidar a los protagonistas y reforzar intervenciones como la de Leonora mientras canta en la boca del escenario el famoso «Komm, Haffnung, lass den letzten Stern» al tiempo que en el telón se proyecta un ojo parpadeante. Que Anja Kampe lo hiciera con precaución, medido arrebato y agudo poco firme sólo indica que su Leonora es suficiente y no grande, por mucho que luego resuelva el papel con mayor soltura, interés y línea más acabada. Lo cual quiere decir que si la hazaña ha sido posible y la ovación considerable es porque este «Fidelio», que ha conseguido traer hasta Madrid a Claudio Abbado, debe mucho al trabajo de todos los participantes, a la habilidad de algunos como Albert Dohmen, y a la inspiración de unos pocos, Chris Kraus y el propio Abbado a la cabeza.

LA RAZÓN:
Abbado en el Teatro Real
«Fidelio», el acontecimiento lírico del año
“Fidelio” de Beethoven. J.Kaufmann, A.Kampe, G.Surjan, J.Kleiter, J.Schneider, A.Dohmen, D.Randes. M.Balò, escenógrafo. A.M.Heinreich, figurinista. G.Saccomadi, iluminador. C.Kraus, director de escena. C.Abbado, director musical. Arnold Schoenberg chor, Coro de la Comunidad de Madrid y Mahler Chamber Orchestra. Teatro Real. Madrid, 19 de abril.
La misma expectación que José Tomás en las Ventas ha levantado la presentación de Claudio Abbado (Milán, 1933) en el Teatro Real dirigiendo una ópera desde su foso. Es lógico, pues no en vano Abbado es un mito viviente, un director reverenciado por sus calidades y también por estar al margen de toda actividad directoral convencional. La enfermedad tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas y el milanés ha hecho virtud de un problema.
Su actividad lírica se reduce a alguna producción en gira en colaboración entre varios teatros, teniendo siempre parada en Ferrara. El primer y añorado primer festival del Escorial estuvo a punto de contar con él con “Flauta mágica”, pero ha sido el Real quien ha marcado el gol. Es, no obstante, discutible la programación de un espectáculo de las características del presente dentro de la temporada normal de un teatro y, de hecho, lo mismo han debido pensar los gestores del Real al rodear “Fidelio” de un breve pero atractivo ciclo Beethoven –Abbado, Pollini y Cuarteto de Tokio- y es que conceptualmente –tres únicas representaciones y sólo dos con Abbado- tendría mejor encaje dentro de un festival como el que años atrás promovía en verano la CAM con Barenboim en una exclusividad polémica. Este espectáculo de Abbado o el “Don Calandrino” de Muti ofrecido en Las Palmas hubieran resultado buenas continuaciones de aquél.
Para que una producción pueda ser compartida en los teatros de Reggio Emilia, Ferrara, Módena, Baden-Baden y Madrid ha de diseñarse con un tamaño reducido y muy ligera de transporte y montaje, lo que a la fuerza ha de limitar su espectacularidad, debiéndose suplir ésta con alternativas inteligentes, especialmente cuando el coste supera los cuatro millones de euros y ha de trasladarse a solistas, orquesta y dos coros. Abbado se fijó en Chris Kraus tras ver en su película “Cuatro minutos” la tormentosa relación entre un joven pianista prisionero y su profesora. Kraus debuta en las lides líricas y, como casi todos los debutantes, se deja llevar por algunos tópicos. La acción se traslada de Sevilla al París de la Revolución, Marcelina y Joaquino aparecen lavando la sangre de la guillotina y Fidelio entra cargando con una nueva cuchilla. La atmósfera, de permanente brutalidad y opresión política, cae en la reiteración y en alguna que otra exageración. Vale que los presos aparezcan con las cabezas cubiertas por capuchas herméticas en un anfiteatro, pero hacer de Pizarro un minusválido en silla de ruedas o con muletas no aporta nada. El final sorprende y no sólo por la peculiar vestimenta de Don Fernando, ni por el paso de las oscuridades de Zurbarán al fogonazo de luz hacia el espectador, sino por el atentado a la idea de libertad que subyace en el texto y la música de Beethoven al hacer regresar otra vez a la guillotina a los prisioneros recién liberados. La libertad es un imposible. Un debut con muchas ideas, algunas discutibles, pero positivo y esperanzador.
Abbado se enfrenta por vez primera a “Fidelio”, obra que debía haber marcado su regreso a la Scala. Para él es más una continuidad del Mozart de “Flauta mágica” que un presagio de Wagner y su “Tetralogía”. Interioriza texto y música con una lectura transparente, carente de vibratos, de tempos muy vivos, incisivos y siempre acorde con el drama, siguiendo la versión de 1814. Extraordinrio todo, p.e. el cuarteto. La Mahler Chamber Orchestra, uno de sus hijos predilectos, le funciona de maravilla. Da gusto escuchar la precisión y energía desbordante de solos y tuttis. Lo mismo hay que decir del Arnold Schenberg Chor y el Coro de la Comunidad de Madrid, que logran emocionar en la musitada escena de los prisioneros y en el pletórico final. Abbado elige habitualmente voces muy líricas y “Fidelio” no supone una excepción. Anja Kampe está lejos de ser la Leonora dramática conveniente, pero su comunión con el maestro es perfecta, es muy musical y luce un bello timbre. Clifton Forbis –nos quedamos sin Jonas Kaufmann- se entrega y cumple, salvando la habitual limitación de los tenores en la zona de paso durante la segunda parte de su aria. Albert Dohmen perfila un brutal Pizarro, Jörg Schneider y Diógenes Randes convencen respectivamente como Joaquino y Don Fernando y la pareja de prisioneros –Ilker Arcayürek y Levente Páll- hacen grandes sus pequeños papeles. Con todo, quizá las sorpresas canoras más gratas resulten la Marcelina de Julia Kleiter, una sensible ligera, y el Rocco de Giorgio Surjan, muy matizado en las dinámicas.
Se ovacionó a todos, pero naturalmente fue Claudio Abbado el gran triunfador. Se recordará su “Fidelio” como se recuerda un ya lejano “Tristan” de Barenboim pero, todo hay que decirlo, tampoco puede olvidarse el de la temporada pasada en Valencia con Zubin Mehta y Pier Ali, muestra de cómo pueden disfrutarse dos conceptos totalmente diferentes. ¡Lastima que este nivel no se de a diario! Gonzalo Alonso

EL MUNDO:
Luz sobre la mazmorra

La Mahler Chamber destacó en su interpretación de la única ópera de Beethoven

ALVARO DEL AMO

Fidelio
Autor: Beethoven / Director musical: Claudio Abbadol / Director de escena: Chris Kraus / Reparto: Clifton Forbis (Florestan), Anja Kampe (Leonore), Giorgio Surjan (Rocco), Julia Kleiter (Marzelline), Jörg Schneider (Jaquino), Albert Dohmen (Don Pizarro), Diógenes Randes (Don Fernando), Mahler Chamber Orchestra, nueva coproducción del Teatro Real con los Teatros de Baden-Baden, Módena y Ferrara. / Lugar: Teatro Real. / Fecha: 19 de abril.

***

Esta obra es única, no tanto porque Beethoven no compuso más óperas, como por su carácter de manifiesto aislado sobre el valor divino de lo humano. Suele destacarse su defensa de la libertad, la justicia o la valentía, pero es difícil subrayar un mensaje particular de la monumental declaración de humanismo, iluminado por el amor conyugal como el código que engloba la totalidad de virtudes, principios y atributos que constituyen el soporte íntimo y revelador del frágil y torpe animal racional. Después de escuchar Fidelio uno se siente purificado por un misterioso bautismo laico, que no descarta la huella y la llamada de una potencia superior.

El gran director de orquesta Claudio Abbado, recibido y despedido con fervor entusiasta, despliega una versión diáfana de la música excelsa, obteniendo de los coros y de los jóvenes de la Mahler Chamber una interpretación cristalina, de respiración serena y conmovedora en su exactitud y convicción. Fue sin duda el principal vencedor de una jornada de éxito, que premia merecidamente esta coproducción del Teatro Real.

El cineasta Chris Kraus, debutante como director operístico, ha sabido contar la historia con coherencia y claridad. Arranca con audacia mostrando a Marzelline, que limpia una guillotina como si fregara los cacharros o pasara una fregona; logra un efectivo ambiente carcelario, del que emergen los prisioneros de la oscuridad a la luz; y dirige bien a las criaturas escénicas, todas ellas estereotipos menos la protagonista, humanizando al inverosímil carcelero frente al malvado Don Pizarro, que presenta como un tullido perverso en silla de ruedas o sostenido por muletas.

Más discutible, hasta el punto de llegar a emborronar el optimismo humanista del desenlace, es la idea de identificar a Don Fernando como un cardenal que, después de liberar a Florestan, ejecuta a Don Pizarro, rechaza al pueblo y levanta nuevas guillotinas, recordándonos que el poder siempre es represor. Las protestas del público, mezcladas con las aclamaciones para los demás, parecían advertir al prometedor debutante que no tenía derecho a enturbiar con su lucidez pesimista el mensaje de esperanza beethoveniano.

El reparto no alcanzó la calidad de la batuta, ni siquiera el buen trabajo del regista. Inexistente el Jaquino de Jörg Schneider y muy débil Diógenes Randes como Don Fernando, al Rocco de Giorgio Surjan le faltó carne y al Don Pizarro de Albert Dohmen una dosis mayor de truculencia.

Anja Kampe sí fue una vigorosa Leonore, salvo alguna aspereza, frente al agrio y apurado Florestan de Clifton Forbis.

Marzelline, la pobre chica enamorada de Fidelio sin poder sospechar que era una esposa disfrazada, encontró en Julia Kleiter la interpretación más rotunda de un reparto que, en su modestia, no empañó el triunfo de la noche, que arrojó a los espectadores a la oscuridad desapacible, creyendo, si no en la fiabilidad eterna del amor conyugal, al menos animados y agradecidos de recibir los dones de artistas dotados de la gracia divina, o humana

EL PAÍS:
Y habitó entre nosotros J. Á. VELA DEL CAMPO
EL PAÍS – Cultura – 21-04-2008
Madrid recibió a Claudio Abbado como se merece, con una ovación interminable salpicada de «bravos», que casi asustó al director milanés. No era para menos. Abbado, el mayor mito en vida de los directores musicales, dirigía una ópera escenificada por primera vez en España. Era comprensible todo: la algarabía que reinaba en el Real, el clima de acontecimiento que se respiraba, el nerviosismo latente en el ambiente.

Abbado cumple 75 años en junio. Su trayectoria artística y humana ha sido ejemplar, y el público le admira y le quiere allá donde vaya. Madrid no podía ser una excepción. No es una cuestión únicamente de gratitud por los logros artísticos. Los valores morales pasan en su caso a un primer plano. La explosión de júbilo antes y después de Fidelio estuvo más que justificada. El Real se apuntó el apoteósico triunfo que con tanto ahínco estaba buscando, con el público puesto en pie y extasiado ante la experiencia que había vivido. Más de veinte minutos duraron las aclamaciones. El idealismo de la ópera se impuso como un espejismo.

¿Fue para tanto? Pues sí. Sin una puesta en escena para lanzar cohetes, sin un reparto de antología, la representación transmitió un clima teatral y operístico asombroso, y la responsabilidad de ello recae fundamentalmente en el director musical, convertido a la vez en Padre, Hijo y Espíritu Santo del milagro. No en todo momento la ejecución fue de precisión milimétrica y tampoco el sonido adquirió esas cotas de belleza y perfeccionismo que siempre se desean, pero lo que sí hubo de principio a fin fue tensión musical, contrastes teatrales, dinámicas ajustadas a cada situación, atmósferas en un abanico de lo épico a lo poético, dominio estilístico y sentido de la emoción.

Hubo ópera con mayúsculas, con momentos de escalofrío, con esa pasión que Abbado extrae desde el análisis. Y al planteamiento del maestro respondieron con vitalidad y empuje la ardiente Mahler Chamber Orchestra y los dos coros -qué feliz idea juntarlos- de Viena y Madrid, el experimentado e impecable Arnold Schönberg y el más bisoño pero no menos entusiasta de la Comunidad de Madrid. Es una lástima que a última hora se cayese del reparto anunciado Jonas Kaufmann, pero aún así se mantuvo un nivel vocal aceptable en conjunto, sobresaliendo quizás, por diferentes motivos, Anja Kampe, Albert Dohmen y Julia Kleiter, aunque sin desmerecer ninguno de los cantantes.

El apartado teatral no estuvo a la altura del musical, o, más bien, fue desigual, con momentos inspirados, especialmente en las situaciones más desnudas ambientalmente, más directas, y otros que abundaban en el tópico y la banalidad. Un buen amigo me comentaba al final de la representación que al menos la puesta en escena «no molestaba», pero si nos conformamos con eso es que ya hemos tirado la toalla los que creemos en el desafío dialéctico, estético y enriquecedor conceptualmente que asumen los directores de escena en la Ópera. En este Fidelio la dirección teatral vino del foso y sus hallazgos estuvieron a cuenta también de Claudio Abbado. A lo mejor es lo que se pretendía, como respuesta a muchos excesos e insuficiencias. Yo hubiese preferido, en cualquier caso, correr con el riesgo de un escenógrafo-pintor como Anselm Kiefer, tal y como inicialmente se dijo, o con la dirección de un Robert Carsen, como también se anunció.

Se complementa Fidelio, en el ciclo dedicado a Beethoven por el Real para esta ocasión extraordinaria, con un concierto sinfónico de la Mahler Chamber con Abbado, un recital de Pollini al piano y un concierto de cámara del Cuarteto de Tokio, a lo que hay que añadir la versión en concierto de Bolton de Leonora. No le demos más vueltas: Fidelio ha sido uno de los momentos históricos de la década del Real tras su reapertura. Abbado se ha entronizado operisticamente en Madrid. Ha habitado entre nosotros. No lo olvidaremos nunca.

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