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El Tristán o, mejor, la Isolda
A PROPÓSITO DE UNA CRÍTICA
Por Publicado el: 09/12/2007Categorías: Diálogos de besugos

Los dos Rossinis y sus respectivas críticas en la prensa nacional. Comparen a su criterio

Comenzamos por la de Gonzalo Alonso en La Razón:
Tancredi: Un doble feliz final.06-12-2007
Temporada del Real
Tancredi: Un doble feliz final
“Tancredi” de Rossini. Bruce Sledge, Daniela Barcellona, Umberto Chiummo, Patricia Ciofi, Marina Rodríguez-Cusí, Marisa Martins. Dirección musical: Riccardo Frizza. Dirección de escena, escenografía y figurines: Yannis Kokkos. Iluminación: Guido Levi. Nueva producción del Teatro Real en coproducción con el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, el Teatro de La Maestranza de Sevilla y el Teatro Regio de Turín. Coro y orquesta titular del Teatro Real. Madrid, 5 de diciembre.
Habitualmente se representa un “Tancredi” mezcla de las dos versiones que escribiese Rossini, la feliz de Venecia y la trágica de Ferrara. Es lógico puesto que de una a otra las diferencias radican en la escena final, algunas alteraciones de orden y en escenas que aparecen en una y no en otra. Ahora bien, me parece acertado que el Real programe las dos versiones como una variante con valor suplementario a la obligada existencia de dos repartos. Seamos sinceros, no estamos ante el mejor Rossini, pero la obra contiene fragmentos inspirados como la obertura –ya conocida por “La pietra del paragone”- las arias de las dos protagonistas y sus dúos y se escucha con agrado de principio a fin.
Eso es lo que sucedió en el Real, que el público la vio y escuchó con agrado, lo que no siempre sucede. Y es que dirección musical, escénica y los dos principales protagonistas funcionaron al nivel que se espera y desea en un teatro. También es cierto que la representación habría subido muchos enteros de contar con elenco masculino de mayor nivel, pues las intervenciones del bajo Umberto Chiummo y del tenor Bruce Sledge dejaron bastante que desear. Tampoco estuviron en esta ocasión muy afortunadas la habitualmente eficaz Marina Rodríguez-Cusí y Marisa Martins.
Ante todo triunfó la soprano Patricia Ciofi, quien empezó con la voz velada pero fue reponiéndose poco a poco hasta recobrar toda la belleza de su voz. Bordó las muchas coloraturas, estuvo limpia en los agudos, rematando algunas frases con delicadeza y sutileza ejemplares. Menos de ambas cosas ofreció la mezzo Daniela Barcelona, siempre entregada pero a cuya voz le falta timbre en los graves, bastante poco atractivos. No acabó de redondear la página más célebre de la obra “Di tanti palpiti”, pero se superó en los dúos con Ciofi. Fue quizá el del primer acto uno de los momentos más logrados de la noche.
Riccardo Frizza no dejó satisfecho a todo el público pero sinceramente no comprendo las protestas, por muy aisladas que fueran. Planteó una lectura muy camerística pero la dotó de vigor en todo momento. Sonó bien la orquesta, sin ser tampoco su mejor prestación, y los cantantes se debieron sentir bastante cómodos con él. Siempre se puede pedir más, pero el olmo no da peras y ya sabemos que Frizza es un director muy correcto pero no Abbado. También funcionó la escena, hasta el punto que, si olvidamos “La violación de Lucrecia”, ya no recordabamos un director de escena que no fuese abucheado por alguna parte del público. Yannis Kokkos aportó vistosidad en el vestuario y unos decorados que recordaron un poco a los de Pizzi para el “Rinaldo” de Haendel en la Zarzuela, alegría y orden en los movimientos y finura al describir los ambientes donde se desarrolla la acción en forma de simples citas, aunque no comparto el abuso de mimos y marionetas. La producción funciona bien, alegra la vista y apoya la música. Es mucho en los tiempos en que vivimos. Perdonen pero no me puedo reprimir: acabo de ver una “Maria Estuardo” en la que las dos reinas son presentadas como locas en un manicomio y el público se ríe en la gran escena del enfrentamiento entre ambas. Este “Tancredi” y su final feliz terminan felizmente en el Real y, aún con sus limitaciones, se puede recomendar. La versión trágica de Ferrara aportará a una Ewa Podles, una Mariola Cantarero y un José Manuel Zapata que merecen ser escuchados.
Temporada del Real
Tancredi, potagonista
“Tancredi” de Rossini, versión de Ferrara. J.M.Zapata, E.Podles, G.B.Parodi, M.Cantarero, M.Rodríguez-Cusi, M.Martins. Y.Kokkos, director de escena, escenógrafo y figurinista. R.Frizza, dirección musical. Orquesta y Coros titulares del Teatro Real. Madrid, 9 de diciembre.
Rossini realizó la versión de Ferrara, la de final trágico, un mes después del estreno veneciano, el de final feliz. Una y otra versión se complementan y más en las producciones presentadas en el Teatro Real. Lo sorprendente es que algunas cosas sólo se entienden tras escuchar ambas versiones. Así, por poner un ejemplo, el título de la ópera, pues en la primera versión no debería llamarse “Tancredi” sino “Amenaide” ya que el peso de la soprano parece muy superior al de la contralto. Es una cuestión de partitura, pero también hay cuestiones de puesta en escena. Así, lo que en la de Venecia puede aparentar abuso de mimos, encuentra más justificación en la de Ferrara en la escena final, con la aparición en la primera fila del cortejo del cuerpo desmembrado del mimo de Tancredi antes de la aparición de éste.
Me consta que la pregunta es ¿a qué versión acudir? Y la respuesta no es fácil. En términos globales apostaría por la de Venecia, pero puede haber otros gustos muy justificables. La de Venecia contiene casi quince minutos más de música, con más protagonismo de la apuntada Amenaide pero también del tenor y un final más vistoso. La conclusión de Ferrara no acaba de funcionar, aunque se comprende que la mayoría de las mezzos protagonistas lo prefieran, porque así redondean su parte con una intervención solista. Y claro, también hay diferencias en lo que en el Real se escucha. Los dobles repartos plantean la problemática de que no siempre todos los mejores intérpretes corresponden a uno de ellos. Las dos Tancredis ofrecen perspectivas muy diferentes, pues al más sólido registro agudo y la más depurada línea de canto de Daniela Barcelona se contrapone el impresionante registro grave de Eva Podles y su más comunicativo canto. Mariola Cantarero tuvo momentos de gran brillantez, particularmente en los filados y su entrega fue encomiable, pero no siempre resultaron agradables los agudos en forte. Patricia Ciofi mostró más elegancia y control. Entre ambas es mucho cuestión de gusto. Donde no hay duda es en los personajes masculinos, pues si bien Giovanni Bautista Parodi sólo supera por puntos a Umberto Chiummo, José Manuel Zapata vence por ko a Bruce Sledge en consistencia vocal, por más que algunos agudos le pillen a contrapié. Lo ideal hubiera sido contar con él en la versión de Venecia, pero vayan a la que vayan disfrutarán sin llegar al arrebato. Gonzalo Alonso

Seguimos con la de Juan Angel Vela del Campo en El País:
Mujeres que arrebatan.JUAN ÁNGEL VELA DEL CAMPO
EL PAÍS – Cultura – 06-12-2007
El Teatro Real ha optado por una solución contundente a la hora de elegir qué versión de la ópera Tancredi, de Rossini, debía representar. Entre la estrenada en Venecia en febrero de 1813 con final feliz, y la presentada en Ferrara unos meses después y con conclusión trágica, ha optado por ir alternando las dos, con repartos diferentes en una y otra, al menos en los principales papeles. Ayer subió a escena la de Venecia y mañana lo hará la de Ferrara. Normalmente suele representarse por esos mundos la versión con final feliz, pero a veces se ha optado por soluciones tan pintorescas como la que puso en práctica el Festival de Schwetzingen, poniendo un final después del otro, separados por una pequeña pausa, en la misma sesión. En Madrid se representó esta ópera por última vez hace diez años en La Zarzuela en la versión veneciana con el tandem Zedda- Pizzi.

Decía Stendhal a propósito de esta música que «ornamentaba la belleza sin taparla ni recargarla»; también decía que habría que volver «al estilo encantador de Tancredi cada vez que nos canse el excesivo ruido o nos aburra la excesiva simplicidad». ¿Contrastamos estas palabras de Stendhal con lo que se vio y escuchó ayer en el teatro Real? Se puede intentar. El director de escena griego Yanis Kokkos se acerca a la historia como si fuese un cuento medieval y lo pone en correspondencia con el teatro de máscaras y, sobre todo, con la estética narrativa de las marionetas sicilianas, subrayando lo que en estas hay de capacidad de fabulación y leyenda.

Es una solución, que cuando mejor funciona es cuanto mayor es el despojamiento: la primera escena de Tancredo, con las almenas y la palmera, por ejemplo. Cuando se recurre a la fantasía popular aquello adquiere un sentido; cuando se recarga la escena -al principio y final, por ejemplo- se banaliza la poesía visual. Parecidas consideraciones se pueden aplicar a la dirección musical de Riccardo Frizza. Vaya por delante que es poderosa, segura y vibrante pero también tensa y con exceso de protagonismo en ocasiones. Le falta encanto y, sin embargo, es brillante. Cuando se pone al servicio del canto, como en el segundo dúo de Tancredi y Amenaide, es excelente, y es que, como decía Stendhal, hay que ornamentar la belleza – en este caso vocal- «sin taparla ni recargarla». Lo cierto es que con Kokkos y Frizza se obtienen resultados artísticos académicamente impecables, pero a cierta distancia sentimental. La melancolía se desvanece en función del artificio. Y eso, en Rossini, se nota mucho.

Hoy va la cosa de citas literarias. Escribió el gran poeta Leopardi a su hermano Carlo después de escuchar esta ópera: «Lloraría si tuviese el don de las lágrimas». Las emociones, pilar fundamental de la ópera, las trajeron ayer las mujeres. Todas ellas, pero en especial Patrizia Ciofi y Daniela Barcellona. En sus intervenciones solistas o cantando a dúo. Claro que Tancredi permite dos dúos entre ellas que si se hacen bien pueden llevar al llanto. Son esos momentos de Rossini que llevan a la felicidad a través del canto.

Ciofi y Barcellona resolvieron sus dos dúos con elegancia y apasionamiento, especialmente el del primer acto. La soprano desde la sensibilidad, Barcellona desde la fuerza. Y en solitario revalidaron su gran clase, con arrebato, con sentido melódico, con estremecimiento. El tenor pasó sin pena ni gloria. Era día de mujeres.

Los cuerpos estables de la casa -orquesta y coro- respondieron a su nivel habitual. Han alcanzado esa cota de profesionalidad que supone una garantía para el espectador. Las actuaciones excepcionales, en el caso de la Sinfónica de Madrid, se limitan a días muy contados. En cuanto al Coro que dirige Jordi Casas, no se acaba de desprender de cierta rigidez. Le falta un puntito de naturalidad. Cantan bien, en cualquier caso. En resumen, fue un espectáculo cargado de sugerencias, de estímulos, aunque sin la continuidad que se podía esperar de los mimbres de partida. Tal vez se ha pagado la presión ambiental del estreno y las representaciones alcancen una mayor redondez en los días sucesivos. Hay ideas, hay cantantes que arrebatan, hay un director musical con ganas de triunfar, hay un director escénico que sorprende con algunos hallazgos visuales. Y hay una apuesta del teatro Real, con rigor filológico.

La versión de Ferrara, la más pegada al espíritu del texto original de Voltaire, cuenta con un reparto encabezado por Ewa Podles, Mariola Cantarero y José Manuel Zapata. Se estrena mañana. Puede ser muy curiosa.

Ahora la de Alvaro del Amo en El Mundo:
El largo viaje de Venecia a Ferrara
El Teatro Real ofrece las dos versiones de ‘Tancredi’, la primera gran ópera dramática de Gioacchino Rossini, en una propuesta muy aplaudida por el público.
ALVARO DEL AMO
Tancredi (versión Venecia)
Director musical: Riccardo Frizza / Director de escena: Yannis Kokkos / Intérpretes: Francesco Meli (Argirio), Daniela Barcellona (Tancredi), Umberto Chiummo (Orbazzano), Patricia Ciofi (Amenaide).
Tancredi (versión Ferrara)
Intérpretes: José Manuel Zapata (Argirio), Ewa Podles (Tancredi), Giovanni Battista Parodi (Orbazzano), Mariola Cantarero (Amenaide) / Escenario: Teatro Real (Plaza de Isabel II).
En la ópera de Donizetti Lucrecia Borgia se alude a los desplazamientos misteriosos que hace el héroe de Venecia a Ferrara, y viceversa. El mismo tránsito realizó Rossini rematando su Tancredi de un modo diferente en cada ciudad. La confesada «vocación rossiniana» del Teatro Real nos ofrece ambas alternativas, que es preciso comentar como las dos partes de un todo, aunque cabe imaginar que muchos espectadores se contentarán con una u otra, sin que les importe demasiado que muera o sobreviva uno de los protagonistas.

En todo caso, la propuesta merece elogiarse. Por su capacidad para llamar la atención sobre aspectos poco conocidos del acervo operístico. Como legítimo resorte para espolear la curiosidad del aficionado, alarmantemente escasa por lo general. Y por su evidente poder educativo, fundamental si queremos que este peculiar género sobreviva.

Tancredi tiene gran parte de las virtudes del compositor, sin que se libre del pesado lastre de un libreto imposible, basado en un equívoco inverosímil, cuya incoherencia alarga lánguidamente el segundo acto, hasta el punto de desear con impaciencia un desenlace. Ya se sabe que aquí lo que manda es la música y sólo la música, sin que la acción, la psicología o la lógica dramática cuenten apenas. Las emociones se aquilatan, se filtran, se condensan y acaban llegándonos con la pureza de la abstracción. Un arte elevado que alcanza lo sensible a través del intelecto, y obliga a admitir que el dramatismo se sirva en un alegre crescendo o que las florituras vocales importen más que los sentimientos que adornan.

La doble versión es muy ilustrativa del depurado eclepticismo de un autor capaz de aplicar la misma exquisita pericia a un brindis que a una agonía. Aquí es muy evidente la deliciosamente perversa ambigüedad de este raro artista, creador de unos sonidos gratos, armoniosos, ácidos, punzantes, plácidos e imprevisibles, que lanza al aire para que sean nuestros oídos los encargados de dictaminar si comunican el júbilo o insisten en regodearse en la congoja. Por eso el final supuestamente feliz deja un rastro de pesar y el desenlace convencionalmente trágico anima el espíritu con el tónico de la piedad.

El montaje de Jannys Kokkos plantea con elegancia un estilizado lugar de alusiones guerreras, propias de un cuento o de un cuarto infantil; tiene el mérito de haber encontrado una plástica adecuada y de haberla desarrollado con coherencia y sin derivaciones caprichosas, aunque la atractiva combinatoria de muñecos, máscaras y almenas se agote un tanto en el tramo final, que hubiera requerido mayor imaginación para hacer más digerible una acción que tiende a empantanarse en reiteraciones excesivas.

Vuelve a plantearse un peliagudo asunto: la obligatoriedad de representar determinadas óperas completas sin someterlas a una más enérgica dramaturgia. El propio Rossini, en su quitar y poner desenlaces, dio un buen ejemplo de la vitalidad del teatro, que al renacer en cada nueva representación, tiene derecho a tomarse ciertas libertades.

La orquesta muestra las calidades de su ductilidad cuando una batuta logra convencerla del acierto del estilo que propone; el director Riccardo Frizza consigue con sus intérpretes iluminar desde dentro la bella partitura, comunicando el gozo de su melancolía y la gravedad de sus regodeos, un acierto evidente en las dos funciones.

El doble reparto vocal parece imponer la comparación. La española Marina Rodríguez-Cusí y la argentina Marisa Martins cantan bien sus segundos papeles en ambas versión. Bruce Sledge tiene buen gusto, pero está lejos de dominar a un personaje que José Manuel Zapata transmite con brillantez. Patricia Ciofi triunfa como Amenaide, la indecisa enamorada, concebida por la soprano italiana como un ser convincentemente trémulo. La española Mariola Cantarero, notable también, es más bien la joven abrumada por intrigas y castigos que la superan. Daniela Barcellona hace un Tancredi sólido, seguro e impecable, que a veces puede parecer algo indiferente frente a la versión de Ewa Podles, de timbre mucho más oscuro en su voz menos fresca, pero espléndida en su visión del héroe noble y doliente. Si hubiera que elegir un único momento a destacar del gran programa doble, sería tal vez el dúo Cantarero-Podles del primer acto, toda una lección de canto, Rossini en estado puro.

En resumen, una jugosa y muy disfrutable función en dos partes, que no es imprescindible ver completa, pues cada una de las variantes ofrece suficiente placer por sí sola. Justo es subrayar que la «vocación rossiniana» del Teatro Real parece ser compartida por su público, que el primer día, versión de Venecia, aplaudió casi cada intervención y el segundo día, versión de Ferrara, también.

Ahora sólo cabe desear que tanto entusiasmo de unos y otros no se contente con La piedra de toque del año pasado y el Tancredi de este año, obras a la postre menores, sino que se anime a abordar títulos de más enjundia, como Moisés en Egipto, El sitio de Corinto, y naturalmente, el implacable, agotador y excelso Guillermo Tell, sin olvidarse de reponer El barbero de Sevilla, del que contamos con un excelente montaje de Emilio Sagi.

Y, porto González Lapuente en ABC:
y, por último, la de Alberto González Lapuente en ABC.
Tancredi: finales clásico y romántico. ABC 6 y 8 de diciembre 2007

08-12-2007

ÓPERA Teatro Real Rossini:
«Tancredi» (versión de Venecia). B. Sledge, D. Barcellona, U. Chiummo, P. Ciofi, M. Rodríguez-Cusí, M. Martins, Coro y Orquesta Titular del Teatro Real. Dir. escena, esc. y fig.: Y. Kokkos. Dir. musical: R. Frizza. Lugar: Teatro Real. Fecha: 5-XII
«Tancredi» (versión de Ferrara). J. M. Zapata, E. Podles, G. B. Parodi, M. Cantarero, M. Rodríguez-Cusí, M. Martins, Coro y Orq. Titular del Teatro Real. Dir. escena: Y. Kokkos. Dir. musical: R. Frizza. Lugar: Teatro Real. Fecha: 7-XII
Como no podía ser de otra forma, «Tancredi» triunfó ayer en el Teatro Real. Es lógico. En este mundo de convenciones que nos ha tocado vivir, el público se siente seguro cuando recibe lo que espera. Si la ópera es seria lo propio es que tenga un final feliz. Así ha sido desde tiempo inmemorial y así deberá seguir ocurriendo como muy bien reafirmó el público anoche. Por mucho que el Teatro Real, que no conoce el miedo, se haya aventurado a programar otro «Tancredi» paralelo con aquel final dramático que Rossini escribió para Ferrara y que tan poca fortuna le dio. Ya se verá mañana que sucede con el experimento. Por el momento todo son parabienes para la primera versión veneciana de la obra con su obligado «lieto fine», o «happy end» como lo titulan los modernos. Tanto es así, que fue en ese momento de gloria, en el que Tancredi se funde enamorado con Amenaide, cuando se marcó la cúspide de la representación. No quiere esto decir que fuera lo más logrado, pues hubo otras cosas, pero sí el momento en el que todo se fusionó en una muy conveniente alegría general. Riccardo Frizza desde el foso remató lo que hasta entonces se escuchaba con la exquisita precaución de quien hace filigranas para no llamar la atención, Daniella Barcelona se plantó con la autoridad que siempre la precede y Patrizia Ciofi, por citar a las principales, aseguró con enorme precisión el agudo, fiel a la cautela de quien había aparecido en el escenario con la voz afectada. En este sentido, su progresión fue intachable. Desde la salida, «Come dolce all’alma mia», y el primer dúo con Tancredi en el que la emisión sucia se regodeó en delicadezas, hasta la fantástica cavatina «No, che il morir non _», cantada despacio, cuidando las notas, afilando los remates y ofreciendo una afinación exquisita. Hay que señalar este detalle, porque no fue así en otros casos. La propia Barcellona que dio lo mejor en la cavatina «Ah! Che scordar non so» tuvo sus problemas en la famosa cabaletta «Di tanti palpiti». Eso, por no citar lo poco afortunadas que fueron las intervenciones de Umberto Chiummo, Marisa Martins y Marina Rodríguez-Cusí, aun a pesar de que esta última añadió bondad a ciertas nasalidades de su aria «Tu che i miseri conforti». Y aún el tenor Bruce Sledge aportando lo justo, corto en el agudo y escaso de seguridad en el adorno. Aunque bien es cierto que él y todos los demás cantaron cómodamente, lo cual debe mucho a Frizza y su trabajo minucioso, a su Rossini comedido y muy camerístico. En su caso, la extraña sensación de que, a veces, pareciera no sentirse la orquesta debe ser tomada como un elogio que añadió calidad al resultado general y dio comodidad a los cantantes. Aunque estos, quizá, también le debieran otro poco a la dirección escénica de Yannis Kokkos. El director griego se ha presentado en el Real estrenando una producción hecha a medias con Barcelona, Sevilla y Turín. Para que no queden dudas, su escena tiene la virtud de inventar poco pero hacerlo en todo momento con elegancia, buen gusto y agilidad. De hecho, el trabajo de Kokkos estiliza las acotaciones del propio libreto, ya sea el parque «delizioso» del Palacio de Argirio tan sencillamente apuntado por la palmera silueteada en blanco, el lugar público con otras siluetas de templo y monumentos, la cárcel o la cadena de montañas con el Etna al fondo. Tampoco es nueva la posibilidad de utilizar los «pupi» sicilianos, ya sea para hacer familiar el enredo ya para caracterizar la vieja Siracusa. La gracia de su trabajo está en el detalle, en el orden y en la calidad. La sensibilidad de Kokkos es la de lo límpio, la del espacio bien proporcionado y la del vestuario refinado. La de la armonía y la distinción que, por otro lado, es algo muy cercano a una obra que si, en época de Rossini, llamó la atención por su equilibrio clásico, hoy lo ha hecho por su finura y aparente sencillez.
…….
Hace dos días que en el Teatro Real se vio a Tancredi luchar contra los sarracenos y acabar su hazaña en brazos de su querida Amenaide. Ayer quiso volver al frente, pero las cosas fueron distintas. El héroe moría ante todos los espectadores, convertido en una especie de icono religioso, rodeado de flechas como el mismo San Sebastián según deseo del director escénico Yanni Kokkos. Lo realmente curioso es que la tragedia ha sido recibida por el público con el mismo entusiasmo que el final feliz. Dicho de otro modo: que la versión ferraresa de la ópera de Rossini ha gustado tanto como la primera, hecha para Venecia. Habrá, entonces, que deducir que al respetable lo que le interesa es la música y su realización, y, no tanto, si ésta se adapta o no a una determinada convención. Tanto es así que fueron varios los aplausos escuchados durante el desarrollo de la obra en una clara demostración de que era mucho el deseo por disfrutar. Sin ir más lejos, se ovacionó con claridad a Mariola Cantarero en su aria «Giusto dio che umile adoro», pues fue entonces cuando la limpieza en los agudos y varios detalles en la línea se impusieron a una voz que, en general, sonó temblante y con ciertas irregularidades en la emisión. Compartió el éxito José Miguel Zapata, Argirio, su padre, imponiéndose por la presencia vocal antes que por la pureza a la hora de ascender al registro superior o por la abundacia de sutilezas. Triunfó, sin duda, Ewa Podles, encarnando al protagonista pues la oscuridad natural de su voz infundió sustancia a la gran escena final de la muerte, al margen de que dejara, desde la primera aparición, experiencia y buenas maneras. A todos ellos, el director Riccardo Frizza acompañó con cierta imparcialidad, un entusiasmo algo anestesiado y la gracia justa, lo que redundó en una actuación orquestal suficiente y algunas intervenciones del coro titular poco refinadas. Pormenores, todos ellos, que acompañaron ayer la representación del «Tancredi» más romántico.ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

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