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Por Publicado el: 12/09/2014Categorías: Recomendación

TEATRO REAL: INAUGURACIÓN DE TEMPORADA CONSERVADORA

 

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UNA INAUGURACIÓN DE TEMPORADA CONSERVADORA

Después de lo que se ha vivido en el Teatro Real en los últimos años con la controvertida gestión artística de Gerard Mortier, abrir temporada con una obra como Las bodas de Fígaro, en un montaje como el de Emilio Sagi, y con un reparto como el que se propone, parece una declaración de principios.

       Público y crítica se han mostrado muy divididos a la hora de valorar a Mortier, y su herencia, en el Real. No por los títulos que propuso durante su mandato; o mejor dicho, por los que pudo proponer, pues su trabajo se desarrolló en el corazón de la crisis económica, lo que condicionó gravemente su proyecto. En realidad no mostró nada nuevo; se limitó a traer lo que ya había hecho en otros teatros. Sin embargo, y seguramente más que por los títulos propuestos por la idea que tenía de lo que debía de ser un teatro de ópera, mucha gente se echó las manos a la cabeza desde el primer momento. Es cierto que Mortier tuvo muchas sombras en su quehacer (particularmente en asuntos organizativos y, sobre todo, en la comunicación de sus ideas) y también que cometió excesos de todo tipo, verbales y de concepto. Pero también que con él en este teatro vimos cosas increíblemente modernas y de un interés máximo. La madre del cordero estuvo, ya lo he dicho, en asuntos de calado ideológico. No iba con él eso de sentarse en una butaca a disfrutar de las bellezas canoras de las señoras y los señores cantantes; para él la ópera significaba disfrute intelectual, y por ello, pedagógico y político; la ópera como espectáculo transmisor de ideas, de sentimientos, pero también portadora de una fuerte carga dialéctica y movedora de conciencias. Todas estas palabras podrán parecer ahora de otro tiempo, o extraídas de un discurso político de los años 60 del siglo pasado. Es posible. Pero probablemente no vendría mal  recuperarlas, y que cada uno lo hiciera desde su ámbito, pues la situación objetiva de nuestro mundo, tan perdido en todo, parece reclamar cierto idealismo, más política y menos números. En el terreno de la ópera debería también de tenerse en cuenta este tipo de discursos, como signo de regeneración ética de todos. Mortier lo hizo, aunque con muchas fallas y un  éxito limitado. Él quiso remover conciencias, dar a la ópera un carácter político, pero se equivocó en las maneras: demasiada digresión y demasiado enfrentamiento frente a las hordas del pensamiento único; no fue diplomático ni conciliador, y llenó el Real de propuestas para unos de una maravillosa modernidad y para otros excesivamente radicales (sin contar las sencillamente malas, porque algunos de sus muy amigos le engañaron como a un chino, y reincidentemente: es lo que tiene aliarse con progres trampososo).

      Bien; ya no está Mortier. Pero hay una persona que creo lleva muchos años pensando en qué clase de equilibrios hay que hacer para programar en un teatro de ópera moderno, sin  ser un carca y, a la vez, si ser un “moderno”. El asunto es serio: no se puede afirmar con propiedad que La hija del regimiento es una pieza capital, porque evidentemente no es cierto, pero también que en ese equilibrio buscado hay que hacer lo que nunca hubiera hecho Mortier: programarla. Porque hay mucha gente que paga su entrada y que espera pasar un buen rato escuchando tonterías a maravillosos cantantes. Hay que atenderla. Pero eso no significa que en un teatro de ópera el contagio de lo banal sea admisible. Porque hijas de regimientos hay unas cuantas y, efectivamente, si por algunos aficionados fuera, estarían en escena continuamente. Es muy curioso cómo la historia ha sepultado obras instrumentales o sinfónicas mediocres, y sin embargo no ha podido con más de una memez operística que todavía se sigue escuchando en los teatros. Hay que ser firmes ante esto, y estar atentos a ataques de la reacción: bel canto, sí, por supuesto, pero sin hacer perder el protagonismo a los títulos que realmente han movido la historia, aquellos sin los cuales no seríamos hoy lo que somos, aunque no hayan logrado el milagro de situarse en ese centro de todo llamado popularidad.

      Abrir con esta Las bodas de Fígaro dice mucho. Y un repaso al resto de la temporada, quizá también. Pero con reservas. El título escogido implica apuesta segura, porque esta sí es una obra capital. Pero también implica algo de miedo, en esa apuesta por lo muy conocido. El Teatro Real, a pesar de que goza de una magnífica financiación en recursos propios, no deja de ser un teatro en el que el peso de lo público es importante. No debe de atender solamente, pues, a los gustos del público en sus programaciones; debe de escoger repertorios menos seguros, pero que tengan la capacidad de descubrir cosas nuevas. Y explicar bien los porqués de  las elecciones. En el fondo, no es más que un gran centro cultural que ofrece una determinada faceta de la creación; no solo, por consiguiente, está para divertir, para que la gente se lo pase bien; está también para descubrir, abrir caminos, indicar propuestas culturales más arriesgadas, formar . Parece que el actual director artístico va a trabajar en esa línea, pero por lo pronto para abrir temporada nos encontramos con una ópera  que ya se ha visto en cuatro ocasiones desde la reapertura del Teatro: temporadas 1997-98 (director de escena: Jürgen Flimm),  2002-2003 (Marco Arturo Marelli) y  2008-2009  y 2010-2011 (Emilio Sagi). Y esta quinta vez, para reponer la última versión, la de Sagi. Parece excesivo que en tan poco tiempo se proponga la misma versión escénica tres veces. Es cierto que se trata de una muy buena (y muy clásica) dirección escénica, pero para abrir temporada parece una propuesta demasiado conservadora. Además, es muy poco probable que, tanto en materia vocal como en la dirección musical añada nada nuevo (escribo esto antes de verla; ojalá que equivoque). Ya veremos. Pedro González Mira

MOZART: Las bodas de Fígaro. Pissaroni/Bondarenko, Dloviy/Fritsch, Wolf/Luciano, Schwartz/Buratto, Tsallagova/Belkina, Schneiderman, Stamboglis, Zapata, López, Gadelia. Coro y Orquesta del Teatro Real. Director musical: Ivor Bolton. Director de escena: Emilio Sagi. Lunes, martes y jueves, 20.00. Próximas funciones: días 19,21,22,23,25,26 y 27 de septiembre. Precio: Entre 10 y 381 €. (Lunes); entre 10 y 213 € (resto de funciones).

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