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Por Publicado el: 28/12/2017Categorías: Entrevistas

Domingo: “Hoy es imposible que sea el intendente de les Arts”

PLÁCIDO DOMINGO

Plácido Domingo: “Hoy es imposible que sea el intendente de les Arts”

 

Justo Romero

“Músico”, así a secas. Ni tenor, ni barítono, ni director de orquesta. Reivindica Plácido Domingo la condición de músico mientras posa toqueteando aceptablemente en el piano de su camerino en el Palau de les Arts la nada fácil Fantasía impromptu de Chopin. Madrileño de 1941, y quizá el español más universal de las últimas décadas, Plácido tiene el don de la abstracción. Ajeno al trajín de gente y de admiradores que pululan siempre a su alrededor, se concentra y entrega amistoso a la conversación con la misma agilidad con la que sale y entra en ella sin jamás perder el hilo. A sus 76 años, se le ve tan lúcido y dinámico como siempre. Físicamente incluso mejor, más delgado y bronceado, con aspecto excelente. Nadie diría que tiene los años que tiene. “No se fie de las apariencias: hace unos días tropecé en casa, una caída tonta, pero me he hecho daño en la espalda y llevo así unos días, con Voltaren y mucha paciencia, pero sí, pese a todo puedo decir que disfrutó una juvenil longevidad”. Aquí en esta charla distendida y sin barreras, mantenida a última hora del pasado miércoles, habla de todo sin tapujos ni reservas. De su carrera, de sus proyectos, de personajes que han marcado su carrera interminable… También ¡cómo no! de las conversaciones que ha mantenido con el conseller Vicent Marzà y de todo lo mucho que ha ocurrido estos últimos días en el Palau de les Arts, “un teatro de ópera que siento, como a sus gentes, de un modo particularmente entrañable”

– Al repasar su relación con Valencia, con el Palau de les Arts, sorprende que no exista ni una sola temporada en la que haya estado ausente. La relación de títulos en los que ha cantado es nutrida, desde el Cyrano de Bergerac que protagonizó en febrero de 2007 hasta el Don Carlo, suman diez óperas, a los que aún se añaden sus actuaciones como director de orquesta. ¿A qué responde este vínculo, esta fidelidad excepcional al Palau de les Arts?

– Pues es muy simple: ¡Porque es una gran compañía de ópera! Este teatro ha tenido momentos difíciles, a pesar de que se formó estupendamente bien, con unos cuerpos estables que son realmente excepcionales: la Orquestra de la Comunitat Valenciana y el Cor de la Generalitat. Y con un equipo humano de gran solvencia profesional. Estos elementos son el alma de cualquier teatro. Con este alma excepcional, con la estupenda acústica de la Sala Principal, con la cabeza de Helga Schmidt y la presencia de dos personalidades como Lorin Maazel y Zubin Mehta, se formó una orquesta de grandísima calidad, de enorme categoría.

¿Mantiene aún esta “enorme categoría”?

– Sin duda. Y ello a pesar de que muchos instrumentistas se han marchado, al no encontrar la continuidad y estabilidad necesarias. Muchos de ellos no eran fijos, sino aumentos, músicos invitados, extras… El hecho es que la orquesta sigue teniendo una gran calidad. Como también el Cor de la Generalitat, con mucha más experiencia, es mucho más longevo, con 30 años recién cumplidos que conmemoramos en el concierto que ofrecimos el viernes junto a la Orquesta de la Comunitat y alumnos del Centre de Perfeccionament que lleva mi nombre. Conozco a sus miembros muchísimo, desde que vinieron a cantar al Teatro Real cuando se reinauguró, luego también en el Sansón y Dalila… En fin, que todo contribuye a que sienta el Palau de les Arts y a sus gentes de un modo particularmente entrañable. Es un teatro muy serio, que pese a su juventud, conforma una compañía en la que se percibe bien su enorme calidad, y, desde luego, parece que tiene más tradición todavía que la que en realidad tiene.

– Resulta inevitable hablar del Centre de Perfeccionament Plácido Domingo. ¿Seguirá vinculado a él después de la abrupta dimisión de Davide Livermore? – A mi me han llamado los políticos expresamente para hablar del Centre de Perfeccionament, y me han asegurado que lo quieren mantener. Es algo que me ha dado mucha alegría. Yo -lo he dicho muy claro- mientras me sigan queriendo y siga en activo, vendré encantado a Valencia, como cantante, como director de orquesta, como cabeza del Centre de Perfeccionament, para todo lo que pueda resultar útil…

– ¿Hasta cuándo seguirá cantando?

– ¡Quién lo supiera! Ahora me siento bien, tengo compromisos hasta dentro de un par de años, o tres. Pero nunca se sabe. ¿Estaré cantando dentro de dos meses? Es un misterio. Yo mismo no lo entiendo. Soy el primer sorprendido de que aún lo esté haciendo, de que aún pueda cantar. Nunca nunca pensé que pudiera llegar a esta edad con mi voz…

– Sorprende aún más está longevidad vocal si se considera que usted tampoco ha sido nunca un cantante que haya moderado su ritmo de trabajo, o que se haya ceñido a un repertorio concreto. Ha cantado mucho muchísimo, a ritmo de jet lag y prácticamente todo tipo de repertorio, desde el de tenor ligero hasta el dramático, o ahora de barítono… ¡No ha parado nunca!

– Pues sí. Lo cierto es que tengo una gran longevidad, ¡una juvenil longevidad!, si me permite la expresión. En cuanto a lo de mi ritmo de trabajo, le voy a confesar una cosa: la gente cree que yo trabajo mucho, y no es cierto. Si pienso en lo que trabajaban mis padres [el barítono aragonés Plácido Domingo Ferrer y la soprano vasca Pepita Embil, figuras ambas de la zarzuela], que fueron paladines de la zarzuela, que hacían dos funciones diarias y tres los domingos, y terminaban las funciones del día y después, durante la madrugada, ensayaban las del día siguiente…. ¡Ellos sí que trabajaban! ¡Aquello sí que era trabajar! Hay algo que indiscutiblemente me ha ayudado mucho a mantenerme con fuerza vocal y con más tiempo: el hecho de que, como estudié piano, pues me podía preparar las óperas yo mismo, sin tener que acudir a un repetidor, sin depender de él. Así que, cuando buenamente podía, me sentaba al teclado en cualquier momento y así montaba con mucha más facilidad las óperas. Cuando mejor me venía y sin más problemas. Si una noche, a las dos o a las tres de la madrugada estaba despierto sin poder dormir, pues me sentaba al piano y me ponía a trabajar. Eso hubiera sido impensable si dependiera de un repetidor. Únicamente cuando he preparado óperas rusas y alemanas he tenido necesidad de recurrir a él, y más que nada por el tema de la fonética de esos idiomas que no domino. Pero han sido únicamente ocho óperas en todo mi repertorio las que he tenido que recurrir a un repetidor para su preparación. Este modo de estudiar solo me ha ahorrado mucha energía vocal y mucho tiempo.

– Tenor, barítono, director de orquesta, pianista, gestor teatral, director de Operalia… ¿Qué es verdaderamente Plácido Domingo?

– ¡Músico! Soy músico, y eso es lo que expreso, ¡pero no soy pianista aunque me haya usted pillado toqueteando la Fantasía impromptu de Chopin! [risas] Tanto al dirigir como al cantar aplico todo lo que he estudiado, toda mi experiencia, el haber crecido junto a generaciones de cantantes extraordinarios, como Birgit Nilsson, Giuseppe Di Stefano, la Tebaldi, Leontyne Price, Joan Sutherland… Eso me ha hecho crecer como músico, no sólo como cantante. También, por supuesto, como persona, como ser humano.

– ¿Qué ambiciona con 76 años un triunfador como usted?

– Lo que más me entusiasma hoy día es cantar y dirigir. ¡Y seguir haciéndolo! Y ver cómo tantos cantantes que has ayudado, que has descubierto y en los que has creído van incorporándose a los repartos de los grandes teatros, como ocurre con tantos ganadores de Operalia [el concurso que él mismo fundó en 1993 para jóvenes cantantes], que hoy forman parte de la flor y nata de la lírica y con los que incluso frecuentemente comparto escenario.

– ¿No le cansa tanto trajín? ¿No le apetece tumbarse a la bartola en su casa de Acapulco, olvidarse un poco del mundo y disfrutar del dolce far niente?

– Sí, ¡y tener tiempo para estudiar mucho! No, no, no ¡todavía no! ¡En absoluto! Mi vida, lo que más me gusta, es hacer precisamente lo que hago. ¡La hamaca en Acapulco tendrá aún que esperar! [risas]

– En cierta ocasión le pregunté a Alfredo Kraus qué papel le hubiera gustado hacer que por su vocalidad le resultara inaccesible. Me contestó, sorprendentemente, que Tristan. En su caso, por su inmensísimo repertorio, la respuesta supongo que es bastante más compleja…

– Creo haber hecho todo el repertorio que quería hacer. Por ejemplo, el mismo Tristan, que lo grabé, al estudiarlo me di cuenta que no, que no debía de hacerlo en teatro, que me iba a dejar la voz en él. Porque Wagner, para reflejar la inmensa desesperación del personaje de Tristan, escribió toda la tesitura de la ópera medio tono más alto del que te permitiría descansar, ir menos forzado.

– ¿Lo hizo así Wagner a mala leche?

– Yo creo que, como le he dicho, lo hizo así para plasmar la desesperación del personaje, su tensión. Fíjese que creo que es la única ópera que se ha hecho con tres cantantes para un único personaje en la misma función: uno en cada acto. ¡Un Tristan con tres tristanes! Esto quiero decir que algo anda mal. La tesitura es imposible. Yo creo que el tenor que ha cantando con más facilidad Tristan fue Jon Vickers. Y pienso que el día que lo cante Jonas Kaufmann lo hará también reposado. Le voy a decir el porqué: el tercer acto, que es el más difícil, es en verdad masacrante, a menos que tengas por naturaleza una media voz que te ayude a cantar con ella al menos el 40 por ciento del tercer acto, y poder así descansar. Vickers tenía esa mezza voce. Kaufmann también. Por eso pienso que será un gran Tristan.

– Volvamos a Valencia ¿Qué pensó o sintió cuando escuchó las declaraciones del secretario autonómico de Cultura, Albert Girona Albuixech, en las que descalificaba su apoyo a Davide Livermore al decir, refiriéndose claramente a usted, “no sé qué interés puede tener aquí lo que diga una persona que viene de fuera”?

– No, no, no lo valoro. La gente sabe cuánto he estado involucrado artísticamente en el Palau de les Arts desde el primer momento, mi vínculo con él y el afecto que le tengo.

¿No le dolieron, al menos escocieron algo?

– Después de esas declaraciones he hablado durante estos días con el conseller, con Vicent Marzà. Siento de verdad que esa persona, el señor Girona, desconociera mi vínculo grande con el Palau de les Arts. Pero no, no pasa nada. Quizá todo este revuelo tenga el efecto positivo de haber ayudado a que los políticos hayan tomado conciencia de la necesidad de mantener el nivel y proyección internacional del Palau de les Arts.

– En otros lugares le hacen hijo adoptivo y aquí en Valencia le dicen que se calle, que es que usted no es de aquí. ¿En serio que no duele, que no le indigna? ¿No le entran ganas de coger las maletas e irse a otras geografías donde es siempre bienvenido y deseado?

– No, no, en absoluto. Yo en Valencia me siento siempre bienvenido y querido. Por el personal del teatro, por la orquesta, el coro, el público. En la calle. Y de verdad que pienso que esa opinión que usted menciona es sólo consecuencia del desconocimiento de una persona concreta de mi relación con Valencia y con su teatro. Entiendo perfectamente la situación. Todas las situaciones. Estoy en contacto con Marzà, como ya le he dicho. Por fortuna, han cambiado completamente de idea sobre el Palau de les Arts. En estos días se ha producido un cambio sustancial. Y a mejor. Y a lo mejor, las palabras esas que dijo este señor, Girona, ayudaron de alguna manera a que la gente se concienciara de la importancia capital del Palau de les Arts como símbolo de cultura y progreso.

– ¿Le ha ofrecido estos días el conseller Marzà venir al Palau de les Arts como Intendente, director artístico, asesor o algo parecido?

– Estos días he escuchado eso de “si usted viniera…, podríamos ver…, vamos a ver…”. Pero yo he sido muy claro. Mi respuesta ha sido: “Mire, yo, de venir, estaría en una situación mucho más difícil que la de Davide [Livermore] Porque él salía de vez en cuando, pero es que yo estaría todo el tiempo ocupado, viajando continuamente”. Así se lo transmití a Marzà: “Si estuviera retirado, me quedaría aquí desinteresadamente, porque es un teatro que me llena, que me llega y que lo quiero mucho, pero hoy es imposible que sea el intendente del Palau de les Arts”. Le dije que quien venga tiene que tener una gran experiencia, porque en la ópera no se puede improvisar. Y que no piensen que tiene que ser un valenciano. La ópera es un lenguaje universal, una cultura universal que no conoce de fronteras ni localismos. Les dije, también, que conozco algunas personas que pueden dar el perfil, y que con mucho gusto les puedo dar los nombres o establecer los contactos que precisen.

– ¿Ha dado ya esos nombres? ¿Ha sugerido ya candidatos?

– No, todavía no. Si algún día los necesitan, y quieren hacer un concurso, yo con placer les daré nombres de personas que considero válidas, idóneas. Pero sí hacen el concurso, como parece que piensan, el problema es ¿quién va a juzgar? ¿quién será el juzgador? Mi ayuda es, desde luego, total. Si necesitan alguna idea, algún consejo, ellos saben perfectamente que me tienen. De hecho hemos hablado de varias, de bastantes cosas. Creo que si había algo de verdad en todo lo que Davide [Livermore] dijo, pues se han echado para atrás. Por otra parte, yo le he insistido a Marzà que es muy importante que él, como conseller que es, venga al Palau de les Arts, que se le vea por aquí. De hecho el miércoles vino a la función. También la vicepresidenta, Mónica Oltra. Es imprescindible que tomen conciencia de la importancia que tiene que los trabajadores del Palau de les Arts se tranquilicen, que sepan que esto va para adelante, que es un proyecto internacional que escapa a cualquier coyuntura puntual o transitoria y que los políticos creen de verdad en él. La orquesta necesita tener su trabajo fijo. De momento creo que hay 52 músicos, Cuando la formó Lorin eran 92. Todo esto hay que optimizarlo y ajustarlo a las necesidades reales actuales del Palau de les Arts, a su programación. Creo que podríamos estar hablando en la actualidad de alrededor de 70 profesores. En cualquier caso, lo verdaderamente importante es que sea una orquesta fija, con sus músicos seguros de sus propios puestos de trabajo.

– ¿Podría ser Plácido Domingo el propio director musical?

– Yo estoy aquí para lo que haga falta. Se lo dije claramente al conseller Marzà: esta crisis no tendría que haber durado más de diez días. La gente tiene que estar tranquila, y usted tiene que tranquilizarla. Tiene que decir que siguen pensando que éste es un gran teatro, una gran compañía de ópera. Y que así, quien vaya a venir, que sea la persona más adecuada, y que todo esto siga siendo como ha sido hasta ahora.

– Este verano dirigirá La valquiria en el festival wagneriano de Bayreuth. Será así el primer director de orquesta español que baje al legendario foso wagneriano. ¿No le impone tal responsabilidad?

– El primer sorprendido de dirigir en Bayreuth soy yo. Me llamó Katharina Wagner [bisnieta de Wagner y directora del festival] para proponérmelo, y por supuesto acepté encantado. De hecho me telefoneó para dirigir Parsifal, y dije inmediatamente que sí. Luego, por conveniencia de reparto de títulos, Katharina me dijo si no me importaba dirigir La valquiria en lugar de Parsifal, y yo le respondí que sin ningún problema. Tengo una gran ilusión, y más que “imponerme”, como usted dice, lo que me inspira es un enorme respeto

– ¿Que cantará el próximo año en Valencia?

– El año que viene está un poco complicado. Siempre vengo a Valencia por estas fechas. Pero el año que viene es el centenario del Tríptico de Puccini, y voy a cantar el papel de Gianni Schicchi en el Metropolitan de Nueva York. Y coincide precisamente con estas mismas fechas. Así que no tengo tiempo para hacer una ópera completa en Valencia. Pero estoy pensando buscar un título en el que yo pueda hacer dos o tres funciones, o, si no, hacer una gala especial con dos o tres actos de diversas óperas.

– Una confidencia: ¿cuándo canta como barítono, no le dan ganas de dejar su personaje y pasarse al del tenor, como estos días en Valencia con Don Carlo?

– No, no. Hay algunos papeles de barítono que no hago porque los de tenor fueron muy especiales para mí. Por eso no canto Scarpia, que sería traicionar un poco mi Cavaradossi, o Yago, personaje fantástico, pero que tengo confinado por el recuerdo de mi Otello. En Don Carlo no me ocurre porque el personaje de Rodrigo es una preciosidad tan excepcional. Lo que a veces sí me ocurre es que estoy a punto de colarme en la frase del tenor, y es peligrosísimo. ¡Tengo que frenar ese instinto natural de cantar la parte del tenor!

– Hace años se habló de usted como posible candidato a la alcaldía de Madrid. ¿Le sigue interesando la política?

– Aquello fue una tontería. Surgió en una entrevista o una conferencia de Prensa, no recuerdo bien. Me preguntaron si estaría dispuesto a ser alcalde de Madrid. Y yo respondí sin la más mínima intencionalidad “que a quién no le gustaría ser alcalde de su ciudad y ponerse al servicio de sus conciudadanos”. Aquello se sacó de madre y publicaron que estaba negociando presentarme a la alcaldía de Madrid. Algo absolutamente falso, claro. Pero todo el mundo me preguntaba lo mismo, por lo de si iba a ser alcalde de Madrid. Y yo siempre respondía lo mismo: “Si yo fuese alcalde de Madrid tendría que dejar absolutamente mi carrera, tendría que estar ocupándome de todo, de los autobuses, de las calles, de los impuestos… ¿y usted piensa que yo voy a abandonar todo, retirarme, venirme a Madrid, y ponerme a patear la calle, pisarla, enterarme de todo durante cuatro o cinco años?”. No, no, aquello fue una broma sin el más mínimo fundamento. ¡Soy músico, no político!

– ¿Cómo lo de Intendente del Palau de les Arts?

– Cada cosa en su sitio. Pero ya le he dicho que hoy por hoy no es posible.

 

Publicado en Levante el 24 de Diciembre de 2017

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