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FIESTAS MUSICALES EN CANTABRIA
Orfeo y Euridice en el Teatro Real: Ópera bailada
Por Publicado el: 18/07/2014Categorías: Recomendación

FIESTAS MUSICALES EN CANTABRIA

 

Nikoleta Kapetanidou

FIESTAS MUSICALES EN CANTABRIA

28 días de fiesta que preceden a otra que a su vez comenzará el 4 de agosto con John Eliot Gardiner (el Festival Internacional de Santander). Hablo ahora de un conjunto de actividades musicales que, por organizarse y gestionarse desde un lugar como la Escuela Reina Sofía, no puede ser considerado como otro festival, aunque también tenga mucho de eso. Se trata de un invento llamado Encuentro de Música y Academia de Santander, que es exactamente lo que su propio título indica de manera meridiana: una reunión entre el cómo, los porqués y la consecución última del proceso que hay que seguir desde que se abren las páginas de una partitura hasta que esta queda totalmente transformada en auténtica música; en castellano de a pie, hasta que se escucha. Y si se quiere, en otras palabras, ese proceso (muchas veces, sino siempre, un auténtico milagro) que solemos llamar interpretación de una obra de música clásica. Paloma O´Shea, el alma de todo esto, lo ha llamado Encuentro, que es una palabra bien bonita pero que significa mucho: un lugar, una gente y algo que une, en este caso, la música.

      Efectivamente, entre el uno y el 27 de julio se está celebrando en la capital cántabra y unos cuantos otros maravillosos lugares de la Comunidad la ya decimocuarta edición del Encuentro. Y la idea sobre la que se gira no puede ser más sencilla: juntar a maestros que lo saben todo acerca de la cosa musical con jóvenes que saben menos pero a los que se les ve venir. Es decir, se realiza una selección de jóvenes músicos de demostrado talento y, durante un mes, se les ofrece la posibilidad de preparar en el aula junto a esos maestros aquellas músicas que luego se escucharán en las diferentes salas de conciertos elegidas al respecto. Se quiere así mostrar los resultados de la totalidad  de un proceso, que se realiza en tiempo real. Pedagogía pura y dura, pero aplicada con un criterio que, como poco, se puede calificar de modelo de democracia en la construcción del gran castillo musical, o sea, de la obra en sí transformada ya en sonido, o lo que es lo mismo en música real . Lo he comprobado personalmente; he visto cómo se prepara una versión, cómo el profesor de turno comparte con los chicos los esbozos de la nueva recreación, cómo se va modelando cada pasaje, cada sección de una obra, cómo entre todos se acaba construyendo un determinado mensaje que tiene toda la fuerza de la individualidad y la grandeza de la creación colectiva. Al final, los resultados conseguidos podrán ser unos u otros, pero lo cierto es que con experiencias de este tipo se están plateando maneras de afrontar la interpretación musical bien distintas de las habituales: no llega el señor que manda y, situándose delante de los músicos, emite la orden correspondiente. Aquí se cohabita.

       Pero ¿cómo se instrumenta todo esto? Primero: hay un líder. Este es la Escuela Reina Sofía, que, de entrada, escoge a los alumnos. De sus propias aulas (lo que ya es una garantía, pues los niveles de excelencia ahí son brutales), pero también de otras escuelas europeas de similares características, sitas en Londres, París, Berlín, Budapest, Basilea, Praga, Roma, Bruselas,etc. En segundo lugar se trabaja para conseguir un profesorado de altura: este año, Zakhar Bron y Ana Chumachenco (violín), Nobuko Imai (viola), Valentin Erben (violonchelo), Felix Renggli (flauta), Michel Arrignon (clarinete), Claudio Martínez Mehner (piano) y Helen Donath (canto), a los que se unen Fabián Panisello, Péter Csaba y Jesús López Cobos (que inauguró el Encuentro con la Novena de Mahler. Y en tercer término, y como para organizar y llevar adelante un  proyecto de semejante tamaño es necesario poder contar con una tupida red de patrocinadores, se realiza un ímprobo trabajo de búsqueda de mecenazgos, sin duda hoy por hoy mucho más ímprobo: el Encuentro cuenta con 22 patrocinadores generales, capitaneados por el propio Gobierno de Cantabria, a los que se añaden casi una decena más de patrocinios puntuales.

      Por último, los resultados de todo el proceso pasan después a la sala de conciertos. En Santander, al Palacio de Festivales (Salas Argenta y Pereda) y al Palacio de la Magdalena. Pero también a 22 puntos más de Cantabria, entre los que se encuentran lugares tan emblemáticos como el Museo Diocesano de Santillana del Mar o la Iglesia de Santa María de Cayón, dos de ellos, pero que pongo como ejemplo, porque tuve la oportunidad de asistir a un par de conciertos allí celebrados. En la iglesia románica de Nuestra Señora de la Asunción se dieron cita cuatro jóvenes intérpretes provenientes de Hungría, Rusia (2) y Polonia. El nivel fue muy bueno, particularmente en el caso de la flautista Bernardett Bálin, que desplegó el mismo (y excelente) dominio técnico que sus compañeros, pero haciendo más música. En realidad, en la Escuela Reina Sofía se hace a diario un esfuerzo titánico para hacer ver a los jóvenes que la prisa es mala, y que solo con técnica no se hace la verdadera música. Al día siguiente fui a Santillana del Mar, donde asistí a otro concierto. Comenzó este con una Chacona de la Partita núm.2 para violín de Bach, tocada por una chica, Marta Wasilewicz,  nacida en 1992, en Polonia, que disfruta de una beca de matrícula y residencia de la Fundación Albéniz. Vaya música, y con esa edad… Pero es que a continuación apareció (¡para hacer nada más y nada menos que Wolf y Mahler –el espeluznante Um Mitternacht-¡) una tal Anna Moroz (ucraniana), también becada en la misma modalidad: ¡vaya voz se gasta la muchacha, qué color, y que sentido musical! Y no acabó ahí la cosa: si la mezzo Anna Moroz sorprendió, no fue menos gratificante la impresión causada por la soprano griega Nikoleta Kapetananidou, que hizo un espléndido Schoenberg y un muy estimable Richard Strauss. En fin, a las dos les queda camino, pero la voz y el talento están ahí.

      Dos días antes asistí a otro concierto en Santander, donde un grupo de alumnos tocó muy, muy bien, pero en el que los protagonistas esta vez fueron los veteranos Zakhar Bron y Peter Csaba. El primero, un asiduo en estos encuentros, tuvo la generosidad de regalarnos la maravillosa sonata de Richard Strauss, una hermosa y difícil pieza de juventud que nunca se toca, se programa o se graba en disco. El señor Csaba, por su parte, dirigió un Pedro y el lobo de Prokofiev ilustrado y narrado. Fue una auténtica delicia.      

      A partir de mañana y, como he dicho, hasta el día 27, el proceso sigue en marcha. Así, el sábado 19 prosigue la celebración del 150 aniversario de Richard Strauss, en el que la gran Helen Donath, acompañada al piano por Duncan Gifford, hará tres lieder del autor bávaro. Y el concierto se completará con la Sonata para violonchelo y piano op.69/3 de Beethoven y el descomunal Octeto D.803 de Schubert, en el que intervendrá como primer violín Ana Chumachenco. Y al día siguiente, igualmente en el Palacio de Festivales, se podrá escuchar el Cuarteto en La menor de Mahler, junto a otra obra tan inusual como las Dos piezas para octeto de cuerda op.11 de Shostakovich. Junto a las infrecuentes y totalmente maravillosas Bagatelas para dos violones, violonchelo y piano. Op.47. para cerrar con una nueva entrega del ciclo sonatístico de Beethoven: la muy popular Sonata Kreutzer  Y en fin, esta es solo una pequeña muestra de lo que queda, cuya última entrega tendrá lugar el sábado 26 con el gran Sexteto de Poulenc, en la Sala Pereda .  Sin duda, es fiesta en Cantabria. Pedro González Mira

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