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Por Publicado el: 03/06/2013Categorías: Crítica

Pollini, doctor en música

Las noches del Real

Obras de Chopin y Debussy. Maurizio Pollini, piano. Teatro Real. Madrid, 2 de junio.

Escuché por vez primera a Maurizio Pollini (Milán, 1942) en Munich allá por 1972. También tocó Chopin, de quien provenía el único disco de vinilo que había grabado hasta entonces: el primer concierto para piano con el sello Capitol-Seraphim. Luego vendría el de los “Estudios”. En aquel recital ofreció como propina, uno tras otro, todos los nocturnos del compositor. Fue inolvidable. De ahí que su vuelta a Madrid con el mismo autor provocase en mí una emoción muy superior a la que transmiten sus aproximaciones, siempre algo frías, casi quirúrgicas. Escuchar a Pollini tocar Chopin es como escuchar a Gruberova –otra reciente gran triunfadora en el Real-  cantar Bellini y las “Baladas” de uno son como la “Casta diva” de la otra. Chopin llevó el belcanto al teclado y, si Gruberova llevó poder y plasticidad a las melodías cantadas, otro tanto hizo Pollini al piano. Claro que para muchos la “Casta diva” es la de Callas, como para otros los “Nocturnos” son los de Rubinstein. Cuestión simplemente de gustos.

Ya no podemos escuchar al pianista milanés en el Auditorio Nacional, no le gusta, quiere el Teatro Real. En esta ocasión, con lleno hasta la bandera, traía Chopin y Debussy, los grandes de toda una época del piano. Conocemos ese aire ensimismado, casi hermético, con el que sale y se sienta al piano, pero a ello se añadía una cierta incomodidad que le obligaba a retocar la altura de la banqueta a cada instante. Se mostró incómodo durante prácticamente toda la primera parte. Hasta en el sosegado inicio de la tercera de las “Mazurcas Op.33” se traslucía una tensión que no era exclusivamente la que debían reflejar las notas. El abuso del pedal no permitía el canto transparente y cristalino de otras veces.

Muy a mejor la segunda parte, con un ejemplar primer cuaderno de los “Preludios” de Debussy, llenos de sutileza. La complejidad armónica de la breve “La muchacha de los cabellos de lino” con su escala pentatónica, el virtuosismo de “Lo que ha visto el viento del oeste”, la soledad de los 36 compases de silencio en “Pasos en la nieve”, la serenidad de “La catedral sumergida”, la intensa y luminosa vida italiana de “Las colinas de Anacapri”… Debussy exigía a sus pianistas “¡Dejad hablar al piano!” y eso justo es lo que hizo Pollini desde la sencillez y el análisis.

Con todo, lo mejor de la magnífica velada vendría en una tercera parte con cuatro propinas, incluídas la primera balada de Chopin y el «Estudio revolucionario», en las que aportó algo más a su personal objetivismo: la pasión del romanticismo. Será un excelente Doctor en Música por la Universidad Complutense. Gonzalo Alonso

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