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Las críticas a "Roberto Devereux" en el Real
Críticas en la prensa de Goyescas & Schicchi
Por Publicado el: 28/07/2015Categorías: Diálogos de besugos

Las críticas a «Don Carlo» en El Escorial

Don Carlo Escorial damas

 

He aquí algunas de las críticas publicadas en la prensa de difusión nacional a «Don Carlo» en el Escorial. Ponderadas las más, con sus más y sus menos, y más radical una de ellas.

ABC, 28 /07/2015

El pequeño gesto del gran «Don Carlo»

Hay que tener valor para interpretar «Don Carlo» en El Escorial tal y como ha hecho el Festival de Verano de aquella localidad. La ópera de Verdi es una referencia subversiva en un territorio dominado por el gran monasterio ideado por Felipe II. Todavía están frescas en la memoria varias polémicas como la suscitada a comienzos de los años noventa tras la prohibición de Patrimonio Nacional de una producción televisiva al aire libre, en el Patio de los Reyes, que prometía la presencia de directores como Leonard Bernstein y Franco Zefirelli.

Pesaba, pesa todavía, el mensaje de una obra que toma como inspiración el «poema dramático» de Schiller sobre el príncipe Don Carlos, hijo falto de Felipe II cuya muerte, aparentemente promovida por el padre, tantos argumentos dio para abonar la leyenda negra española.

El director teatral Albert Boadella ha hecho su primera aproximación a la ópera con «Don Carlo» en el Escorial, y prudentemente procura reorientar la obra hacia una fidelidad histórica que limpie cualquier atisbo de deshonra. Suena a prevención, absurda, sin duda, pues hace ya años que son muchos los historiadores que niegan la existencia objetiva de la leyenda, incluso quien la ve fruto de nuestra propia mala conciencia.

Pero Boadella abraza la «realidad» histórica (a su manera, bien es cierto: siempre inteligente, siempre intencionada, no siempre exacta) y muestra a Don Carlos en su degeneración física, explica el enamoramiento hacia la reina Isabel de Valois como rescoldo de una relación infantil, opta porque el príncipe se mate para no dejar dudas sobre terceros, apunta a un amor algo más que amistoso entre Don Carlos y el marqués de Posa, y entresaca cierta lujuria en el comportamiento de Felipe II.

Prueba conseguida, sobre todo porque, como el propio director explica, se hace sin cambiar el libreto, dejando intacta (sic) la partitura (esto es más discutible en una ópera con varias versiones incluyendo la que se ha pergeñado en El Escorial) y todo se refiere a través de la interpretación teatral.

Se llega así a un aspecto interesante de esta producción que reafirma el valor inconmensurable de los promotores dispuestos a poner en escena una ópera cuyas exigencias artísticas son monumentales. Escénicamente el espacio se reduce a un rampa inclinada con trampilla central hacia la tumba de Carlos V. Algún detalle acaba por matizar el ambiente: el moralizante y satírico «Jardín de las delicias» para evocar el de la reina, unas cadenas colgantes sugiriendo la prisión…

Un desarrollo justo, precario a veces, porque el propio gesto lo es, en la disposición escénica y en la actuación de los intérpretes, a veces reservados y prudentes… aun queriendo ser valerosos. Alberto Gonzáñez Lapuente

Ketevan Kemoklidze lo ejemplificó el sábado con un «O don fatale»para el que reservó su mejor pólvora. En esa perspectiva hay que situar la presencia de José Bros, siempre exigente, muy profesional, ensanchado ahora a una expresividad más dramática y entregado a la causa con elocuencia. Johnn Relyea hace un solvente Felipe II, algo constreñida la emisión, y Simón Orfila un muy saludable Frate. Otros colegas pusieron más de manifiesto el cansancio de un estreno rodeado de una formidable expectativa y que aplaudió un público entregado y disfrutón. No es baladí la presencia de Felipe VI en el ensayo general y el anuncio en alguna función del rey Juan Carlos.

Parte sustantiva de la buena acogida depende del maestro Maximiano Valdés que saca lo que puede del Coro de la Comunidad de Madrid y mucho más de lo previsible de la ORCAM redondeando así esta muy voluntariosa hazaña. Recuérdese que cuando se construyó el Auditorio de El Escorial, en 2006, desde la Comunidad de Madrid se habló de la intención de construir un «pequeño Salzburgo».

Con el tiempo («piano, piano, si va lontano») se ha logrado cumplir el cincuenta por ciento de los objetivos: el festival es pequeño pero no es Salzburgo, de manera que el éxito convendrá concretarlo en el valor simbólico antes que en la contundencia de un «Don Carlo» de ley, potente, definitivo, apabullante dramática y musicalmente. Impasible ante la polémica. Alberto González Lapuente

Don Carlo Escorial conjunto

EL PAÍS, 27/07/2015

La cara oculta de Don Carlo

Se ha dicho tanto de este Don Carlo de Boadella, perdón, de Verdi, que no sabe uno qué añadir. Quizá lo primero sea que Boadella es un genio de la promoción, lo que pasa es que tampoco lo hace mal como hombre de teatro. Cuando Don Carlo se puso en el Teatro Real en 2001 quedaba viejuno y fuera de lugar hablar de la leyenda negra y todo eso; ahora, no se habla de otra cosa. Pero Boadella percibió que llevarla a El Escorial; donde ha habido un par de vetos a que el Felipe II y los suyos, en versión Verdi, alteraran los ecos de los reales sitios; tenía mucho morbo. Pues bien, ahí está, y aunque el Auditorio no es el Monasterio, está a pocos metros.

Don Carlo es una ópera históricamente inverosímil, pero sería justo decir que todas lo son. Que alguien crea que una ópera refleja alguna realidad histórica es para hacérselo mirar. Pero Don Carlo es, además, algo digno del Ministerio del tiempo: Felipe II y su entorno se mueven en una lógica del siglo XVI, Don Carlo y su amigo, el Marqués de Posa, son personajes arquetípicos del iluminismo del siglo XVIII, y la historia de amor entre Don Carlo y su madrastra la reina Isabel de Valois, es del XIX. Todo esto se revuelve y queda una cosa muy rara que, no obstante, Verdi convierte en una experiencia artística trascendental al revelar las tensiones ocultas de personajes movidos por fuerzas históricas y emocionales que los dominan. Para hacer de esto una historia coherente hacía falta Shakespeare, a quien Verdi recurrió casi a continuación.

Boadella recurre a una introspección actoral que es una bendición para esta ópera (y, seguramente, para todas); pero, sobre todo, convierte a Don Carlo en el desequilibrado y tullido que está mucho más cerca de la autenticidad que el heroico y ahistórico personaje de Schiller. Esta jugada tiene muchos más aciertos que los que pudiera traslucir la supuesta verdad histórica y a Boadella no se le escapan, es mucho más teatral.

A partir de ahí, el resto es trabajar como a Boadella le gusta, con rigor en el detalle y una teatralidad conceptual, nada que ver con las desfiguraciones al uso en la moderna moda operística. Y el resultado está a punto de llegar a ser magistral, con escenas de serena belleza, como las de la corte de la reina Isabel, que te atrapan, pero el final le puede, se le acaba la gasolina a partir de la tonta muerte de Posa.

Con todo, el resultado global es magnético, una sensación ingrávida de tristeza que indica una mano maestra en la materialización escénica.

No hay buen resultado sin un equipo coherente, y este es otro de los logros de esta producción. La orquesta y el coro, de la ORCAM reforzadas por la Verum, se aplican con ganas y buenos logros, mejor la orquesta que el coro. Los secundarios no permiten que baje el nivel y, como colofón, un plantel de protagonistas excelso. Destacan el bajo canadiense John Relyea como Felipe II, con voz redonda y sonora en todo el registro de este difícil papel, y el tenor José Bros, que escenifica un Don Carlo extraordinario en lo actoral, con su permanente desequilibrio casi epiléptico, y una aportación vocal de mérito. En orden decreciente, pero sin desmerecer nunca, hay que citar la Princesa de Éboli que canta la mezzo georgiana Ketevan Kemoklidze, la Isabel de Valois que encarna la soprano argentina Virginia Tola y la versión del Marqués de Posa que brinda el barítono catalán Ángel Ódena, suficiente en lo vocal pero más errática en lo escénico que sus compañeros. En el podio directorial, merece elogio el retorno del chileno Maximiano Valdés. Todos ellos convierten este Don Carlo en una apuesta ganadora. Jorge Fernández Guerra

Don Carlo Escorial Carlo

EL MUNDO, 27/07/2015

Boadella ‘suicida’ a ‘Don Carlo’

Parecía abrumado Albert Boadella en el trance de los saludos. Se ruborizaba con los aplausos de los espectadores, unánimes anteanoche en plebiscitar al montaje de Don Carlo que el dramaturgo catalán concibió a unos metros de la tumba de Felipe II para sacudir y sacudirse el tópico o el mito de la España negra.

Jugaba en casa Boadella. No iban oponerse los vecinos de El Escorial a la rehabilitación del emperador. Ni a la implícita reivindicación de la monarquía. Implícita y hasta explícita, pues sucedió que Felipe VI quiso adherirse al ensayo general y fotografiarse con Felipe II [el bajo canadiense John Reylea] en una escena pintoresca. Se reconciliaban a título corporativo los Habsburgo y los Borbones. Y se producía un efecto mercadotécnico, publicitario, para el montaje intervencionista de Boadella.

Intervencionista quiere decir que el director de escena somete la ópera de Verdi y la obra embrionaria de Schiller a las obligaciones con la historia. Explica Boadella en sus «notas al espectador» que urgía rehabilitar la personalidad de Felipe II en su complejidad y su dimensión renacentista, pero la verdadera y radical intervención concierne a la figura del infante Carlos [Don Carlo], expuesto en El Escorial como un sujeto tullido, desquiciado, epiléptico, obsesivo, destructivo. Y caricaturizado en una suerte de Quasimodo.

Es la contrafigura al héroe romántico y libertario que retrató Schiller, no sólo heredando el valor propagandístico del teatro [o contrapropagandístico], sino atraído por la construcción fantasiosa de un hombre puro, arrojado a la Inquisición, a la ira patena, frustrado por un amor imposible, e implicado en el proceso secesionista de Flandes.

Supongo que Boadella habrá tenido la tentación de compararlo a Artur Mas en el contexto soberanista y antimonárquico, pero su concepción narrativa de Don Carlo no llega tan lejos. Y no por falta de ambiciones. Tantas ambiciones que transforma la ópera sin tocar el libreto. Le concede un sesgo narrativo historicista. Y finaliza la trama a su antojo con el suicidio del infante, de tal forma que pierde sentido la modestia que Albert Boadella atribuye a sus intenciones en el escrito introductorio del espectáculo escurialense.

No cabe la modestia con Don Carlo. Por la dimensión descomunal de la ópera. Por el debate musicológico que suscitan sus cuatro versiones y siete adaptaciones. Por los requisitos de un reparto tan numeroso como cualificado. Por la importancia crucial del coro. Por las exigencias de una orquesta poderosa, sensible, constreñida a trasladar al escenario un sonido magmático en la búsqueda del claroscuro verdiano.

Se explica así el desafío que implica a hacer Don Carlo y se entienden por idénticas razones las dudas y hasta las decepciones que comportó el estreno sabatino. Es difícil hacerla rotunda y verosímil con las limitaciones que presenta la Orquesta de la Comunidad de Madrid. Sonó voluntariosa y entusiasta a las órdenes de Max Valdés, pero reviste bastante temeridad que un proyecto tan megalómano como Don Carlo haya pretendido llevarse a término con unos medios tan precarios. Ahora que están de moda en política las metáforas ferroviarias y náuticas, podría decirse que el problema de este Don Carlo estribó en la sala de máquinas y en la precariedad de algunos cantantes.

No fue el caso de John Reylea (Felipe II) ni de Ketevan Kemoklidze, aclamados ambos en sus pasajes de gloria, pero Josep Bros, aun refinado y valiente en los agudos, tuvo dificultades para soportar el peso del papel protagonista, del mismo modo que Virginia Tola hizo de Elisabetta un personaje vocalmente metálico e ingrato.

Aclamaron a ambos, como aplaudieron el oficio de Ángel Ódena y Luiz Ottavio Faria, aunque este evidente consenso no puede desvincularse de la actitud condescendiente y veraniega del público. Y beneficiosa para Boadella, cuyo didáctico espectáculo se resiente de una cierta pobreza escénica, incurre en algunas cursilerías [la más evidente son las mocedades de Carlos e Isabel] y acierta en las soluciones conceptuales.

Empezando por la plataforma cuadrangular [¿una lápida premonitoria?] en la que los personajes parecen desenvolverse como figuras de ajedrez. Felipe II recupera, entre ellas, la dignidad que le cuestionan Schiller y Verdi, pero cabe preguntarse si la dramaturgia debe atribuirse una responsabilidad didáctica e histórica, cuando los mencionados autores recrearon una ficción y cuando culminaron, por si hubiera dudas, la misma obra con la aparición de un fantasma, el espectro de Carlos V. Ruben Amón

Ópera rica, ópera cara

El ‘DonCarlo’ de El Escorial tiene un hermano rico en la Metropolitan Opera de Nueva York. Rico por su ‘casting’, por su equipo técnico y por la grandísima orquesta del MET. No pasa nada, nadie espera que El Escorial sea Manhattan, no siempre se puede ser el mejor.Lo que sí ha causado malestar en algunos aficionados es la comparación de los precios. En Nuerva York, la entrada más barata couesta 30 dólares (27,3 euros) y la más cara, 475 dólares (432 euros). Por en medio, hay butacas para todos los niveles. ¿Y en El Escorial? Si se hubiese comprado la entrada antes del 4 de abril, el billete más barato estaba en 90,25 euros.Después, el precio se encareció en un 20%.O sea: 118 Euros la butaca normal y 150 euros la Butaca Oro.

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LA RAZÓN, 27/07/2015

«Don Carlo» rompe su maleficio

Intérpretes: J.Bros, J.Relyea, A.Ódena, K.Kemoklidze, L.O.Faria, S.Orfila, S.de Munck, A.Toledano, G.López. Orquesta y Coro de la Comunidad de Madrid. Dir. escénica: A. Boadella. Dir. musical: M.Valdés, Teatro San Lorenzo de El Escorial, 25-VII-2015

No ha sido nada fácil la andadura de «Don Carlo» en El Escorial, lugar con el que en realidad guarda poca relación, ya que el infante murió a los seis años de comenzar la construcción del monasterio, a la que, eso sí, Felipe II se refiere –«Dormiré solo en la cripta del Escurial»– en una de las más célebres arias de todo el repertorio para bajo. De ello se hablará en la mesa redonda programada el lunes en el teatro. También de cuántas veces se ha intentado fallidamente representar en la villa por la negativa de instancias superiores. Pero, ya en 2015, laspresencia en las funciones de los Reyes, padre e hijo, permite abrir un camino hasta ahora cerrado. Y desde este punto de vista, de segunda piedra, tras la primera de Muti en el concierto en la inauguración del teatro en 2006, es como hay que juzgar el espectáculo ofrecido en una villa en la que, a trancas y barrancas, se intenta hacer música con un presupuesto ridículo.
Toda ópera se basa en una partitura, genial en este caso; un texto que aquí convirtió en realidad unos hechos ficticios al lograr trasladarlos a la literatura y a lamúsica y, a través de ambos, al bagaje popular. También en un tercer componente visual, con el que Boadella juega para plantear la lectura más «española» de cuantas se han ofrecido años ha, intentando desbaratar la leyenda negra. Su trabajo denota amor por la obra musical y seria profundización en la misma, si bien aún cabe más en esta exploración. El detalle de los niños al inicio permite recordar lo que sucede en el eliminado primer acto de Fontainebleau; los cuadros del Bosco y Tiziano o los jardineros cuidando flores ayudan a mostrar a un Felipe II menos espiritual del habitual, si bien la figura del monarca no acaba de redondearse por la insulsa actuación del bajo John Relyea, de buena voz y presencia, que justo sobreactúa en el momento en que mayor contención se precisa: el de la gran aria. Excelente trabajo en cambio el de Boadella con José Bros para conformar un Carlo disminuido mental y físicamente, absolutamente contrapuesto a la visión habitual del personaje. El tenor ha tenido que medir cuidadosamente sus fuerzas y realiza un trabajo admirable tanto escénica como vocalmente, sabiamente valorado al final por el público, más aún considerando que su voz no es en principio la más adecuada para un papel que el gran tenor Mario del Mónaco –hoy celebramos su centenario– jamás cantó en su vida, ni siquiera ante la propuesta de Karajan, porque «uno se pasa cuatro horas desgañitándose, sin un auténtico aria, para que finalmente triunfen siempre los demás».
Una Éboli de lujo
Montaje analítico, minimalista, con un rico y vistoso vestuario de época, no exento tampoco de fallos como el de Posa, quien por cierto se figura como «enamorado» de Carlo, a quien llega a besar y que Angel Ódena incorpora con calidad. También Simón Orfila, un lujo como fraile, y Luis Ottavio Faria como Gran Inquisidor, casi llegándose a contrastar las gravedades de rey y sacerdote en su bellísimo dúo. La soprano lírica Virginia Tola ha mejorado mucho, se reserva para ese último acto con aria y dúo, en los que hizo filados y pianos de nivel. Pero, como suele suceder cuando hay una buena artista, Éboli se llevó el gato al agua y Ketevan Kemoklidze bordó los cuatro minutos del «O don fatale» y además lució personalidad.
Boadella mezcló las versiones italiana y francesa, cortando grandes concertantes del auto de fe y el final de la escena de la prisión, al que en cambio incorporó el «lacrimosa». Quiso tener a su lado a un maestro musical cómodo y lo obtuvo con Maximiano Valdés. «Don Carlo» es coral y orquestalmente un gran Verdi. que precisa conjuntos de enorme nivel y esta vez el foso de El Escorial, a pesar de su indudable dignidad, no es –ni podemos pretender que sea– el de los grandes teatros del mundo que visitamos algunos críticos.Verdi escribió a su editor Ricordi: «Todo mi Don Carlo es falso». Boadella no destruye la leyenda negra sino que intenta matizarla y el final de la obra es clave tanto en sus deseos como en las dificultades que encuentra. «Yo quiero un doble sacrificio» exige Felipe II y contra este texto poco puede hacerse. Sí se ha hecho camino al andar: «Don Carlo» ha superado su maleficio escurialense y ahora es cuestión de avanzar hasta lograr que se haga realidad alguna propuesta similar a las que sobrevolaron años ha, como la del film de Zeffirelli y Bernstein o la de Maazel con la Filarmónica de Viena. Avancemos. Gonzalo Alonso

 

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