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Por Publicado el: 25/03/2017Categorías: Diálogos de besugos, Sin categoría

Las críticas en prensa a «Rodelinda» en el Real

Comienzan a publicarse en papel las críticas a «Rodelinda» en el Teatro Real y, como habitualmente, deseamos que ustedes tengan una idea lo más completa posible de lo que son estas representaciones, comparando lo que expresan -que no siempre es lo que piensan realmente-  unos y otros críticos. En esta ocasión existen algunas unanimidades. Total en el caso del excelente contratenor Bejun Mehta y bastante compartida en cuanto a la inspiración de la dirección escénica de Claus Guth, aunque traiga demasiado a la memoria su anterior «Parsifal». Hay registas que descubren una idea y la prodigan por doquier. Hay en cambio opiniones diversas, como podrán comprobar, respecto al foso, con ABC bastante crítico al respecto.

LA RAZÓN

25/03/2017

Brillante fantasía

RODELINDA Música de George Frideric Handel. Lucy Crowe, Bejun Mehta, Jeremy Ovenden y Sonia Prina. Orquesta Titular del Teatro Real. Dirección musical: Ivor Bolton. Dirección de escena: Claus Guth. Teatro Real, hasta el 5 de abril. Madrid

Hemos asistido en el Teatro Real a lo que probablemente es el estreno escénico en nuestro país de esta hermosa ópera heandeliana. Se nos ha ofrecido una coproducción con la Ópera de Frankfurt, el Liceu y la Ópera de Lyon. Hemos podido de esta manera medir la grandeza de una partitura que se pudo escuchar en versión concertante hace cuatro temporadas en el Arriaga de Bilbao y en el Auditorio Nacional. Ya en aquellas ocasiones pudimos certificar que la obra, con libreto de Haym inspirado en Corneille era una obra maestra.

El personaje central de Rodelinda, una heroína de verdad, valiente, sincera, amorosa, que lucha por defender sus derechos ante la barbarie para proteger a su hijo (Flavio, que no canta y que en esta producción toma un especial potagonismo) y para velar el recuerdo de un marido (Bertarido) al que cree muerto. La parte fue escrita para la gran diva Francesca Cuzzioni. La ha remedado en esta ocasión la soprano lírica Lucy Crowe, voz ligeramente velada, pero igual, sonora, bien impostada, fresca, que ha cantado con aplomo y expresión dolorida, con alguna que otra apretura en pasajes de agilidad y algún que otro sobreagudo destemplado.

Sus arias lamentosas y, en particular, la gozosa «Mio caro bene», han sido bien dibujadas. A su lado el contratenor Bejun Mehta, de emisión suave y timbre homogéneo, ha construido un Bertarido perfecto y ha seguido los pasos del creador de la parte, el «castrato» Senesino. Magnífica su impetuosa «Vivi, tiranno!» Y espectacular su acoplamiento con Crowe en el maravilloso dúo «Io t’abbraccio». No han desmerecido el tenor Ovenden, de timbre ligero algo gangoso –demasiado claro para un papel que estreno Borosini–, que labró bien su bella aria «Pastorella», y el también contratenor Zazzo, de timbre más oscuro que Mehta. A menor nivel Prina, desigual de emisión y relativamente limpia en la coloratura, y sobre todo Chiummo, desentonado y tremolante. Muy bien el actor –ya no tan niño– Gómez como Flavio. Bolton, tras su triunfo en «Billy Budd», ha sabido cambiar de estilo y dirigir con tino, cuidado en las dinámicas, justeza en los ritmos, a un conjunto de unos cuarenta músicos en los que se insertaban dos claves, un laúd y flautas traveseras de época, que ha sonado afinada dentro de sus características y que ha sabido, a sus órdenes, «entender la retórica dramática, el tipo de fraseo y el temperamento», que era lo que el intentó comunicar en los ensayos. Todo ello se ha ajustado perfectamente a la situación dramática ideada por Guth, muy aplaudido la pasada temporada en «Parsifal» y que aquí, como en la obra de Wagner, centra toda la acción en una gran casa en medio de la nada, ante un cielo estrellado, en una especie de paisaje lunar, y con la presencia permanente de una imponente escalera. «Topografía del poder: todos quieren conquistar el dormitorio de Rodelinda en el piso de arriba», manifestaba el regista.

La gran mansión, blanca y giratoria, con estancias estratégicamente colocadas, sirve de base a toda la trama, que no hay que seguir al pie de la letra. Guth nos invita a emplear nuestra fantasía y a introducirnos en el meollo de la complicada historia de asesinatos, amores, odios y ambiciones, todo ello en el seno de una familia. Al igual que en «Parsifal», mientras suena la obertura se desarrolla ante nuestros ojos una escena muda que nos pone en antecedentes de una narración en la que Bertarido no es tampoco un ángel y en la que se hace omnipresente, en efecto, Flavio, el hijo, testigo silencioso de los sucesos, que construye una realidad paralela poblada de amenazadores fantasmas, que dibuja y que sólo él ve. Es elemento determinante de la acción, a la que, de un modo u otro, da cauce y en la que pasamos por alto algunas incoherencias.

Guth es un artista en la creación de situaciones, en la evocación de hechos y en la dirección de actores, milimétrica, exactísima, lo que da amenidad a la narración, en la que no faltan tampoco ciertos rasgos de humor y algunas salidas un tanto chuscas. De tal forma una ópera seria con toda la barba como ésta, plagada de arias «da capo» –aquí adecuadamente ornamentadas–, resulta muy llevadera. El público se lo pasó en grande y aplaudió varios de los números. Arturo Reverter

EL PAÍS, 25/03/2017

Con los ojos abiertos

¿Cómo contaría su hijo, abandonados ya los juegos infantiles con que lo despedimos, la muerte de su madre a manos de su padre, Wozzeck, el soldado suicida? Una vez alcanzado el raciocinio en Estados Unidos, ¿qué recordará “Dolor”, el hijo de Pinkerton y Cio-CioSan, del sufrimiento de su madre y de su primera infancia en Nagasaki? Y llegado el turno de “la pobre pequeña”, como vaticina el rey Arkel justo antes de que baje el telón, ¿cuál será la suerte de la hija de Mélisande, y qué sabrá realmente del amor que se profesaron ella y Pelléas? Los tres niños son testigos mudos y todavía inocentes de hechos terribles que truncan sus vidas, pero las respectivas óperas que acaban protagonizando en sus ultimísimos compases nos hurtan su punto de vista.

Flavio es hijo de la reina Rodelinda y el rey Bertarido. Es mayor que los tres anteriores y, por tanto, capaz de ver, escuchar y entender. Al igual que les sucedería mucho después a esos otros malhadados hijos del siglo XX, Handel también lo priva de voz, pero, a cambio, Claus Guth le confiere capacidad de observación y entendimiento, hasta el punto de hacernos ver todo a través de sus ojos, que escrutan tanto cuando los mantiene bien abiertos de día como cuando sueña por la noche. Los dibujos infantiles que se proyectan en el escenario y se apoderan con frecuencia de la escenografía, transformándola y trastocándola, nos desvelan el mundo mental del pequeño, su manera de interpretar cuanto pasa a su alrededor en una mansión impolutamente blanca que los adultos enturbian con sus negruras. Al enterrar al final un puñal, cree haber puesto fin así a sus temores y pesadillas, pero monstruos y máscaras siguen acechándolo, puñales en mano.

Como en Parsifal, Guth recurre a un escenario giratorio y con varios planos verticales que diferencian qué ven los personajes y qué ve el público. La diana es doble porque, si la escena avanza imaginativamente sin perder nunca de vista el texto, Ivor Bolton pone la música al servicio de una y otro, llevando a sus cantantes literalmente en volandas: su rostro y el del clavecinista David Bates son los de la felicidad haciendo música. Lucy Crowe y Bejun Mehta son dignos herederos de Francesca Cuzzoni y Senesino, los cantantes del estreno. Ella va constantemente a más, con su clímax en Se ’l mio duol, mientras que él, en su plenitud como cantante, mantiene un nivel prodigioso en todo momento. La actuación de ambos es, asimismo, insuperable. Del resto del reparto destacaron Jeremy Ovenden y Lawrence Zazzo. En conjunto, la representación se ha situado al nivel del superlativo Billy Budd ,lo que parecía casi imposible. Con otros medios, pero alcanzando idénticos fines: la gran ópera al alcance de todos. Luis Gago

ABC, 25/03/2017

El falso culpable

…De la grandeza de «Rodelinda» dan cuenta algunas arias memorables. En el estreno de anoche, y ante el primer reparto, muchas de ellas se interpretaron con irregular resultado soportadas por un difuso colchón orquestal. Hizo falta un largo rodaje hasta alcanzar la estabilidad, poniendo en sintonía un reparto demasiado disparejo y anacrónico con una orquesta de escasa definición. De entrada, el director musical Ivor Bolton dejaba claro que el cuidado en la articulación entraría en contradicción con una excesiva tendencia a acentuar las partes y la escasez de un claro arco expresivo. Si la obra pesaba no era por falta de ligereza en el «tempo» sino por el poco vuelo, la insuficiente gracia y emoción…

…Faltó definición estilística general. Se hizo evidente cuando el escenario apareció Bejun Mehta cantando «Dove sei» y dispuesto a demostrar que cabía otra manera de hacer, interesante, expresiva, matizada y con dirección. Con suficiente personalidad como para arrastrar el hálito monótono de la orquesta. Aún así todavía se tardó en alcanzar una zona de confort adecuada quedando en el aire las muchas costuras que acompañaron a una interpretación en la que, además de Mehta, merecería mencionar a Lucy Crowe…

…una importante producción escénica firmada por Claus Guth. Quiere decir que aunque las herramientas en juego puedan ser conocidas … destaca la maestría a la hora de leer la obra y sustanciarla en lo esencial, lo íntimo, convirtiendo al espectador en voyerista. … También lo es el movimiento escénico, tan rico y descriptivo como para que el ojo pudiera anoche remediar lo que oído no remataba. Alberto González Lapuente

BECKMESSER

25/03/2017

Esta representación de Rodelinda ha supuesto el estreno de la ópera en España en representación escénica. No ha sido el estreno absoluto en nuestro país, ya que recientemente se pudo ver en versión de concierto en Bilbao (2005) y en el Auditorio de Madrid (2012). Me ha sorprendido que el Teatro Real haya publicitado la ocasión como el estreno absoluto en España, omitiendo la referencia escénica. No diré que es incorrecto, pero resulta en cierto modo tendencioso. Es como si se siguiera en el Teatro Real la moda que puso Gerard Mortier, quien siempre anunciaba las producciones como nuevas en el teatro, aunque no lo fueran de modo absoluto.

En cualquier caso, la representación ha sido bien recibida, contando con una producción escénica adecuada y atractiva, una buena dirección musical y un reparto adecuado, con individualidades destacadas.

El espectáculo escénico ofrecido es una nueva producción de Claus Guth en coproducción con el Liceu, Lyon y Frankfurt. El regista alemán presenta la obra como si fueran los recuerdos de Flavio, el hijo de Rodelinda y Bertarido, que está siempre en escena. La escenografía de Christian Schmidt consiste en un escenario giratorio, que ofrece una mansión siempre en blanco, que en sus giros nos ofrece dos niveles. En una parte vemos el comedor en la parte de abajo y la habitación de Rodelinda arriba, en otra se trata de escaleras interiores que llevan a pasillos y habitaciones, mientras que en el último giro estamos en la fachada de la casa. Esta escenografía giratoria tiene la ventaja de evitar el peligro del estatismo de la acción, como ocurre muchas veces en ópera barroca. El vestuario es del mismo Christian Schmidt y está traído a tiempos modernos, resultando adecuado y atractivo en el caso de Rodelinda. Hay una buena iluminación por parte de Joachim Klein, con buen uso de proyecciones de videos.

La producción resulta atractiva estéticamente y sirve bien a la acción, contando con una notable dirección de actores, como es habitual en las producciones de Claus Guth. En conjunto, me ha parecido una producción atractiva e interesante y ha conseguido dar vida a la acción, lo que es importante en estas óperas barrocas.

La dirección musical estuvo en las manos del director musical del Teatro Real, el británico Ivor Bolton. Es de sobra conocido que se trata de uno de los destacados directores del género barroco y su dirección ha sido correcta, aunque no haya llegado a entusiasmarme. Se ha tratado de una lectura pulcra y adecuada, en la que faltó algo más de vida y emoción, siendo lo mejor su dirección en el tercer acto de la ópera. A sus órdenes estuvo la Orquesta del Teatro Real y hay que alabar su decisión de contar con ella también en este tipo de óperas. La prestación orquestal fue francamente buena, aunque el sonido no fuera comparable con el de otras formaciones musicales especializadas en el género.

La protagonista que da nombre a la ópera no es otra que la Reina de Lombardía, interpretada por la soprano británica Lucy Crowe, que resultó una intérprete correcta, adecuada escénicamente y menos vocalmente, ya que para mi gusto Rodelinda necesita mayor peso vocal en el centro. Lucy Crowe lo hizo bien, pero su canto me pareció excesivamente impersonal, con un tercio agudo algo estridente y con notas ácidas en la parte alta. Dentro de su corrección me resulta una soprano de las que uno se olvida en cuanto pasan unos días.

El contratenor americano Bejun Mehta fue un magnífico Bertarido, el rey depuesto por el tirano Grimoaldo, que vuelve del exilio y es puesto en cautividad, terminando en un final feliz. Cuando se cuenta con un intérprete como Bejun Mehta la ópera debería titularse Bertarido, ya que cobra una dimensión especial el personaje. Cantó toda la tarde con gran gusto, grandes dosis de emotividad, voz atractiva (a pesar de ser contratenor), y excelente técnica vocal.

El tirano Grimoaldo fue interpretado por el tenor británico Jeremy Ovenden, que cantó siempre con gusto y expresividad, con el inconveniente de que su voz sigue siendo muy reducida en cuanto a volumen y tampoco su calidad tímbrica es excesiva.

Sonia Prina fue Eduige, la hermana de Bertario, y resultó una intérprete adecuada al personaje, que requiere una auténtica contralto. Bien también el contratenor Lawrence Zazzo en la parte de Unulfo, aunque su calidad vocal quede por debajo de la de Bejun Mehta. Finalmente, el bajo barítono italiano Umberto Chiummo resultó un Garibaldo de voz basta y escaso interés.

Hay que destacar la actuación escénica del actor Fabián Augusto Gómez en la parte de Flavio.

El Teatro Real ofrecía una entrada de alrededor del 85 % de su aforo. El público se mostró muy cálido con los artistas tanto a escena abierta como en los saludos finales, siendo las mayores ovaciones para Bejun Mehta y Lucy Crowe. Ivor Bolton fue también muy aplaudido. El equipo creativo fue recibido con aplausos y bravos, lo que no deja de ser una auténtica novedad hoy en día.

La representación comenzó con 4 minutos de retraso y tuvo una duración de 3 horas y 37 minutos, incluyendo un intermedio, que tuvo lugar a mitad del segundo acto. Duración musical de 2 horas y 56 minutos. Siete minutos de aplausos. Era función de estreno y en consecuencia costaba la localidad más cara 382 euros, habiendo butacas de platea desde 364 euros. La localidad más barata con visibilidad plena costaba 45 euros.  José M. Irurzun

BECKMESSER

28/03/2017

Estas notas corresponden al segundo de los repartos programados del título. La representación ha sido bien acogida por el público, volviendo a destacar la producción escénica, repitiendo la buena dirección musical del día anterior, y ofreciendo un reparto vocal adecuado, no particularmente brillante.
Sobre la producción de Claus Guth, debo decir que, al volver a verla, uno se da cuenta de detalles que quizá pasan desapercibidos la primera vez. Aparte de funcionar de manera correcta desde un punto de vista estético, lo que destaca particularmente es la espléndida dirección de escena por parte del regista alemán.

Ivor Bolton ha vuelto a repetir su buena lectura del día anterior, en esta ocasión con tiempos algo más vivos que en la función de estreno.
La nueva protagonista era la soprano navarra Sabina Puértolas. Me ha parecido su actuación más convincente vocalmente que la de Lucy Crowe en el primer reparto. La voz tiene más calidad y resulta su canto más adecuado al estilo barroco, sin problemas en agilidades y con una voz siempre atractiva. La única pega que le puedo poner es el hecho de que su voz me resulte ligera para el personaje de Rodelinda, que a mi parecer requiere una soprano lírica plena.
El nuevo Bertarido era el contratenor catalán Xavier Sábata, que lo hizo bien, con el grave inconveniente de hacerlo al día siguiente de su colega Bejun Mehta. La diferencia entre los dos es notable. Por un lado la voz de Sábata tiene menos calidad que la del americano y por otro, el canto de este último no está al alcance de cualquiera. En resumen, un buen Bertarido frente a un excepcional intérprete en el primer reparto.
El malvado Grimoaldo fue interpretado por el tenor sevillano Juan Sancho, que me produjo una excelente impresión .No había tenido ocasión de verle en escena desde hace casi 8 años y le he encontrado notablemente mejorado. La voz tiene más calidad y amplitud que de la de Jeremy Ovenden, cantando con gusto y resultando un buen intérprete. Me dio la impresión de que anda un tanto apretado por arriba.
Eduige fue interpretada por la mezzo soprano catalana Lidia Vinyes-Curtis, cuya presencia era sorprendente, teniendo en cuenta que hasta ahora no había abordado sino personajes muy secundarios en sus actuaciones en teatros españoles. Lo hizo bien, con el inconveniente de que su voz no es la de la contralto que requiere el personaje.
El nuevo Unulfo fue el contratenor sudafricano Christopher Ainslie, que tuvo una buena actuación. La voz no tiene excesiva calidad, pero está bien manejada y canta con buenas dosis de expresividad. Finalmente, el nuevo Garibaldo era el barítono español José Antonio López, que dio todo un curso de vociferación innecesaria.
Nuevamente hay que destacar a estupenda actuación escénica de Fabián Augusto Gómez como Flavio. El Teatro Real ofrecía una ocupación algo superior al 90 % de su aforo. El público se mostró cálido con los artistas, siendo las mayores ovaciones para Sabina Puértolas, Xavier Sábata e Ivor Bolton.
La representación comenzó puntualmente y tuvo una duración de 3 horas y 28 minutos, incluyendo un intermedio. Duración musical de 2 horas y 51 minutos, es decir 5 minutos menos que el día anterior, estando prácticamente toda la diferencia en el último acto. Siete minutos de aplausos.
El precio de la localidad más cara era de 214 euros, habiendo butacas de platea al precio de 204 euros. La entrada más barata con visibilidad costaba 35 euros. José M. Irurzun

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