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Por Publicado el: 15/08/2026Categorías: Colaboraciones, Recomendación

Katharina Wagner y el 150 aniversario de Bayreuth. Nulla aesthetica sine ethica

Katharina Wagner y el 150 aniversario de Bayreuth. Nulla aesthetica sine ethica

Katharina Wagner, bisnieta de Richard Wagner y actual directora artística del Festival de Bayreuth, programó el 150 aniversario como una celebración definitiva del aforismo Nulla aesthetica sine ethica. Esa máxima (que no es de Horacio, como muchas veces se afirma, sino de José María Valverde, catedrático de Estética, que la escribió en una pizarra en 1965 tras dimitir de su cargo en solidaridad con José Luis Aranguren, catedrático de Ética), quiere convencernos de que la obra artística, privada de un andamiaje ético que la sustente, o desvinculada de toda responsabilidad moral, no puede proporcionar un legítimo disfrute ni optar al estatuto de arte verdadero.

La directora del Festival de Bayreuth, Katharina Wagner, ha defendido la necesidad de afrontar de manera crítica el legado histórico del certamen y ha pedido disculpas por la polémica cancelación —posteriormente rectificada— del concierto conmemorativo Verstummte Stimmen, organizado junto al publicista Michel Friedman para reflexionar sobre el antisemitismo de Richard Wagner y recordar a los músicos judíos perseguidos por el nazismo.

La directora del Festival de Bayreuth, Katharina Wagner

La historia política de Bayreuth es en verdad siniestra. Dejando a un lado las afirmaciones antisemitas de Richard Wagner o las opiniones abiertamente racistas de su yerno Chamberlain, fue la obstinada Winifred, la nuera del gran RW que rigió los destinos de Bayreuth entre 1930 y 1945, la que vinculó estrechamente el Festival con el régimen nacional socialista. Winifred jamàs renegó de su amistad íntima con aquella cigüeña hambrienta de alas extendidas, vestida con trajes cruzados y corbatas elegantes, que chasqueaba el pico confesando ser feliz cuando se alojaba en Wahnfried, la casa familiar de los Wagner, y que, cuando terminaban las representaciones anuales declaraba sentir lo mismo que cuando recogía el árbol de Navidad.

Finalizada la guerra, Winifred fue condenada por colaboracionismo, perdiendo la dirección del Festival en favor de sus hijos Wieland y Wolfgang, que habían crecido en contacto casi familiar con el “Tìo Lobo”, e hicieron todo lo posible por desvincular el Festival de la memoria de su régimen. Todo ello, por cierto, en contra del criterio de una hermana, Friedelind, que se enfrentó a su familia y se exilió a los EEUU con la ayuda de Toscanini. Wieland murió en 1966, y su hermano Wolfgang pasó a regir los destinos de Bayreuth durante los cuarenta años siguientes, siempre bajo la consigna no escrita de sepultar con silencio y coartadas artísticas el oscuro pasado del Festival.

Desde su llegada a la Colina Verde, Katharina Wagner, hija del segundo matrimonio de Wolfgang, y única directora artística del Festival desde 2015, se ha esforzado por alinear Bayreuth con el espíritu de época, ese Zeitgeist imperante que parece llevar el aforismo de José María Valverde grabado en sus cimientos. Más cercana al confesionario católico que a la predestinación luterana, Katharina Wagner hizo de la contrición uno de los ejes fundamentales de su labor: abrió los archivos a todos los investigadores interesados, creó en el pabellón-museo Siegfried, anejo a la casa familiar de Wahnfried, una exposición permanente sobre el turbio pasado, firmó como directora de escena una controvertida versión de Los maestros cantores en la que convirtió a Hans Sachs y a Walter von Stolzing en dos nacionalistas reaccionarios y alentó otras producciones que hicieron del trauma histórico de Bayreuth su principal objetivo.

El episodio más reciente ocurrió en la solemne apertura del 150 aniversario del Festival, el pasado mes de julio. Katharina Wagner cursó invitación para impartir una conferencia al conocido autor y presentador de televisión judeoalemán Michel Friedman, en su día vicepresidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania. Alegando motivos de seguridad, la conferencia fue cancelada por el Director Ejecutivo del Festival, Heinz-Dieter Sense, y su decisión minimizada por el Director Musical casi supremo de Bayreuth, Christian Thielemann, que se había comprometido a dirigir la música de autores judíos que habían de acompañarla. Ante la ola de críticas, Katharina Wagner rectificó de inmediato la decisión y se disculpó personalmente con Friedman. La conferencia, en la que éste se despachó a gusto sobre el “suelo contaminado” que pisaban, se celebró por fin, y la propia Katherina, una orquídea blanca en el misal, estuvo presente en el acto junto a otra gran crítica del pasado familiar, su prima Nike Wagner.

Hasta aquí algunos hechos y el reconocimiento sin ambages de la conducta éticamente inmaculada de Katharina Wagner como heredera familiar de Bayreuth. Se abren, sin embargo, no pocas dudas sobre su actuación como Directora Artística. En primer lugar, porque no todas sus producciones escénicas están a la altura de un Certamen sobre el que pesan herencias como la de Wieland Wagner (hitos como su Parsifal, de 1951, o Tristán e Isolda, de 1962), o acontecimientos como el Anillo del Centenario de Patrice Chéreau y Pierre Boulez de 1976. Ideas novedosas pero oportunistas como la alianza a ultranza con las nuevas tecnologías (realidad aumentada y gafas 3D, o la escenografía desarrollada en tiempo real por medio de la Inteligencia Artificial en la Tetralogía que actualmente se ofrece al público) no parecen estar a la altura de los logros de antaño.

Pero, en segundo lugar, por una duda aún más esencial: al Nulla aesthetica sine ethica puede y debe oponerse su reverso, Nulla ethica sine aesthetica. Eso hubiera hecho Nietzsche en su día, si hubiera conocido el aforismo, para afirmar que subordinar la belleza a la moral es destruir la raíz misma de la moralidad. En la misma época en que Valverde dimitía como catedrático de Estética, Susan Sontag afirmaba (Contra la interpretación, 1966), que ”exigirle al arte una validación ética es una forma de castración cultural, el intento de una sociedad temerosa de protegerse del poder perturbador y libre de la belleza”. Y hoy día, pasado el furor de la deconstrucción posmoderna, otros autores remiten además al temor a un nuevo puritanismo. En paráfrasis argumental: la función del arte no es hacernos mejores, sino recordarnos que los humanos somos capaces tanto de lo sublime como de lo monstruoso. Al cortar, como en el lecho de Procusto, sus aristas morales hasta que encajen en los valores del presente, no construimos un mundo mejor, sino que infantilizamos nuestra mirada.

Emilio Fernández Álvarez

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