¿Por qué no pudo ser así? Für Elise de Beethoven
¿POR QUÉ NO PUDO SER ASÍ? FÜR ELISE, DE LUDWIG VAN BEETHOVEN

Ludwig van Beethoven
Era plenamente consciente de su incipiente sordera. Hacía unos años que empezó a manifestarse su pérdida de audición y sabía que le iba a incapacitar para mantener relaciones con otras personas, lo cual ya le suponía una manifiesta incomodidad y amargura en su carácter. Ese estado anímico le llevó ya entonces a decir: “nunca rompas el silencio si no es para mejorarlo”.
No había del todo perdido la esperanza de formar una familia, como le había ocurrido a su hermano Kaspar Anton Karl. Su máxima ilusión era tener una hija para volcarse en su educación y conformar a una mujer culta, a poder ser violinista, pensando en la adecuación musical de su creación de futuras composiciones para piano y violín.
Con tales pensamientos inició su vespertino paseo por el Prater vienés en el que la ya asentada primavera había creado una sinfonía de colores vivificantes en flores y en sonidos del trino de las aves. Era la hora en que, con un día soleado como aquel, la alta burguesía y la nobleza gustaba dejarse ver.
Ensimismado con sus pensamientos, en un momento determinado vio acercarse a una amiga suya, la soprano Anna Milder-Hauptmann -quien años más tarde sería la primer intérprete del personaje Leonora de su única ópera Fidelio. Le agradó el encuentro hasta tal punto que se sentaron en uno de los bancos de madera de un parterre próximo.
Ludvig se interesó por sus progresos como cantante, mostrando satisfacción por cuanto le mujer le contaba,
– Le prometo, Anna, que dentro de unos días iré a escucharle en los ensayos de canto que hace en Konservatorium der Gesellschaft der Musikfreunde. Hace más de un mes que no paso por allí.
– Maestro, quedo muy agradecida por la benevolencia que tiene para conmigo – dijo un tanto nerviosa la joven – pero me temo no estar al nivel de cuanto pueda esperar de mí.
Esa sumisión gustó al ego de Beethoven por lo que, en modo condescendiente, respondió,
– No se preocupe, el estudio es algo permanente en el aprendizaje de la música. Siempre hay que estar aprendiendo. Dígamelo a mí, que mi cabeza no para de crear melodías que luego he de saber colocarlas en el piano junto a la armonías adecuadas.
Ante le silencio de la mujer, haciendo él muestra de agrado con el encuentro, le preguntó,
-¿Qué tal van las clase de piano a sus niñas?
– Bien, Maestro, bien. Por cierto, tengo una alumna a la que me gustaría que la escuchara. Creo que está dotada de unas especiales habilidades ante el teclado. Se llama Elise Barensfeld, vive aquí en Viena y procede de una familia muy acaudalada.
La última valoración le removió la caja de los pensamientos de que la suerte también se viste de gala y, dada su no holgada situación económica, pensó que la ocasión era favorable para dejar atrás el traje de la duda, ya que a sus cuarenta años aún necesitaba de mecenas que le ayudasen a tener una residencia vienesa estable y en condiciones.
– Me alegra lo que me dice, Anna. La semana que viene iré a oírle cantar y entonces concertaremos una audición de Elise en mi casa. Ahora permítame que le deje pues está empezando a refrescar con el viento que viene de los montes Scheenberg y he de cuidar mi salud.
Al cabo de una semana, Beethoven se acercó, antes del mediodía, al Konservatorium der Gesellschaft der Musikfreunde. En la entrada un criado con librea le saludó ceremoniosamente, respondiendo el compositor con la cortesía de destocarse el bajo sombrero de copa con el que se cubría. Subió a la primera planta y enseguida tuvo acceso a la pequeña sala donde Anna impartía las clases de piano a niñas de familias de la alta burguesía vienesa. Ésta al verle acudió sonriente al encuentro, siendo correspondida por Ludwig con el mismo gesto facial.
– Muchas gracias, Maestro, es un gran honor para mí y para todas estas jovencitas. ¡Gracias, gracias, gracias! – a la par que tomándole la mano derecha se inclino en ademán de reconocimiento, gesto que fue agradecido por el compositor.
– Le dije que vendría y aquí estoy cumpliendo con mi palabra. Otro día la oiré cantar; ahora quiero escuchar a la pequeña Elise.
Anna Milder-Hauptmann, solícita, se acercó a un grupo de jovencitas (la menor con 8 años y la mayor de 15) y tomando la mano de una de ellas se acercaron a donde estaba el compositor, diciéndole ésta:
– Mi querido Maestro, le presento a Elise Barensfeld, mi más aventajada alumna. Tiene 14 años y es la hija pequeña del barón Hermann von Barensfeld, que posee un importante negocio de hilaturas a las afueras de la ciudad y vive en el número cuatro de Ringstrasse.
A la jovencita el rubor se le difuminó en el rostro haciendo, a la vez, una leve reverencia, algo que a Ludwig le llenó de satisfacción a la par que le decía:
– Por favor, Elise, quiero escuchar tu hacer frente a las teclas del piano de tu profesora.
Beethoven quedó sorprendido cuando escucho a Elise interpretar su Die Wut über den verlorenen Groschen en sol mayor, Op. 129 que había escrito a finales del siglo XVIII y editada por Artaria en 1804.
– Me agrada mucho que hayas escogido esta obra de mi juventud. Seguro que Anna te no ha indicado. Ella me acompañará el martes de la semana que viene a visitar a tu padre, Herr Hermann, a fin tener el gusto en conocerle y solicitar su permiso para que pueda darte clases en mi vivienda que está en la segunda planta de la casa número 6 de Probusgasse, llamada de Pascualati.
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Ludwig estaba muy satisfecho con los veinte ‘guldens’ que recibía mensualmente de Hermann von Barensfeld, amén de por ser invitado, en varias ocasiones, a su señorial mansión donde se celebraban importantes academias musicales. Tal agradado le suponía tratar con personas pertenecientes a las clases sociales de la alcurnia vienesa.
Por aquel entonces se encontraba, concretamente el 27 de abril de1810, empezado a revisar, por tercera vez, su única ópera Fidelio, oder die eheliche Liebe, Op. 72; particularmente su obertura. Acababa de terminar la clase de piano que daba semanalmente a la joven Elise. Se había congratulado con los avances artísticos de ésta, pero su ánimo de permanente inconformista necesitaba remansar su fogoso espíritu, algo a lo que siempre llegaba después que Frau Barensfeld acabara cada sesión.
En ese estado, se sentó ante el piano y con sosiego, cuajado en añorante pensamiento de la hija que nunca tuvo, empezó a teclear con la mano derecha Mi – Re# – Mi – Re# – Mi – Si – Re – Do – La en modo reiterativo, pulsando con la izquierda las notas graves de La – Mi – La. A los cuatro minutos, en compás 3/8, había dado el cierre a aquella bagatela musical que tanta paz emocional le estaba causando.
Cuando terminó de componerla la pasó al papel pautado, escribiendo en su cabecera ‘Für Elise’. Después, la enrolló atándola con una cinta de color azul. A la semana siguiente, el 1 de mayo, se la entregó a su alumna, diciéndole – Por favor no la abras hasta que llegues a tu casa. ¡Gracias por tu bondad! Manuel Cabrera





















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