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Por Publicado el: 20/09/2018Categorías: Sin categoría

Crítica: Gounod con lazo amarillo

Escena-"Faust"

Escena de «Faust»

Faust Teatro Real

Gounod con lazo amarillo

“Faust” de Gounod. Piotr Beczala, Luca Pisaroni, Marina Rebeka, Stéphane Degout, Isaac Galán , Serena Malfi, Sylvie Brunet-Grupposo. Àlex Ollé, dirección escénica. Alfons Flores, escenografía. Dan Ettinger, dirección musical. Orquesta y Coro del Teatro Real. Madrid, 19 de septiembre de 2018.

El Real abre temporada con “Faust”, ópera que se representó por vez primera en 1865, seis años después de París, siendo uno de los títulos más repetido hasta 1925 y que se vio en 2003 con Richard Leech alternando con Aquiles Machado, Mariella Devia y Roberto Scandiuzzi. Es una de las partituras más populares de Gounod, basada en la obra de Goethe, pero con texto mucho más breve. Gounod estuvo de joven en Alemania, donde conoció y entabló amistad con Mendelsohn y se bañó en la cultura del país. Su “Faust” es por eso casi tan alemana como francesa y es Alemania uno de los países donde más éxito tuvo a pesar de las críticas por haber banalizado el mundo de Goethe. Curiosamente allí se la conoció casi más con el título de “Marguerite”. Como ópera ha experimentado múltiples enfoques escénicos.

La Fura dels Baus lleva años profundizando en un personaje que parece perseguirles y en las diversas obras en las que aparece. Esta producción, que fue estrenada en Amsterdam hace cuatro años –no veo por lado alguno lo de “coproducción”- con buena recepción y reparto de lujo (Michael Fabiano, Irina Lungu, Mikhail Petrenko. Marc Minkowski), considera que Faust es un hombre de ciencia que no ha vivido y que crea en su laboratorio, utilizando una gran máquina que bien podría ser el cerebro humano, los personajes que le hubiera gustado vivir y que llegan a caer en lo grotesco. Faust viene a ser un cobarde al que Mephisto, convertido en su alter ego, le proporciona el coraje para actuar. Todo esto y más es lo que nos cuentan para explicar el montaje y añaden a “Steve Jobs” como anzuelo, mezclando churras con merinas. La escena está en continuo movimiento pero no presenta tantos artilugios como es habitual en la Fura, si la urna llena de agua con un ebrio Baco sumergido en ella.

Para que no nos acusen a los críticos de poco positivos, brindo a los registas una idea más simple y cabal. El viejo Fausto padece apnea y le colocan una cpap, por lo que al fin puede dormir en condiciones y soñar. Y su sueño es la ópera. Al final Mefistófeles, en vez de sentarse en su sillón, le quita la cpap.

Escena-de-"Faust"

Escena de «Faust»

También se califica como tragicomedia, pero yo sólo he sonreído -y no positivamente- al ver a Mefistófeles convertido en Cristo crucificado en pañales o con el popular desfile militar que, ahora, lo es de enfermeras tetudas de la Cruz Roja, curanderas de los soldados. Pero sí, sí, tragicomedia, como se vio al finalizar. Luca Pisaroni recibió algún abucheo no merecido, aunque su voz esté lejos de ser la de un barítono bajo, la adecuada al papel. Más abucheos para Dan Ettinger, el director de orquesta, que confundió el eludir la “cursilada y pretenciosidad” –eso dicen algunos, aunque con cierta razón en algunos casos- de la música francesa con los decibelios, perjudicando a los cantantes y al coro, al borde del grito en más de una ocasión. Pianos… ni uno.

Pero el abucheo final llegó al aparecer los representantes de Alex Ollé y su equipo. Primero intensos, luego con todo el teatro gritando “¡Fuera, fuera!” cuando el público se percató que algunos de ellos llevaban lazos amarillos. Luego se gritó “¡Viva el Rey!”, presente en el palco junto a la Reina, y hubo que bajar el telón.

Afortunadamente había un tenor y una soprano. Piotr Beczala debutó en el Real con un concierto en 2009 en el que deslumbró en la propina: un amplia aria desconocida de “La casa embrujada” de su compatriota polaco Moniuszko. Vuelve ahora como uno de los tres tenores más relevantes del presente y tras haber triunfado en Bayreuth como Lohengrin sustituyendo a Alagna. Voz de tenor, de auténtico tenor, aunque le falte un punto de comunicación. La voz para el primer acto, que se corresponde con un anciano, es más oscura que la suya y Beczala no trata de lucir su timbre de oro en él, sí en el resto de una partitura que le va como anillo al dedo, salvo por los decibelios orquestales. Marina Rebeka aportó una voz de bello timbre, más sólida arriba que abajo, caudal, coraje y comunicación. Stéphane Degout, aunque entregado, es un barítono demasiado lírico para Valentín y el resto del reparto mantuvo un buen nivel.

No se si esta inauguración de temporada, con un público plagado de invitados populares de la vida social española en todo su espectro, ha sido la más conveniente para el Real tras el traspié de la Zarzuela ni creo que en sus alturas estén contentos con ella. Ni Goethe no Gounod llevaron lazo amarillo. Gonzalo Alonso

Palco-real-Faust

Palco real Faust

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