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Por Publicado el: 18/02/2018Categorías: Sin categoría

Malas costumbres musicales I

 

 

Malas costumbres musicales I

Dicen que el hábito no hace al monje, pero en nuestros días todavía es costumbre que los profesores de una orquesta vistan uniformados de frac a pesar de que el calor pueda ser sofocante, mientras que las profesores/as vistan con ropas ligeras y frescas por muy negras que sean. Para colmo el director de orquesta de turno puede subirse al podio con una simple camisa. La situación no deja de ser inexplicable en sí misma y, de hecho, puede ser que aleje a nuevos públicos que vean la música clásica como algo trasnochado. Algunas formaciones han recurrido a encargar uniformes para todos a modistos de prestigio, pero el ejemplo no ha cundido.

Muchos estamos cansados de los móviles, las toses o las envolturas de caramelos queriendo convertirse en un instrumento más de la orquesta en los momentos más inadecuados. A veces alguien del público protesta y su voz empeora las cosas. No valen los avisos en los programas, ni las advertencias iniciales por megafonía con grabaciones de lo más originales. Incluso tampoco que algún director –Barenboim- se lleve como extra un actor para avisar sobre cómo ha de ser el comportamiento del público.

Tampoco es que los responsables de los centros musicales sean modelo de comportamiento. Hubo quien echaba del escenario a empujones a maestros como Rostropovich si se pasaban de la hora con las propinas y quien llegó a cansar tanto a un gran pianista que éste arrojó la banqueta al patio de butacas y juró no volver a aquel auditorio, aunque luego faltase a su promesa. También quien no acaba de entender que su butaca no puede estar en un lugar que obligue a levantarse a toda la fila si ha de salir a resolver cualquier incidente. Que se lo pregunten a quien cesaron por unos graves incidentes en la gala de homenaje a un célebre tenor.

Los promotores de conciertos dedican mucho esfuerzo a la promoción o al diseño de los programas de mano, aunque estos cada vez sean más paupérrimos, pero a veces se olvidan de leerlos. Sucede entonces que no se anuncian convenientemente los descansos, desconcertando al solista que no sabe por qué el público se queda sentado esperando que siga tocando. O se traduce “Der Knaben Wunderhorn” como “el chico del maíz”. Ambas son anécdotas bien recientes en Madrid.

También los críticos tenemos nuestros comportamientos inapropiados. Desde creernos que podemos saltarnos las colas para recoger entradas a pensar que ya hemos escuchado suficientes “Cuatro estaciones” y saltarnos la segunda parte de un concierto que luego cambia la obra en cuestión y se publica la crónica de algo que nunca existió. Para nota aquella vez que en la misma página se publicaba la crítica de un “Rigoletto” en el Alcala Palace y, al lado, el anuncio de su cancelación.

Los medios de comunicación tampoco se salvan. Hoy hay leña para todos. Muy bien lo expresó Joan Matabosch en una muy reciente entrevista en un suplemento semanal: es falta de respeto a su autor juzgar un estreno como si se tratase de un partido de futbol, a la carrera. Pero este tema da para un monográfico en breve. Gonzalo Alonso

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