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Por Publicado el: 25/06/2021Categorías: Recomendación

Recomendación: Personalísimo Chopin

JAVIER PERIANES. SONATAS PARA PIANO Y MAZURCAS DE CHOPIN

Personalísimo Chopin

CHOPIN: Sonatas para piano nº 2 y 3. Tres mazurcas op.63. Javier Perianes, piano. Harmonia Mundi.

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Javier Perianes

Resulta muy revelador repasar la discografía de Javier Periane, porque al margen de elecciones españolas (Falla, Nebra o Mompou), su repertorio gira en torno al corazón de la música para piano romántica: Beethoven y Schubert, Mendelssohn y Chopin, Griegy Debussy. Obviamente se esperan a Mozart y Brahms (y Liszt, que últimamente ha tocado en recital)  para completar la lista de los indispensables, y, desde luego, sin perder de vista a Haydn, un autor con el que, no me pregunten por qué, veo que el onubense haría buenas migas; un disco con tres o cuatro sonatas del autor de La creación daría buen riego al páramo discográfico en el que estamos instalados desde hace ya tiempo, un valle de lágrimas secas que los que hemos sido discófilos empedernidos solo oreamos cuando alguien como este soberbio pianista decide echarnos una mano con una nueva grabación. 

Y esta vez ha sido más que una mano, porque si su anterior disco de Chopin (con Debussy) fue excelente, este roza lo excepcional. Los críticos de discos siempre somos muy dados a valorar las nuevas interpretaciones por comparación con las existentes. Está bien. Puede ser útil para el que lea. Pero cada vez estoy más convencido de que es un procedimiento tan acomodaticio (para el que escribe) como tramposo (para quien recibe el mensaje). Sucede, sin embargo, que en una buena parte de las ocasiones se interpreta – se toca, en este caso- o bien de manera tan despersonalizada y tan de imitar lo inimitable, o bien tan instalado en la rutina de aceptar lo que es porque no puede ser de otra manera, que o se valora por comparación o no hay nada que decir.  Da gusto, es una gloria, es un regalo encontrar a intérpretes –pianistas, en este caso- que sí nos cuentan cosas diferentes, cosas que se desvían de las que ya conocemos,  por mucho que algunas de estas sean ya muy buenas. Para mí, Javier Perianes lo consigue aquí en las dos piezas base de la grabación, las sonatas segunda y tercera del autor polaco. Las toca maravillosamente bien, pero –y sin querer voy a comparar-, a mi entender y para mi gusto, las dos cosas  -por razones diferentes- , apartándose de los grandes modelos que han sido. ¿Bajo qué modelo? He ahí lo virtuoso: bajo el suyo. ¿Cómo es? Bueno, esa pregunta no tiene respuesta, solo la sabría contestar él; yo diría que el modelo que sigue es el que a mí me parece que sigue, y que además es diferente en las dos sonatas. Consciente de que puedo estar especulando, en la primera encontraríamos a un Chopin en busca de sí mismo, de lirismo fácil y poco híper romantizado, que es casi norma entre grandes intérpretes, y sobre todo en la tremenda marcha fúnebre y el movimiento que le sigue, que hasta para Schumann fue un anatema. Y hay que tener valor para hacerlo así, sin que venga detrás algún listillo que diga: “está muy bien pero es poco romántico”. Es como descubrir que un vinilo puede sonar mejor que un disco digital; pues claro, es lo que tiene buscar las raíces. En esta versión veo de verdad a un primer Chopin, maravilloso y dominador de medios, pero inseguro emocionalmente, lo que puede ser muy romántico pero, antes que nada, eso, desvalido, frágil, demasiado joven. En cambio, el salto que da Perianes con la tercera sonata es brutal. Está aquí, ahora, reconcentrada, la esencia, la razón de ser de ese dueño absoluto del instrumento que fue Chopin, y que, además, proyectó al futuro. Perianes, para mí, ha sabido hacer el recorrido hacia ese futuro, es decir, hacia Debussy, en la auténtica clase magistral del Largo, de una rabiosa modernidad y perturbadora belleza, por no hablar del Finale, música de una pieza en la que quizá se pueda atisbar una especie de pipa de la paz entre Liszt y Brahms; entre la fantasía desbordada del primero y el fundamento estructural del otro.

Chopin se pasó toda la vida escribiendo mazurcas, y más que polonesas, porque espiritualmente la mazurca posee una nostalgia del pensamiento innata. Lo hizo toda su vida, y hasta el final, y es un juego sin fin seguir la pista a las series que dejó escritas. No está en ninguna de ellas el Chopin de las grandes ocasiones o de las ocasiones excepcionales, como en los Nocturnos o lo Preludios o las Baladas, pero sí seguramente el Chopin más veraz, directo y hermoso. En los tiempos en que se grababan discos, resultaba inexplicable que las Mazurcas siguieran ahí, sin que nadie se ocupara de ellas. Imagínense ahora. Así que otro regalo más el haber incluido aquí las tres de la Op.63,  de las que al menos dos, la segunda y la tercera, son producto de esa expresión de la nostalgia sublime que solo se puede sentir por un trozo de tierra propia pero lejana. Las versiones son sencillas, pura emoción, que en realidad es lo pide a gritos esta emocionante música.  Pedro González Mira        

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