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Por Publicado el: 19/03/2021Categorías: En vivo

Crítica: Bíblica fantasía musical. Lilith en la Fundación Juan March

LILITH (DAVID DEL PUERTO)

Bíblica fantasía musical

David del Puerto: “Lilith, luna negra”, ópera de cámara. Joana Thomé da Silva, mezzo; Ruth González, Eva, soprano; Enrique Sánchez Ramos, Adán,  barítono. Ensemble Lilith dirigido por Alexis Soriano. Dirección de escena y libreto: Mónica Maffía. Fundación Juan March, Madrid, 17 de marzo de 2021.

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Lilith, luna negra en la Fundación Juan March

La segunda ópera de David del Puerto, “Vacaguaré”, encargada por la Asociación de Amigos de la Ópera de Tenerife y el Cabildo, no llegó a ser estrenada por flagrante incumplimiento de contrato. Ha habido más suerte en esta ocasión. Luego de su estreno en Úbeda meses atrás ha llegado felizmente al renovado escenario de la Fundación March. 

Según una tradición hebrea, Lilith fue la primera mujer en el jardín del Edén, creada al mismo tiempo que Adán, pero apenas mencionada en la Biblia. Producto de sus reflexiones, a Lilith le han crecido alas “espirituales”. Ante la soledad de Adán, Dios crea a Eva y los aloja en el Edén. Todo transcurre muy bien hasta que la casualidad hace que Eva y Lilith se conozcan y empiecen a hablar…

En torno a este tema “bíblico” Del Puerto ha tejido, con su soltura, habilidad e inspiración habituales, con su reconocido olfato para los timbres y su vena melódica sui generis, una partitura llena de sorpresas en un lenguaje muy asequible en el que se dan la mano, en un “totum” indistinguible, lo barroco (pasajes guitarrísticos a lo Gaspar Sanz), lo clásico, lo romántico, lo modal y lo tonal, con evidentes y estratégicas alusiones al jazz, al folklore e incluso al mundo del rock. Con un juego armónico por el que también planea la atonalidad. 

Hacer una síntesis de todo ello, que podríamos encuadrar en el ámbito de una suerte de sano eclecticismo, acoplarlo al esquivo texto, darle continuidad dramática tiene mucho mérito y da forma a este pensamiento del compositor: “Por mi parte, creo firmemente que unidad formal y diversidad estética son propósitos absolutamente compatibles, siempre que haya una voz creadora personal capaz de ejecutar con rigor las exigencias que implica este objetivo”.

Todo fluye mansamente, pero con continuos accidentes y una amplia gama de ritmos y efectos de buena ley, con episódicos contratiempos, síncopas, “pizzicati”. Las voces se apoyan en un recitativo pasajeramente melódico muy efectivo y se aclimatan a cada una de las situaciones dramáticas planteadas en un libreto un tanto confuso y cambiante en el que no acaban de darse la mano lo poético, lo trascendente –incluido un evidente mensaje filosófico- con lo prosaico e incluso lo banal, que remarcan una acción que se estira demasiado en el tiempo (90 minutos), pero que nos deja un muy valioso mensaje feminista: el que proclama la actitud de L0ilith.

Hay que alabar el manejo del tiempo, la organicidad de esa dimensión, los procesos de aceleración y decelaración que mantienen en vilo la anécdota, que creemos ganaría con una puesta en escena más ágil y variada. Los enseres sobre el escenario son demasiado parvos; aunque haya que aplaudir los buenos efectos videoescenográficos. La verdad es que este interesante proyecto creemos que encajaría mejor bajo la forma de oratorio… Se evitaría así que, ante la dificultad de plantear, como sería lógico, una total desnudez de los cuerpos, estos salieran con unos discutibles e ilógicos aditamentos.

Hemos de aplaudir vivamente la interpretación musical, con las voces protagonistas de Joana Thomé da Silva, expresiva, firme, de timbre penumbroso, de vibrato interesante, de volumen suficiente, puede que un poco falta de graves; de Enrique Sánchez, barítono lírico, no especialmente rico en armónicos, pero siempre entonado, de canónica emisión y dicción clara, y de Ruth González, ligera y luminosa, frágil y cristalina. 

Solo plácemes merece la prestación del Ensemble LilithGala Kossakowski (gran trabajo el suyo), flauta, Ángel Ruiz Pardo, saxo alto, Ramón Femenía, clarinete bajo, Gala Pérez Iñesta, violín, Andrea Fernández Ponce, chelo, y Laura Verdugo, guitarra- y nota alta para la batuta de Alexis Soriano, que vive la música, la comprende, la destila, le otorga la necesaria variedad y el acento exigido, manteniendo en todo momento las riendas bien atadas, aflojándolas o apretándolas, según el momento. Mucho éxito al final de un público exigente, que colmaba la sala hasta donde era posible.  Arturo Reverter

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