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Por Publicado el: 28/09/2013Categorías: Artículos de Gonzalo Alonso

El futuro del Teatro Real

El futuro del Teatro Real

Hace dos semanas nos quedábamos en el nombramiento de Joan Matabosch como nuevo director artístico a sumar al aún existente Gerard Mortier. El jueves pasado se dio a entender que ya era el único, puesto que se había llegado a un acuerdo con Mortier para su paso a la mera asesoría, en una forma ya tardía de pagar silencios. Increíblemente se negó una explicación sobre el coste de la operación, porque se trata de una entidad financiada en un 50% con fondos públicos. Se puede saber cuánto gana Pablo Isla en Inditex, empresa privada, pero no lo que Mortier o Matabosch cobran en una entidad semipública. ¡Menudo ejemplo de modelo de transparencia! El tiempo dirá hasta qué punto el acuerdo está cerrado, porque estamos acostumbrados a las medio verdades de los responsables del teatro. ¿Volverá Mortier a levantar la voz cuando Matabosch retoque sus proyectos?

Siempre estuvo claro que Marañón dejaría caer a Mortier cuando le interesase, es decir, cuando le viniese bien para no caer él. Las cosas estaban francamente mal, con una programación para la temporada 2014-15 para la que el presupuesto no alcanzaba ni de lejos y en el ministerio de cultura había gran hartazgo. En éstas enferma Mortier y el teatro se queda artísticamente en desgobierno porque sus chicos sólo saben llamarle por teléfono y no resuelven las cuestiones artísticas. La solución es que Matabosch se incorpore antes de lo previsto. Pero Matabosch estaba elegido desde julio y la elección tenía su lógica. No era cuestión de caer en el otro extremo y hacer bascular al teatro como hizo París con Jöel (repertorio totalmente tradicional) tras la etapa Mortier (descenso de taquilla y cuantioso déficit). Matabosch supone en principio un adecuado equilibrio en las cuestiones de programación e incluso en las de comunicación. Él posiblemente se considera tan divo como Mortier pero, en cambio, no lo demuestra y tampoco busca ser permanente foco de atención. En el Liceo supo manejar el repertorio y las voces, si bien descuidó las regias en las obras populares y se pasó de modernidad en ocasiones. Ambos factores se tradujeron en una retraída de la taquilla, que equilibró cada temporada con un gran título –“Boheme”, “Butterfly”, “Aida”, “Carmen”, etc-  lleno de grandes cantantes en varios repartos que salían a escena sin apenas ensayos.

Hará fundamentalmente dos cosas: ampliar la dosis de repertorio tradicional e incorporar las voces que hace tiempo desaparecieron del Real. Volverán cantantes como Nucci, que se sabían marginados. El público agradecerá ambas cosas. Hace falta también que, de momento, no caiga en la tentación de querer meter en Madrid puestas en escena como algunas de las que programó en el Liceo. Nada que objetar a otras y, con suerte, hasta se verá la laureada “Muerte en Venecia”. La estupenda “Boheme” del teatro firmada por del Monaco no será ya destruida ni mal vendida, tal como intentaba Mortier. Quiérase o no, habrá de cancelar algunas producciones apalabradas pero sin aún desembolsos apreciables. No es el caso de “Los cuentos de Hoffmann”, tema que habrá que solucionar. Y, con toda lógica, tendrá que comunicar a los “amigos” de Mortier que se acabaron los viajes innecesarios, los contratos ficticios a sus parejas, los vuelos en primera, los hoteles de cinco estrellas y las opíparas comidas. Quizá alguno deje de venir, pero no por amistad sino porque no le compensen las nuevas condiciones. El teatro podrá recuperar el público perdido y el favor del que aún resistía a regañadientes. No son de recibo los 360€ de una butaca por una reposición del “Barbero” sin divos.

En el proceso hay un discreto ganador del que nadie habla, que hará la hucha que Mortier le negó, y una torre dañada en el tablero de ajedrez, después de quedar en evidencia su mal juego, su nefasta gestión, y dejar en descubierto a todo un ministerio de cultura tras fallar en su jaque por imponer el nuevo director artístico que Mortier y él deseaban. ¿Habrá desenlace?

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