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Las críticas a Puritani en el Real
El árbol de Diana
Por Publicado el: 12/04/2010Categorías: Diálogos de besugos

Salomé ante las críticas

He aquí las críticas a la «Salomé» del Real. Como verán, variedad.

Crítica EL MUNDO 12-04-2010.
Psicoanálisis en el casino
Ópera. Un montaje polémico, entre la bronca y la ovación, compensado por el debut de una gran soprano
‘SALOMÉ’
Autor: Richard Strauss. / Director escénico: Robert Carsen. / Director musical: Jesús López Cobos. Intérpretes: Nina Stemme, Gerhard Siegel, Doris Soffel, Wolfgang Koch. / Escenario: Teatro Real / Fecha: 11 de abril.
Un siglo después, la primera ópera de madurez de Richard Strauss confirma su inquietante virtud de alarma y advertencia ante el abismo. Parece anunciar la putrefacción que llevará al siglo XX al borde del desastre, advirtiendo que el hombre supuestamente civilizado ha fracasado en el doble empeño esencial; ni ha logrado limitar los peligros que entraña el poder absoluto, ni ha sido capaz de dominar la realidad animal de una especie empeñada en llamar amor al instinto depredador y triunfo a la sonrisa de la calavera.
El compositor empuja también a la forma ópera hacia un precipicio de radicalidad musical tan imprevisible que a él mismo debió asustar-le; no tardaría en refugiarse en el confortable esplendor del arte burgués.
El montaje de Robert Carsen, recibido con una sonora división de opiniones, suscita una vez más la consabida cuestión: ¿Tiene derecho el director de escena a elucubrar sobre lo que a él le sugiere la obra que debe representar, o más bien debe ocuparse de hacerla visible y transparente para el público? Parece sensato inclinarse por lo segundo, a no ser que las audacias aporten iluminaciones geniales, lo que no ocurre aquí.
Lo de menos es que el palacio de Herodes se haya trasladado a la caja fuerte de un supuesto casino. Más caprichoso resulta que el Bautista no sea el prisionero viril y costroso, sino un elegante caballero de túnica impecable y cuidado turbante; el encuentro entre el santo y la joven deslumbrada carece de tensión.
Y chirría la versión psicoanalista de la famosa danza, donde Salomé no es la muchacha sensual y cimbreante, sino la prostituta más experimentada del burdel, vestida como su madre para provocar un desnudo masturbatorio entre los más rijosos de sus clientes. Se agradece que la última parte de su soliloquio final se presente con una simple luz sobre ella abrazada a la cabeza del Precursor. Inquieta luego averiguar qué hará ella en el desierto, pues consigue salvar la vida.
Jesús López Cobos arrancó tibiamente, pronto logró de la orquesta un sonido académico, y a partir de la danza se caldeó el trato entre el podio y el foso, hasta el punto de poder asegurar que aquello mucho tenía que ver con Strauss.
Gerhard Siegel y Doris Soffel encarnaron con vigor a Herodes y Herodías, el terrible matrimonio. A la ajustada interpretación de Wolfgang Kock en el papel del Bautista no le ayudó la, en su caso, blanda concepción del director de escena.
Entre todos, destacó enérgicamente la Salomé de Nina Stemme, que se impuso arrolladoramente sobre los vaivenes orquestales y los guiños de la escena. Dominadora, con pleno control, sobria e intensa, vocalmente esplendorosa, recibió unánime y muy merecida ovación. ALVARO DEL AMO

Crítica ABC Lunes 12-4-2010
Y «Salomé» hace historia
ópera
«Salomé»
Int.: Gerhard Siegel
(Herodes), Doris Soffel (Herodias), Nina Stemme (Salome), Wolfgang Koch (Jochanaan), Tomislav Muzek (Narraboth). Orquesta Titular del Teatro Real. Dir. escena: Robert Carsen. Dir. musical: Jesús López Cobos. Lugar: Teatro Real. Fecha: 10-IV.
Se cumplen cien años del estreno en el Teatro Real de la «Salomé» de Richard Strauss y ha querido el destino, la casualidad o la intención que vuelva ahora a este escenario. Merece la pena repasar algunas de las observaciones que se hicieron entonces cuando se advertía de esta «música más dañina y malsana que el libreto, una droga peligrosa que no debería servirse a los públicos». El crítico de Blanco y Negro daba en la tecla, y aún ahora, tras el paso de un siglo XX que musicalmente ha empapado muy poco a los espectadores, «Salomé» sigue demostrando su capacidad como revulsivo de los higadillos auditivos. Desde luego, lo fue ayer domingo, tras una representación de enorme intensidad que desembocó en una clamorosa ovación para todos los intérpretes… y en un considerable chaparrón para el director de escena, Robert Carsen, cuyo trabajo visto antes en Turín, permítase la opinión, alcanza la genialidad.
Descubiertas la cartas, conviene destacar la capacidad de Carsen para extraer lo mucho que de violento y de «morbosidad erótico-religiosa» (también se dijo hace cien años) tiene la obra. Por eso, al escenario, una enorme caja de caudales de un casino, se superpone lo metafórico dando una perspectiva insospechada del espacio único en el que transcurre la obra. Depravación y lujo, vicio y obsesión. Teatro con mayúsculas, que dibuja milimétricamente a los personajes y se ilumina con un sentido narrativo fascinante. En el que también se salvan muy inteligentemente los anacronismos a los que lleva el cambio de lugar y época, como la entrada del profeta, y se da una nueva perspectiva a lo obvio logrando momentos de gran penetración, ya sean los judíos travestidos, ya la famosa danza, donde Salomé pasa de ser joven gótica a transfigurarse fantasmagóricamente en su madre.
Quizá estemos todos más de acuerdo en la ligera falta de lubricación que Nina Stemme demuestra aquí para el contorneo. En cualquier caso es un matiz en una actuación que crece, siendo siempre sobresaliente, y que se sublima en la escena final donde la densidad vocal, la expresión y lo contemplado conmueven las vísceras. Es muy estimable la interpretación que del profeta hace Wolfgang Koch, o la portentosa encarnación que de es-ta Herodías arrabalera hace Doris Soffel, quien al igual que Gerhard Siegel ante Herodes, logra una impecable conjunción entre la vocalidad y lo representado, lo expresado y lo transmitido. Y todavía el condimento que le ponen Jesús López Cobos y la orquesta titular, quienes desbrozan semejante partitura en una versión con dirección, sustancia y grandes dosis de sabiduría. Así que, con el estómago del revés, un recuerdo más para aquella «Salomé» de hace un siglo y de la que un político dijo: «La danza de los siete velos me ha hecho olvidar la semana del Congreso». Ayer como hoy. ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE

Crítica EL PAÍS 12-04-2010

Las referencias orientales están siendo aparcadas por la mayoría de los directores de escena que se acercan en los últimos tiempos a Salomé. Se busca algo más que el exotismo. Luc Bondy, autor de una puesta en escena sobria y de una gran coherencia dramática de esta ópera, afirmaba haber planteado el drama como una historia de familia: «Salomé me parece una hija que los padres no llegan a controlar, es la versión sexy de esa autista que es Ivonne, princesa de Borgoña». Robert Carsen, muy apreciado en Madrid después de una despojada e imponente lectura de Diálogos de carmelitas y de una esteticista Katia Kabanova, ambienta Salomé en un casino de Las Vegas. «Es un lugar en el que se pueden dar todo tipo de vicios, en el que no hay espacio para la espiritualidad y la protagonista es una niña rebelde que trata de lograr algo diferente a lo que le rodea», ha afirmado. Las metáforas del poder y el dinero funcionan en la representación. El instinto de perversión también.

Oscar Wilde admiraba a Baudelaire. En un intento de adaptación a la sensibilidad de nuestro tiempo, Carsen ha optado por trasladar la ópera de Strauss, inspirada en el texto de Wilde, a un lugar más familiar para el espectador que el histórico propiamente dicho. Los conflictos personales encuentran sus correspondencias. Carsen mueve la escena con oficio y quizás lo único que chirría es su visión de la danza de los siete velos. Es original, desde luego, pero tiene un punto de crispación tal vez de dudoso gusto. Claro que Salomé no es un cuento de hadas, sino un drama existencial, donde se habla del amor y la muerte, de la violencia y el deseo. Un sector del público obsequió al equipo teatral con insultos subidos de tono. El lenguaje zafio de algunos políticos hace escuela.
La soprano sueca Nina Stemme borda el personaje de Salomé. Madrid había sido testigo de la identificación con el lirismo de Strauss de Montserrat Caballé, a finales de la década de los setenta del pasado siglo, y de la colosal interpretación dramática de Hildegard Behrens a mediados de los ochenta, ambas en La Zarzuela. Stemme es una digna heredera de ambas. Su línea de canto es compacta, emocional e inteligente. Su actuación teatral es contenida y con acentos trágicos desde una perspectiva cotidiana. Otorga credibilidad a su personaje. Y transmite una fuerza arrolladora. El público aclamó su actuación.
Definió Strauss Salomé como una «ópera de orquesta», en función del protagonismo sinfónico que posee. La personalidad de Robert Carsen y Nina Stemme dejó quizás en segundo plano a López Cobos y la Sinfónica de Madrid. Es cuestión de previsibilidad. En Carsen dominaba el factor sorpresa y en Stemme, la contundencia vocal. López Cobos y la Sinfónica de Madrid respondieron como se esperaba de ellos. Fue una lectura sinfónica enérgica, contrastada, impetuosa y ordenada, aunque de escaso refinamiento y, en todo caso, no demasiado lujuriosa. JUAN ANGEL VELA DEL CAMPO

Crítica de EL MUNDO 12-04-2010
EL MUNDO 12-04-2010
`Salomé; anoche
Ruló la cabeza del Bautista como si fuera la de Bin La-den. Anoche llegó a la Plaza de Oriente el profeta contra el pecado; venia en nombre del Señor y lo decapitaron después de una bacanal. Dicen que la ópera no termina hasta que canta la gorda, pero en Salomé no hay gordas, sino un camerata en la que los empelucados se han transformado en seguratas.
Para evitar que resultara un drama litúrgico o una misa cantada, el director Robert Carsen ha montado un casino de Las Vegas; en la lejanía de las montañas de arena repletas de crótalos y en el escenario aquella ciudad que levantaron los tahúres y los asesinos en un paso de trote.
Asistí a la fiesta de cumpleaños de Herodes que acabó, como suele, en tragedia. En la función se meten de todo y por todas partes. Un coro de viejos salidos decrépitos se quedan en pelota, sin ese. El movimiento de actores entre el cine mudo y corifeo griego, muñecos grotescos, efebos, rabinos, chaperos, camellos, egipcios y romanos, magnates, bayaderas dn carne y canto a la lujuria y al poder, en <>, ha escrito Milagros Martín-Lunas. De la cámara blindada de un banco salen cataratas de oro al son de Strauss y de la batuta del genio español Jesús López Cobos con 95 músicos. Nina Stemme, la mujer fatal travestida en su propia madre, no tiene la arboladura clásica, pero es sublime.
El morbazo parte del evangelio desde que el rey dijo: «Pídeme lo que quieras y te lo daré» y la princesa pidió la cabeza del Bautista. Es la historia de una adolescente fatal que encoña al marido de su madre y que, como las brujas de Shakespeare, ha consternado a generaciones. Nada fascina más que una cabeza cortada en el escenario.
Según los historiadores, Juan fue asesinado por motivos políticos, pero la versión del incesto inspiró más que la historia a Tiziano y Berruguete. Flaubert relató la degollación y el estado febril del tetrarca ante el baile lascivo de su sobrina envuelta en sedas adornadas de mandrágoras. Oscar Wilde la elevó al cielo con el beso a los labios de la cabeza separada del cuerpo. El encarcelado en Readling siguió en Salomé el pensamiento misógino de la Biblia, que basa las tragedias en la fuerza destructora de la mujer.
Wilde que pensaba que un mapamundi donde no se encuentre el país de la utopía no merece siquiera una mirada, escribió la obra para Sarah Bernhardt, la que as dormía en un ataúd.
No sólo en el Londres victoriano armó escándalo. Para los predicadores del nacional catolicismo, Salomé era el compendio de vicios y las depravaciones, un texto impío y sacrílego, una burla de los Santos Evangelios.
Hoy el suceso es tan correcto que tienen que meterle garlopa y pedofilia para que asombre. Raúl del Pozo
Crítica de LA RAZÓN 12-04-2010
Salomé revienta Las Vegas
«Salomé»
De R. Strauss. Voces: Nina Stemme, Gerhard Siegel, Doris Soffel, Wolfgang, Koch, Tomislav Muzek. Sinfónica de Madrid. Dir. musical: J. López Cobos. Dir. escénica: R. Carsen. Teatro Real. Madrid, 11-IV-2010

Tanto la «Salomé» de Oscar Wilde como la de Richard Strauss supusieron un escándalo en sus estrenos, de ahí que no sorprenda que Robert Carsen lo busque también en su recreación escénica de la obra. Desde luego que no se esperen las desnudeces conceptuales de sus «Diálogo de carmelitas» o «Katia Kabanova» ofrecidas en el Real. Conviven tres épocas en la propuesta de Carsen: el romano y judío en el vestuario, el straussiano por la inevitable música y el de nuestros días, al situar la acción en la cámara acorazada de un casino de Las Vegas, símbolo del poder económico y la ambición, así como del sexo que suele acompañarles. Carsen extrema las connotaciones sexuales, pedofilia, incesto, venganza y, en definitiva, la violencia existente, con aciertos y desaciertos, pero siempre con interés, aún en las incoherencias con el libreto. no tiene nada de extraño que inspire sentimientos opuestos y encontrados en un público que ha de ver a siete ancianos libidinosos desnudos bailando la «Danza de los siete velos», sacados a la pista por una Salomé emulando a Herodías o presenciar como ante la orden final de Herodes «Matad a esa mujer», es a su esposa a quien señala, mientras Salomé parte hacia el desierto con la cabeza de Juan entre las manos. Esta obra precisa de una soprano especial en cuanto a su vocalidad como a sus capacidades teatrales. Se trata de una niña de una especie de Lolita en la que se combinan inocencia y maldad. Una voz lírica, del tipo de las de Stratas, Mattila o Malfitano, cubre esta expectativa, pero a la vez se reclama por momentos un dramatismo que llama a voces más wagnerianas, como las de Nilsson, Borkh, Behrens, Bjorn o Marton. La protagonista se halla obligada a afrontar una actuación creíble escénicamente y no sólo por la «Danza de los siete velos». De ahí que artistas como Caballé –maravillosa en su escena final– hayan tenido que recurrir a dobles o regias, como la de Wilson en la Scala. Nina Stemme es una de las grandes sopranos, capaz de aunar los tres aspectos citados con su voz de spinto, sobresalientemente proyectada, sin problemas para traspasar al foso, un registro central y grave notable, una gran musicalidad y unas notables dotes de actriz a pesar de no contar con un físico totalmente idóneo. Estupendos Gerhard Siegel y Doris Soffel, como Herodes y Herodías respectivamente. Bien el Juan de Wolfgang Koch y aceptable el Narraboth de Tomislav Muzek.
López Cobos ofreció una lectura de la obra, acorde con sus declaraciones previas, en la que hablaba de control a fin de que la orquesta no apagase las voces. Imprimió intensidad pero no tanta sensualidad y la propuesta escénica exigía un mayor desmelenamiento. La orquesta tocó con el nivel esperable. Sin embargo, los ecos de la «Traviata» de Maazel en Valencia llegaban aún a los oídos de quienes la vivimos. Ese es el nivel pa-ra el Real y el reto que Mortier tiene con su planteamiento de media docena de directores compartiendo titularidad. Por cierto, hablando de Valencia, en junio se programa «Salomé» con Zubin Mehta. GONZALO ALONSO

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